El odio sólo crea odio

El Ayuntamiento de Lleida ha expedientado dos veces en un mes a la mezquita Ibn Hazn por no respetar el aforo del local. La medida no tendría la mayor importancia si no fuera por el trato desigualitario que existe en este tipo de medidas. El expediente abierto por la guardia urbana de Lleida es correcto y por tanto si este local ha incumplido la ley, se debe actuar conforme a la misma. Ahora bien, Si uno se da una vuelta por los alrededores de la plaza de toros de las Ventas una vez finalizado cualquier tipo de espectáculo que allí haya ocurrido, se dará cuenta que todos y cada uno de los bares incumplen la normativa del aforo y triplican o cuadruplican el número de personas que a ellos pueden acceder a la vez. En la mayor parte de las discotecas que conozco de la capital de España, sucede lo mismo cualquier noche de viernes o sábado.

Un caso todavía mucho más impactante es el de las iglesias católicas. La verdad es que no frecuento nada este tipo de espacios públicos si se trata de ir a misa. Pero cuando he visitado la Mezquita de Córdoba, la Catedral de Burgos o la iglesia de mi pueblo, nunca he visto el cartel que diga el aforo máximo de ese recinto. Y todavía es mucho más difícil de comprender, porqué, por ejemplo, en la legislación al respecto de la Comunidad de Madrid, se define un catálogo de actividades y no figure definido ningún tipo de “espectáculo” religioso. Sin embargo, en Cataluña si existe un reglamento de culto que regula las condiciones técnicas y materiales mínimas de seguridad, salubridad, accesibilidad, protección acústica, aforo y evacuación de los lugares de culto. Pero es curioso que, la mayor parte de las iglesias católicas, quedan fuera de este reglamento por su valor artístico.

Y aquí es dónde me parece discriminatorio este tema. La seguridad, los planes de evacuación y autoprotección y el cumplimiento de los aforos, son importantes ante una eventual incidencia (un fuego, una amenaza de bomba, etc.) para salvar vidas. Y por eso se hacen leyes. Leyes que parece que no son iguales para todos. Leyes que discriminan unos espectáculos y favorecen a otros. Si una mezquita o una sinagoga no cumplen con la legislación, lo lógico es abrir expediente y cumplir la ley. De igual forma debería ocurrir si es un bar, o una iglesia católica.

Por otra parte, un demente llamado Terry Jones ha organizado una quema de coranes para conmemorar el 11-S. Quemar la biblia, el Corán , la constitución española o el Código Da Vinci, no deja de ser un acto de rebeldía de alguien que no está bien de la cabeza. El problema surge cuando, los fanáticos religiosos no pueden consentir que eso suceda y amenazan con matar a todo aquel que tenga algún tipo de relación con el demente organizador. Hemos creado un mundo lleno de trincheras dónde todo el que no piense igual a nosotros es digno de nuestros insultos y amenazas. Jamás quemaría un libro, (ni siquiera panfletos tipo Neira) pero si alguien quiere desahogarse así, ¿qué daño hace a los demás? Las trincheras se alimentan del analfabetismo, del odio y de la falta de conocimiento, de los que creen que son mejores que los demás y que “su” verdad es la única que vale. Nuestro mundo (el llamado primer mundo) no hace nada por mejorar estas situaciones y cuando tratamos distinto a una confesión que a otra, estamos alimentando los dementes religiosos de las otras confesiones. No deberíamos movernos por si este o aquel es más peligroso o por si esta confesión o la otra mata más gente. Deberíamos movernos por lo que es justo, por la igualdad de los pueblos y personas y por la libertad para poder realizar actos (aunque sean estúpidos, pero inertes) que no tengan malas consecuencias para los demás. Y sobre todo, deberíamos respetar los cultos y la libertad religiosa de todos nuestros semejantes, aunque nos parezcan bobos o sin sentido. Sólo el respeto por los demás acabará con las trincheras, con los analfabetos y con los ignorantes y fanáticos.

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