Historia de un jubilado de 2030

Hace un frío de perros. Una negra calima cubre la ciudad. Sólo los pobres y las ratas merodean a estas horas por el centro comercial. Antes la cosa era más sencilla. Cuando se acercaba la hora de cerrar, sacaban los cubos repletos de cajas de fruta, la minoría aún para comer. Entre peras y naranjas tocadas por el moho, había piezas en buen estado con las que alimentarse. Hoy las cosas ya no son como eran antes. Ahora, guardan los cubos hasta las dos de la mañana. Dicen que es para evitar que la gente rebusque en la basura, pero todos sabemos que lo hacen para que, los que aún trabajan y tienen dinero suficiente para vivir, no vean a los pobres pegarse con las ratas para apoderarse de la fruta sana. Porque las ratas también prefieren la fruta en buen estado a la podrida.

Hace una noche espantosa. La fría brisa se mete entre los huesos como témpanos de hielo. Ramón rebusca entre cajas de lechugas malolientes y pan mohoso, unos yogures recién caducados. Es importante comer lácteos por el calcio –piensa Ramón-. Y sigue con un palo, que ha convertido en un tercer brazo y una tercera mano, rebuscando entre la mierda para llevarse algo a casa. Esta noche no ha sido del todo mala. El frío es intenso pero la “compra” de hoy hará que no tenga que salir de nuevo hasta dos o tres noches después. Dos cajas de yogures naturales, seis piezas de peras de agua y tres naranjas son todo un botín. Las madalenas aplastadas son un lujo y los dos litros de leche sin precinto, una rareza.

Quizá penséis que Ramón es un vagabundo. Sí y no. Ramón es un jubilado del año 2030. Tiene 68 años y, aunque le hubiese gustado seguir trabajando no ha sido posible. Ramón lleva más de quince años sin trabajo. Al principio de puerta en puerta dejando currículums, más tarde, mendigando favores para conseguir entrevistas y al final viviendo del auxilio social.

Ramón ha vivido mucho. Tanto que hasta conoció al dictador. No pudo votar la constitución porque no tenía edad, pero contribuyó a que un tal Felipe González del entonces Partido Socialista llegara a ser presidente del Gobierno. También pertenecía a ese mismo partido el sujeto con el que empezó todo. Se llama Zapatero y ahora anda desparecido en algún país sudamericano. En 2012 perdieron las elecciones y en 2016 fueron declarados ilegales tras la abrumadora victoria del partido único (entonces se llamaba Partido Popular).

Ramón no es un indigente porque tiene casa pagada con treinta años de esfuerzo. Justo acabó de pagarla un año antes de quedarse en el paro. Menos mal, piensa Ramón. Si no viviría como tantos otros compañeros de la fábrica de muebles que malviven en poblados chabolistas. (Otros tuvieron la suerte de tener pueblo y casa y allí malviven de su escasa pensión deslomándose para cultivar una huerta que les de fruta y hortalizas frescas). Ramón sólo cotizó 32 años (desde los dieciocho hasta los 52 que se quedó en el paro) y gracias al pacto zapatero, los últimos 25 años le quedan muy atrás. Apenas cobra una pensión de 700 euros. Una miseria porque para comprar un litro de leche necesitas 3 euros, la barra de pan un euro y medio y el kilo de patatas, noventa céntimos. La electricidad sólo es para ricos. Ya nadie tiene radiadores eléctricos. Las casas usan la electricidad para iluminarse y poco más. Han vuelto las estufas de leña tanto para cocinar como para calentarse, sobre todo para gente como Ramón. El agua, a consecuencia del mal uso se ha vuelto escasa y cara y los retretes ya no usan agua limpia. Para cocinar, hay que comprar agua embotellada, a 20 céntimos el litro si lo compras por garrafas de 15 litros.

Pero, en parte Ramón es un afortunado. Ramón es de los últimos trabajadores que tienen derecho a pensión pública. En 2018, el Partido Único y con la escusa de que como ningún trabajador llegaba a los 37 años cotizados, le vendió al Banco de Santander y al BBVA la caja única de la Seguridad Social y privatizó las pensiones. Ahora, sólo tienen pensiones públicas los nacidos antes de 1964. A los demás les convirtieron su cotización en un fondo de pensiones que siguen pagando si quieren.

Son casi las cuatro de la mañana y Ramón se encamina para casa. El frío hace que le duelan las manos y los pies y la cerrada niebla, que no vea tres metros más allá de dónde está. Piensa en café con leche calentito y la comodidad de un catre junto a la estufa de leña. El cuerpo dolorido y cansado aguanta, el alma y la conciencia, hace tiempo que dejaron de visitarle.

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