Madrid, me mata. Gallardón, me irrita.

Aunque muchos jóvenes no se lo crean, el boom inmobiliario, también llamado ladrillo, no es cosa de hace tres o cuatro años. Como ejemplo, os diré que en 1986, un vecino del madrileño barrio de Hortaleza me vendía su piso por 1.600.000 pesetas. Seis años más tarde, dio la casualidad de que, al buscar piso donde empezar a vivir en pareja, fuimos a ver el mismo piso por el que nos pedían la respetable cantidad de 15.000.000 millones de pesetas. En poco más de un lustro el precio del mismo piso se había multiplicado por 10.

Cuento esto, que parece una historia de abuelo porretas, quiero explicar lo que fue el boom y porque aunque le solemos echar la culpa de casi todo al capitalismo salvaje ahora llamado liberalismo o fascioliberalismo, en este caso, el de la contaminación, tiene más del 70% de las papeletas de las culpas (si es que éstas se pudieran parcelar).

No conozco Barcelona tan profundamente como para saber si su mal es el mismo que el de Madrid. Pero aquí, en la capital del reino, la especulación del ladrillo le hizo mucho mal a esta ciudad que cada día se convierte más en un campo de exterminio tipo Auschwitz. Lo que debiera ser normal en el diseño de una ciudad o un nuevo barrio es el proyecto de infraestructuras y servicios, zonas verdes, viales y por último las casas. Pero aquí no, aquí se proyectan casas, miles y miles de viviendas sin infraestructuras, sin servicios, lo de las zonas verdes es un sueño, con enormes viales que puedan acoger los atascos como quién acoge un mal menor.

Durante los años ochenta del pasado siglo, crecieron alrededor de Madrid cientos de miles de viviendas en pueblos aledaños llamados ciudades dormitorios. Ciudades cuyos habitantes deben coger el coche para ir al trabajo que se encuentra a una distancia de entre 15 y 30 kilómetros. La opción de transporte público significa invertir entre una y dos horas de ida y otras tantas de vuelta. Y todos sabemos lo que eso significa en el escaso tiempo libre en una gran ciudad.

Por si esto fuera poco, los sucesivos gobiernos de los trincosos, se dedicaron a fomentar el transporte privado, primero porque para ello había que realizar grandes obras (M-40, M45, M50, R-2, R-3, R-4 y R-5 y las pirámides de la M-30) y ya sabemos el porqué de las obras públicas, las adjudicaciones y los amigos. Y ya de paso si aumentaban las ventas de coches, mejor que mejor.

Por último, los ciudadanos contribuímos a incrementar el problema de la polución. En los últimos años, los todoterrenos han sido adquiridos como si los regalaran. Y los vehículos a gasoil, han aumentado sus ventas también como consecuencia de un precio del carburante, antes bastante más barato que la gasolina y ahora casi al mismo precio.

El aire en Madrid, como ya han comentado estos días atrás Escolar, Rosa María Artal y el holandés errante, Spanjaard, es veneno puro. Y el alcalde-faraón de Madrid, un prevaricador en su tercera acepción de la DRAE. Porque decir que el aire de Madrid es limpio, es propio de un chalado o de un mentiroso (o ambos) o todavía peor si lo ha dicho para engañar a sus ciudadanos. Lo de la insufrible consorte es de pensión completa en Yeserías. Llevarse los medidores a lugares más propicios, no sólo es de tramposos sino de personas de una especial ralea hijos de Belcebú.

Por su parte el Ministerio de Medio Ambiente y su titular la ex alcaldesa anaranjoazulada de Córdoba, debería empezar a sancionar a estas ciudades que, no sólo sobrepasan con creces los niveles contaminantes estipulados por la OMS, sino que sobrepasan la LEGISLACION vigente de la UE. Y quién infringe la ley, debe ser sancionado hasta que rectifique.

Las soluciones pasan por la educación y vía toque de cartera. El impuesto de vehículos debería ser mayor para los vehículos de más cilindrada y también mayor para los que más contaminan. Se deberían imponer peajes para el acceso con vehículo privado a las ciudades y dedicar su recaudación a construir carriles bici anchos y separados de las carreteras y a la compra de bicicletas públicas para préstamo (el bicing de Barcelona). Se deberían doblar los autobuses urbanos e interurbanos, diseñando líneas directas para aquellos municipios que puedan llenar autobuses y eliminando recorridos “semiturísticos” en líneas que unen barrios periféricos con el centro de la capital. Líneas de autobuses que acercaran los barrios sin metro a la línea más cercana, también ayudaría. Se debería obligar a las empresas con más de 40 trabajadores a poner autobús de empresa desde el centro hasta la propia empresa. Se debería prohibir el cambio de ubicación de una empresa a lugares distantes de su ubicación actual y si fuere totalmente necesario obligarla a poner transporte desde la ubicación antigua a la nueva. Prohibir el acceso de matrículas pares en días determinados, también ayudaría aunque sería más fácil saltarse la norma a los que tienen más poder adquisitivo.

Cualquier cosa, mejor que quedarse impávido diciendo estupideces para escurrir el bulto, ¿verdad, Gallardín, Gallardón, fachín faraón?

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En la imagen una estación medidora de polución en un lugar apartado y sin coches de Barajas. Lejos del Aeropuero, no muy lejos de la M-11 pero tres metros por debajo de ella. En una calle apartada y sin tráfico.

Mapa de situación.
Antes, no estaba ahí.
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