¡Como hemos cambiado?

El reloj marcaba las once horas treinta minutos de una tediosa mañana hospitalaria. La penumbra cubría el recinto. Todo estaba en una tediosa calma. Tres enfermas y un acompañante que dejaba la vista en una minúscula pantalla de siete pulgadas, vegetaban en una soleada mañana de verano. De pronto, la puerta se abre y entra una lacia joven vestida de blanco. No lleva material sanitario, ni fregona. Un pequeño libro blanco entre sus manos entrelazadas parecía ser su único material “curativo”. Se dirige con gran ímpetu, rompiendo el tedio mañanero, a la enferma que dormita junto a la ventana.

  • ¡María!. Vengo a darles la comunión”.

Las presentes guardan silencio, entre el pavor de la somnolencia interrumpida.

  • ¿Quieren comulgar?

El ave maría surgido del móvil de la lacia interrumpe su discurso. Abandona la habitación dejando la puerta entreabierta.

Se abre de nuevo y surge el carro arrastrado por la enfermera. Detrás, la joven lacia, le dice a la enfermera que le deje rezar con las enfermas y darles la comunión. La enfermera retrocede y deja pasar a la religiosa. Mientras, el acompañante intenta asimilar que lo que ha visto y oído no es fruto de un mal sueño provocado por la árida penumbra de la habitación y la monja empieza los rezos que a duras penas siguen unas enfermas semidormidas.

Diez minutos más tarde, de nuevo, el carrito de la enfermera se abre paso entre la puerta. Pero, otra vez retrocede al observar su conductora que la de los rezos continúa en su cruzada.

Por fin se acaba la comunión sin que dos de las tres enfermas hayan podido siquiera opinar sobre su administración y sin que una de ellas recibiera el “cuerpo de cristo” ante la negativa del acompañante por la situación de la enferma que no había despertado.

Finalmente, y por tercera vez, la enfermera entra en la habitación para realizar las tareas pendientes. El acompañante, le recrimina la situación y le explica que, en cuanto la situación lo permita, pondrá una queja en atención al paciente. La enfermera le cuenta que si lo hace, acabará con su contrato temporal.”

Este, ha sido uno de los veranos más difíciles de mi vida. Cuando uno pierde un ser querido, parte de su corazón se va con él. Pasar gran parte de las vacaciones en un hospital, acompañando a quién sabes que es muy posible que nunca salga de ese hospital y que si lo logra tiene un alto porcentaje de opciones de volver a los pocos días, es una condena que nadie merece. La vida sigue y el tiempo mitiga el dolor aunque no el recuerdo y prefiero recordarla en sus momentos más felices (aunque no fueran muchos) que vivir permanentemente sumido en el dolor que te acaba matando.

En uno de esos descansos de hospital en los que, con mi ánimo totalmente abatido me sentaba frente al televisor a que me “echaran” entretenimiento, vi un título de programa en la tele de la caspa en la que se ha convertido RTVE que decía algo así “Cómo hemos cambiado”. Un título sugerente para la idiocia indiferente.

Porque es verdad que hemos cambiado. Tanto que, mirando atrás ya no nos reconocemos. Pero el cambio no ha sido a mejor, sino todo lo contrario y el tiempo ni si quiera ha sido distancia. Ni siquiera en lo peores tiempos del franquismo, el genocida eunuco se atrevió a desviar los fondos públicos destinados a la sanidad universal hacia los oligarcas del régimen. Ni siquiera en los peores tiempos del franquismo había un celador de hospital para tres plantas. Ni siquiera en los peores tiempos de la dictadura, en los hospitales, había carencia de sábanas limpias, de pañales, de toallas o de medicinas hospitalarias. Ni siquiera entonces los médic@s, enfermer@s, auxiliares o celadores se sentían tan presionados que debían regalar cientos de horas anuales para que el sistema no colapsara.

Es verdad que hemos cambiado. Entonces la gente se reunía para confabular contra el dictador. Entonces los estudiantes debatían y luchaban contra la dictadura. Entonces la Europa democrática y libre salía a la calle a conseguir mejores salarios, más derechos y menos opresión.

Pero como en un espantoso sueño, como en el día de la marmota, hoy amanecemos día a día con contratos de miseria, salarios indignos y horarios interminables (la mayor parte de ellos en la cuerda floja de la legalidad).

Hemos cambiado tanto que, el desgobierno de esta dictocracia oligárquica de mentirosos corruptos, sigue culpabilizando al “último de la fila” de la muerte de 80 personas que se produjo, única y exclusivamente porque estos ineptos “vendieron” como alta velocidad un tramo de vía que sólo era “convencional” y apta para trenes de hace treinta años.

Hemos cambiado tanto que, al igual que en los peores tiempos de la dictadura, el desgobierno de la desvergüenza chabacana, inepta e irresponsable, sigue echando mano del patriotismo casposo y de Gibraltar para salir del oscuro atolladero que ha iluminado un tal Bárcenas.

Como digo, un verano para no olvidar propio del terror en que que nos han sumido esta banda de estrafalarios casposos cuyo único fin en la vida es hacer dinero a cuenta de lo que sea. Y, a falta de imaginación y de contrarespuesta en la modélica Europa, la trata de esclavos es el único medio que han encontrado para seguir llevando un nivel de vida, que por otra parte, les permita seguir los pasos de sus ancestros mancillando y aplastando a la plebe para seguir viviendo sin dar golpe.

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2 comentarios en “¡Como hemos cambiado?

  1. Querido Cele: Me ha conmovido tu relato, que, de no ser consciente de la pesadilla de realidad en que estamos inmersos, pensaría que es un mal sueño. Siento de verdad tus problemas familiares, y desde aquí te mando mi total apoyo y comprensión.

    Tienes la razón más absoluta. Hemos retrocedido en algo más de año y medio a lo más nefasto de la historia reciente de este país. Y lo peor es que antes éramos conscientes de que nos oprimía una dictadura asesina, mientras que ahora estos pigs se disfrazan de “demócratas” , y bajo esta falsa capa, esconden una crueldad sin límites. Y lo más grave es la pasividad de unos millones de cuerpos (no se les puede considerar personas) inodoros, incoloros e insípidos. Ni se inmutan ni protestan.

    Allá donde me encuentro a voz casi en grito lanzo mis palabras: RAJOY ES EL PEOR PRESIDENTE DE LA HISTORIA. Ya hay muchos que se vuelven hacia mí, con mirada de asombro; quizá me tomen por loca, pero no contestan, y la conversación que podían tener queda interrumpida. Yo sigo, RAJOY ES UN CORRUPTO, TODO EL PP LO ES, y así todo lo que se me ocurre. Si me encierran, ya avisaré.

    Un beso, amigo.

    • El relato, a diferencia de otros que he publicado, es fiel reflejo de lo que viví en el Hospital Clínico Universitario de Valladolid.
      Que este simple ser es el peor presidente de la historia es lago ya constatado. Que el partido que lo sustenta parece ser una organización destinada al enriquecimiento de cada uno de sus miembros, está cada día más probado y que la idiotez ciudadana se extiende a lo largo y ancho de toda Europa, también.
      Si creyera en algún dios, hace tiempo que no saldría de su iglesia. Estamos viviendo un mal sueño del que parece imposible despertar.

      Salud, amiga.

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