La recuperación en diez microrelatos

Rajoy ha decretado que se ha acabado la crisis. He aquí diez relatos de mi mundo. Del entorno en el que me muevo. Son inventados, si, pero basados en sucesos y cosas que me cuentan amigos y vecinos. Son tan reales como mi propia vida.

En el taxi.

Sentado en su Fabia Skoda, Juan sabe que no está bien dar rodeos para llegar al centro desde el Aeropuerto. A la fuerza ahorcan, piensa. No es taxista por vocación sino por necesidad. Y no es fácil. El taxi no es suyo. La licencia tampoco. Cuando contactó con el intermediario le dijo que podía sacar 3000 euros mensuales fácilmente. Pero no le salen las cuentas. Al 35% de la recaudación con un mínimo de 100 euros diarios que ha de darle al intermediario, hay que sumarle, gasóleo, averías, cambios de aceite, ruedas, etc y los cinco euros diarios que servirán para pagar su indemnización por despido y que Marcial, el dueño de la flota, mete en el sobre que hay en su casillero. Total que debe de estar 15 horas sentado en el taxi para sacar 900 euros a final de mes. Y encima, agradecido.

Muriéndose

Lorenzo, tiene cirrosis avanzada provocada por el virus de la Hepatitis C. Lleva dos trasplantes de hígado. Dos hígados que se ha comido el puto virus, como un cerdo se come una hectárea de patatas si le dejas. La combinación de fármacos encabezados por el interferón sólo han conseguido prolongarle la agonía. Necesita Sovaldi®. Su médico se lo ha recetado como última opción dado el estado crítico en el que se encuentra con aparición de células tumorales dentro del maltrecho hígado. Hace dos meses que tiene la receta. La Comunidad de Madrid, aún no le ha dispensado el medicamento alegando que es muy caro y que no tienen existencias. Lorenzo, junto con sus compañeros, ha iniciado un encierro en el 12 de Octubre. Por el camino han quedado varios compañeros y compañeras de Lorenzo que han muerto por falta de medicación.

Abuso

Mislady llora desconsolada. Raptada en Colombia hace unos años, fue traída a Madrid dónde trabajaba forzosamente como prostituta en un lupanar de la carretera de Barcelona. No le pagaban por ello. No podía salir de su habitación y la vida era una tortura. Conmocionado con su historia, uno de sus clientes habituales denunció su situación a la policía. La sacaron de allí y como no tenía papeles la ingresaron en el CIE del madrileño barrio de Aluche. De allí, incumpliendo la ley de extranjería ya que Mislady había sido víctima de trata de personas, quisieron enviarla a la fuerza a Colombia en uno de los vuelos calientes que el Gobierno flota contraviniendo la legislación. Mislady que apenas pesa cuarenta quilos y no llega al metro cincuenta de estatura, se autolesionó con el borde de la cama de hierro para evitar así la expulsión. La ataron de pies y manos. Mislady forcejeó con los dos policías que la sujetaban. La dieron varios golpes en la cabeza y en la espalda. Ella, arañó la cara de uno de los policías como defensa. Fue denunciada por resistencia a la autoridad y por causar graves lesiones a los policías (1,49 m, 40 kilos, atada de pies y manos,…) y ha sido sentenciada a seis meses de cárcel por resistencia y lesiones a un policía. Esto, impedirá que siga residiendo en España de manera legal. La denuncia contra los policías, aún no ha sido tratada, aunque ante la falta de aportación de pruebas, saldrán, como siempre, indemnes.

Infinito

Sentado junto a la ventana, Ubaldo mira al universo como si estuviera descubriendo el Bing Bang. Mirada triste, gorro, guantes, abrigo, dos pantalones y unos calcetines de lana gordos son el traje de estar por casa de Ubaldo. Fuera hace frío. Nieva. La temperatura ha bajado en los últimos días. Ubaldo no tiene luz, ni gas. Come en un comedor social que hay en la esquina. Sus 630 euros de pensión se van para alimentar a sus cinco nietos, sus dos hijas, y su yerno. Todos están en paro. Su hija mayor separada, sin ingresos porque el marido no le paga la pensión y sin trabajo, acabó volviendo a casa de Ubaldo. Dos meses después llegó su hermana Carmen y su marido Jonás con su hijo de tres años. Jonás trabajaba en la construcción y lleva cinco años en paro. Sin ingresos. Sin trabajo. Desesperado y con una vida de mierda. Todos tienen una vida de mierda.

La privilegiada

Lourdes es licenciada en Farmacia. Trabaja como Farmacéutico adjunto en una farmacia de su barrio. Nunca tuvo problemas, hasta ahora. Su contrato es de cuarenta horas semanales, pero no recuerda haber estado nunca trabajando ocho horas diarias. Muchos días hace mañana y tarde. No sabe lo que son puentes, porque su jefa se los toma todos. Trabaja muchos de los sábados, más de los que le corresponderían por contrato. Antes, le pagaban las horas de más como horas extras o se las compensaban con días libres. No estaba bien pagado pero al menos era algo. Ahora, con la excusa de la crisis, las horas extras no existen en la nómina. Los puentes y sábado tampoco. Además, tras las primeras quejas, ha empezado el trato vejatorio y la siempre fácil respuesta de “Es lo que hay. Si no te interesa, ya sabes dónde está la puerta. Eso si, de la indemnización ni hablamos. Si te vas, ya sabes que no tienes derecho.” Ha pensado en denunciarla pero tienen 56 años. Sabe que tras la denuncia se tendrá que ir a casa y que no volverá a trabajar en la vida. Viuda y con dos hijos en la universidad, sabe que acabaría pasándolas canutas.

La Becaria

Suena el despertador. Son las seis de la mañana. Mirella mira el radio-reloj con desesperación. ¡Otra vez lunes! Los fines de semana de un solo día no cunden nada. Los 401 euros de salario tampoco. Cinco años de carrera, dos para el doctorado, tres para hacer dos másteres que debieran haberle abierto puertas… y ahora las puertas las abre ella. En teoría es una becaria que está aprendiendo a organizar una empresa. En la realidad es la secretaria de la secretaria. La que se ocupa de abrir las puertas. De ir a por los cafés. De llamar a los clientes para concertar citas. Eso lo hacía antes Manolita. Una señora bien puesta que cobraba mil doscientos euros y que se jubiló. Ahora lo hace ella.

Trabajo

Azucena está emocionada. Tras cinco años sin empleo hoy la han llamado para una entrevista. Si todo sale bien será vendedora en una tienda de ropa. ¡Con lo que la gusta el trato con la gente! Parece que por fin la cosa está cambiando. Su suerte está cambiando.

Azucena lleva dos meses trabajando y aun le queda uno de prueba. La alegría del principio se ha convertido en resignación. Su contrato es de cuatro horas pero diariamente hace siete. De 10:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00. Le pagan 350 euros y se gasta todos los meses 55 € en el abono transporte. Come en casa pero apenas si le da tiempo. Los 350 euros dan para poco . Le ocupan todo el día y debe seguir viviendo a costa de sus padres. Pero no quiere decir nada porque si lo hace, dentro de un mes volverá al paro.

Enferma

Andrea espera impaciente a que el celador venga a recogerla. Lleva una hora esperando en Rayos. La comida se le quedará helada, aunque ¡para lo que hay de comer! El nuevo hospital es mucho más grande en superficie que el viejo, pero tiene menos personal. Es una regla de tres inversa, a más metros que recorrer, menos personal. Deben operarla mañana y está asustada. El médico le ha dicho que no se ha cogido a tiempo y que deberán ver si hay algo más que lo que sale en las placas. Andrea también está cabreada. Tardaron seis meses en llamarla para el especialista. Y otros tres para hacerle las primeras pruebas. Todo funciona mal. Las listas de espera no se han reducido. La comida es una basura. Las enfermeras tardan una inmensidad cuando las llamas, no porque no quieran venir sino porque no dan a basto. Hay días que no hay ni sábanas limpias. El día de su ingreso se quedó sin comer porque la enfermera le dijo que cada menú extra le cuesta al hospital 15 euros. ¡Con la mierda que dan de comer! El parking es para millonarios. Y seguro que la empresa adjudicataria se hace de oro a costa de los pacientes. ¡y el que le vendió las vigas de cemento al hospital, ni te digo! Todo muy bonito pero ineficaz.

Las musarañas

Sentado mirando hacia la puerta, José Ignacio está sin estar. La profesora habla pero José Ignacio no atiende. Hace tiempo que perdió interés por lo que cuentan en clase. Sus otros treinta y cuatro compañeros están en la misma situación. No tienen espacio ni para moverse. Muchos días no hay calefacción y tienen que venir al Instituto forrados de ropa. La clase es muy profunda y estrecha, y José Ignacio no ve lo que la profesora apunta en la pizarra. La profe sale todos los días con dolor de garganta porque debe chillar para que los de atrás se enteren de algo. Y sabe que muchos no atienden. Es lo que tiene haber usado una parte de la biblioteca como aula. Es lo que tiene estudiar en un centro con más de 1500 alumnos dónde sólo caben la mitad. José Ignacio piensa en lo que dice siempre su padre: “Es lo que tiene votar aun gobierno al que le interesan los borregos, porque no piensan y votan según les dice la televisión.

La recuperación

Roberto disfruta de sus vacaciones en su yate de 15 metros de eslora. Junto a él, dos chicas desnudas duermen la mona en la cama. La vida es bella, piensa Roberto. Y el dinero es para gastarlo. He trabajado duro, piensa. He tenido que mandar a mis doce pasantes. Ha tenido que amenazarles con no pagarles si perdían los juicios. De hecho, les debo dos meses de salario y la extra. ¡Menudos cabrones, y encima quieren cobrar! ¡Deberían estar agradecidos por que les doy trabajo! ¡Desagradecidos, cabrones! ¡Y me critican porque estoy aquí en el yate! ¡Cómo si no me lo mereciera! Si le cuentan a mi mujer que estoy con estas dos fulanas, me los cargo. Roberto se lleva la copa de Perrier Jouet fresquito a la boca, le pega un sorbo y se vuelve hacia los senos de una de sus acompañantes.

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7 comentarios en “La recuperación en diez microrelatos

  1. Sin haber mencionado ningún suicidio, ni las averías que producen las armas blancas, tus relatos son propios de aquella publicación, “El Caso”, que creo que ya no existe.
    Lo malo es que tampoco nos hacen mucho caso.
    Muchas gracias por el trabajo que te tomas en tu blog para documentar los estragos del egoísmo capitalista.

    Un abrazo, compañero sáquida,
    and a happy twenty fifteen

  2. Magnificos relatos amigo Cele.
    Juan, Lorenzo, Mislady, Ubaldo, Lourdes, Mirella, Azucena, Andrea, José Ignacio y Roberto son 10 de los millones que tienen otras vidas similares o peores y que todos conocemos.
    Me pongo en la piel de Andrea, cuanta rabia! ¡cuanto dolor! cuanta injusticia ! a cuenta de la privatización …del hospital voy a la calle y viene a mi mente la cadena de Hepatitis C con las emociones a flor de piel y las diferentes reacciones de enfermos y acompañantes ante determinados políticos que están a la desesperada para seguir sentados en sus sillas de oro.
    Jose Ignacio y su padre me hacen reflexionar quizá pq tengo reciente un golpe de frialdad hacia los que sufren y que viene del lado de un joven votante del psoe que no votó en europeas y que está agradecido a ese partido pq el pudo empezar sus estudios de periodismo x una beca y que no pudo mantener al tener que trabajar y estudiar. A punto de terminar su carrera repite y repite lo que dice todo el mundo en los medios y parece estar deslumbrado por la belleza del escalador haciendo propaganda para Iberdrola.
    Salud para todos y de corazón lo mejor para el año que entra.
    Se tiene que acabar el sufrimiento

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