De problemas serios, cortinas de humo y delincuentes

Pesadillas

Las luces se habían apagado. Entre las sábanas Telmo tiritaba y no era de frío. Era la décimotercera noche que pasaba en el seminario y cada noche, el apagado de luces precedía a los pasos, y los pasos al terror.

Telmo a sus once años, era la primera vez que salía del pueblo. La primera vez que salía de casa y la primera vez que sentía el miedo en el cuerpo. Un miedo atroz que además de paralizarle, le provocaba pesadillas y no le dejaba dormir.

Estaba tan asustado que pensaba que sus padres no le querían. Si no no entendía qué hacía allí. Sabía que el dinero en casa escaseaba y que el trabajo del campo no daba para dar de comer a tantas personas como eran en su famila. Sabía que sus hermanos mayores habían pasado por allí y que parecían felices, que sus hermanas estaban con las monjas y parecían felices. Pero si todos habían pasado por lo mismo, no entendía que nunca hubieran dicho absolutamente nada.

Todo empezó con la primera anoche. Los chicos mayores les gastaron la novatada. Un desfile de nuevos, en pelota picada, por el pasillo del dormitorio y una guerra de pililas. Eso no había sido lo peor. Lo peor vino cuando se encendieron las luces y él estaba, sin saber como, solo, desnudo y en mitad del pasillo. Lo peor vino cuando el Padre Gregorio, calmado, acariciándole el pelo y con un cariño de padre le había dicho “No llores, hijo mío. Estos son unos cafres. No te preocupes, que yo cuidaré de ti”. Tras lo cual, le había cogido de la mano y le había llevado a su habitación. Allí, más tranquilo, Telmo pensó que estaba a salvo. Por eso, cuando el padre Gregorio empezó a acariciarle el pelo, creyó que lo hacía para calmarle, cuando empezó a recorrer sus brazos con la palma de su mano, creyó que le estaba tratando como a un hijo que necesita cariño. Cuando su mano rozó su pene, pensó que había sido casualidad. Cuando con los dedos envolvió sus genitales , empezó a sentir miedo y cuando se metió su miembro en la boca, el pánico paralizó todo su cuerpo, sus lágrimas y su llantina.

Desde entonces todas las noches oía los mismos pasos, todas las noches una mano se deslizaba entre las sábanas y le cogía el miembro. Todas las noches los jadeos del padre Gregorio eran la rutina que encendía el llanto que precedía a un sueño que se tornaba en pesadilla.

Por la mañana, Don Gregorio, en misa, les asustaba con el infierno al que llevaban directamente los pecados de la carne. La ceguera que venía tras la masturbación y el castigo, divino y terrenal que vendría si les pillaba tocándose por la noche.

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La pobreza intelectual es peligrosa. Aquellos que creen que es más importante pertenecer una patria que una vida digna, son los que a lo largo de la historia han llevado a la humanidaad a dos guerras mundiales y a esta situación en la que ladrones, cohechadores, traficantes de influencias, comisionistas y sobre todo explotadores están haciendo su agosto particular con una impunidad indecente.

Hace unos días, escuchaba a un grupete de adolescentes, fans de Justin Bieber, (beliebers, creo que les llaman), defender a su ídolo con uñas y garras, a pesar de haber dejado plantados a media docena de periodistas y haberse comportado como un perfecto mamón.

Me he dado cuenta que hay muchos Riveristas, marianistas, sanchezcastejonistas e incluso iglesistas que defienden a capa y espada lo indefendible. Hace muchos años, cuando alguien me hablaba de fútbol yo solía decir que era del Atlético de Madrid porque era feliz en mi vida y necesitaba esas emociones fuertes que provoca ser hincha del Atlético (sobre todo cuando perdían mucho más que ganaban y siempre en los últimos minutos del partido). Y en parte, eso le ocurre a todas esas personas que necesitan España como yo necesito tener dinero para sobrevivir. España es su Atlético de Madrid, su Justin Bieber particular. Esa especie de droga que les segrega la serotonina que les hace no caer en una profunda depresión a la que les llevaría su malograda vida llena de deudas, míseros trabajos y asquerosas condiciones laborales.

Por eso me dan tanto miedo los salvapatrias como (Primo de) Ribera, Rajoy, Mas o Pujol.

Y no entiendo como esta gentuza a los que se les llena la boca de España ( o Catalunya) y sin embargo tienen el dinero, obtenido en muchas ocasiones ilícitamente de nuestros impuestos, en Suiza, Las Caimán, Andorra o Argentina, puede tener ni un sólo seguidor. No entiendo como puede ser prototipo de español quién tiene sus industrias en Bangladesh, China, La India o Pakistán.

Me da miedo que para muchos españoles (o catalanes) sea más importante España (o Catalunya) que las políticas que estos tipejos están llevando a cabo (o pretenden llevar). Me da miedo y no entiendo como puede ser más importante una supuesta unidad de la nación (forzando a unas personas a vivir contra su voluntad) que el despido libre, la subida del IVA y otros impuestos indirectos (y la bajada de impuestos a los que más tienen), la expulsión de los inmigrantes ilegales o la privatización de la sanidad y de la educación públicas. No entiendo que trabajar por 400 euros al mes, que no tener derechos laborales, tener que pagar las medicinas o no poderse jubilar, sea menos importante que dejar que una parte del estado acabe convirtiéndose en otra nación (y más cuando la mayor parte de esa gente no ha pisado esas tierras en su vida o cuando no tendrá problemas para ir allí, si quiere, en el futuro). No entiendo que se crea en alguien que dice ser honrado y, a las primeras de cambio, oculta la financiación de su partido.

Los salvapatrias, como los maridos maltratadores, los curas pedófilos o los delincuentes de traje y corbata, son los menos adecuados para darnos lecciones de nada.

Y basta ya de hacer de idioteces, el mayor problema de nuestras vidas. El mayor problema que tenemos se llama PP y Ciudadanos (sin olvidar al veleta de Sanchez Castejón). El mayor problema es la falta de humanidad, la delincuencia asumida como normalidad y un sistema en el que los que explotan, los que maltratan niños y mujeres y los que abusan de las personas, imponen normativas para aparecer como salvadores y no como delincuentes.

Se idolatra a quién se hace más y más rico explotando niños en Bangladesh, la India o Pakistán, y todo se supedita al negocio de unos pocos. La última es que la UE dice que hay que levantar la mano a la contaminación de Volkswagen porque es mejor que mueran 400.000 personas a que veinte mil pierdan su puesto de trabajo.

Vivir para ver.

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