Amores que matan.

Hoy, de madrugada, en Madrid, una mujer ha muerto por interceder en la pelea de un machista con su pareja. La ha pegado una cuchillada en el pecho. El machismo es una lacra y no debemos consentirlo.

Hace unos meses escribí esto para una revista del Instituto de mi hijo. Espero sirva de ayuda a nuestros jóvenes que han vuelto a un camino que debiera estar cerrado.

Junto a la pared, frente a la puerta de salida, Jonatan espera, de pie. La zapatilla del pie izquierdo, parece sujetar la tapia. En la mano derecha, entre los dedos, un cigarrillo consume el tiempo que queda para el timbre. No hace frío aunque ya estamos en noviembre y su pelo cortado al dos, acentúa los rasgos de una cara que bien podría ser de un dios romano. Bíceps desarrollados pegan su camiseta a su pecho y sus grandes brazos, y sus bermudas de chándal, largas (lo que su madre llamaría pantalones pesqueros), dejan entrever la robustez de sus piernas y unas zapatillas de un naranja fosforito que cuestan el sueldo de su madre en uno de sus tres trabajos como limpiadora.

No es que Jonatan haya salido antes de clase. Hoy, ni siquiera se ha acercado al Instituto salvo ahora, que está esperando a que el fin de las clases, deje paso entre los cientos de alumnos a su chica: Rebeca. Jonatan está matriculado en segundo de Bachiller, al que lleva anclado los últimos tres cursos. Hasta primero, fue un estudiante mediocre pero suficiente. Alguien que se esfuerza lo mínimo para ir pasando de curso sin problemas. Nunca había repetido. Pero descubrió que pasaba el tiempo más rápido en casa jugando en la red al Minecraft o al Roquet League que escuchando el tostón de la Martirio que les da lengua y literatura o del Cuqui que les da matemáticas. Total, está siempre sólo en casa desde las siete de la mañana y nadie notifica a sus padres si asiste o no a clase. Algunos días, la diversión está en el aula y queda con los colegas para ir a tocarle los huevos a la de Historia, que se toma el alboroto como una afrenta personal, y muchos días acaba llorando entre las risas de sus más siniestros pupilos.

El Cuqui está explicando en la pizarra la resolución de un determinante por la regla de Sarrus. Rebeca, sin embargo, está mirando el reloj. Su pensamiento está en otro mundo. Revive con cierta melancolía el día, hace ya casi dos años, cuando Jonatan, el chico más guapo y en mejor forma de la clase, el chico por el que suspiraban todas sus amigas, se fijó en ella y le pidió salir. Resultó que la belleza no lo es todo y que todo el romanticismo, todos los detalles, toda la ternura mostrada antes, se esfumó como el olor del perfume comprado en el mercadillo. Pronto se dio cuenta de que Jonatan no era un romántico y que tenía un concepto de las mujeres un pelín viejuno (aunque no sólo él. En clase parece que algunos más de los chicos más guais, opinan que las mujeres les quitan el trabajo a los hombres y que, si tienen que decidir, mejor son ellas las que se deben quedar en casa al cuidado de los niños). Al principio no le dio importancia. No era más que algo que ella creía superado pero que, al parecer, la sociedad no. Más tarde descubrió que a Jonatan le enfadaba mucho que ella saliera con sus amigas un sábado o un domingo si él no estaba en la ciudad. Sin embargo, en verano, cuando ella se fue con sus padres un mes al apartamento que tienen en Bellreguart, su amiga Cristina le contó que había visto varios días a Jonatan en Kapital , aunque él le aseguró cuando se vieron después de quince días de haber vuelto de la playa, que había estado recluido como un monje. También hay algunos desplantes y broncas que siempre acaban con un Jonatan arrepentido y suplicando perdón, porque la falda de Rebeca es demasiado corta o el escote demasiado grande. Ella no puede salir con sus amigas, aunque él, que no tiene hora de llegar a casa, se líe con los suyos hasta las dos o las tres de la mañana.

El Cuqui sigue con sus determinantes en la pizarra. Ahora está demostrando que un determinante vale cero si tiene dos filas o columnas, iguales. Rebeca mira el reloj con aprensión. Quedan poco más de cinco minutos de clase y sabe que Jonatan la estará esperando. Se siente culpable porque no hace las cosas como es debido y su novio se enfada con ella cada día más y por cosas mucho más estúpidas. Se enfada si lleva los labios pintados a clase, si le ve que ella habla y se ríe con algún compañero, si le dice que tiene que estudiar para un examen o si le pregunta porqué no ha ido hoy a clase. A veces, el enfado llega al extremo que, si están en alguna terraza con los amigos de él (ella hace meses que no tiene amigas porque Jonatan no las soporta) y se le ocurre hablar, el disimulando y sin que nadie se entere, la pellizca fuertemente en un brazo o en el lateral de la tripa, provocándole moretones. Incluso un par de veces la ha llegado a quemar la mano con el cigarrillo, por debajo de la mesa, para que se calle. Rebeca cree que ella es la culpable porque el siempre le dice que la quiere mucho y que lo siente. Incluso acaba llorando para que le perdone porque el amor que siente por ella es tan fuerte que si algún día le dejara, se mataría (aunque repite y repite que, antes, acabará con ella).

Suena el timbre y todos recogen en un pispás. Rebeca lo hace con parsimonia, como si no quisiera salir. El Cuqui le dice, que si se puede esperar unos segundos y ella lo hace pacientemente mirando hacia todos sus compañeros que salen de clase. Don Tristán, el Cuqui, le pregunta qué le sucede que últimamente la nota como ausente y desatenta. En los últimos exámenes ha tenido fallos poco habituales en una estudiante de su nivel. Ella, mira al suelo, y en un hilo de voz le dice que no le pasa nada. El Cuqui la sujeta de uno de los brazos cuando Rebeca intenta salir, y ella, aúlla de dolor. El Cuqui, se fija en dos heridas redondas que tiene en la palma de la mano, casi en la muñeca, parecen quemaduras de cigarrillo. Por entre la manga del jersey asoma un moretón casi negro. Don Tristán cree que la maltratan en casa y acude inmediatamente a hablar con el Director. Pero, al cruzar el patio, oye voces fuera, junto a la tapia del Instituto. Ve que Jonatan le está echando una bronca monumental a Rebeca y lo entiende todo.

El maltrato, no es amor. Si te sientes atada y frustrada en una relación, pide ayuda. Nadie que te ama te hará llorar y mucho menos te pondrá la mano encima.

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