Al pan, pan y al vino,… terrorismo

De Verbena

La noche era suave. Demasiado calor aunque fuera agosto. En Burgos no suelen acontecer muchas noches en las que se pueda salir de verbena vestido sólo con una camiseta. Esta era una de ellas. La orquesta tocaba una pachanga en la que querían imitar a la famosa salsa “Pedro Navajas” en versión Orquesta Platería. Una melodía que, en aquellos días, sonaba a todas horas en la radio. Los asistentes apenas lograban intuir la canción pero no importaba. En las fiestas de los pueblos lo que menos importa siempre es la música. En el fondo de la era, alejados de la galera en la que los músicos destrozaban la canción, un grupo de jóvenes bailaba en corro. Dos chicos que acompañaban a cuatro mujeres. Los mamporreros de las guitarras eléctricas, un bajo, un Casio que imitaba los sonidos de los instrumentos de viento, y una batería,  finiquitaron la pieza.
La cantante del grupo musical, pregonaba a los asistentes que ahora tocarían la ranchera, “Me Gustas Mucho”. Canción dedicada a los jóvenes, que se concentraban debajo del remolque jaleando al conjunto musical que se había convertido en habitual en sus fiestas patronales de los últimos años de uno de esos pueblos cercanos al de la verbena. Al sonar los acordes, los dos chicos del grupo invitaron a dos de las chicas bailar. Ivón y Sandra quedaron desemparejadas para ese baile y estaban ya dispuestas a bailar juntas, cuando un muchacho escuálido, guapetón, repeinado, desgarbado y sobre todo, con alguna copa de más, se dirigió a Ivón:
–    ¡Hola guaaapaa..! Vente pacá que vamosss a faaailar tu y yooo…
Ivón y Sandra no le hicieron caso y siguieron al compás del “me gustas mucho, tu…, tururururu…”
–    Oyeeee, guaaapaaa, qetestoy habllaaando….
Las chicas seguían a su ritmo pasodoblero. El desgarbado agarró bruscamente del brazo a Ivón y tiró de ella. La joven le propinó dos patadas en la espinilla y el desgarbado beodo le soltó un guantazo. Los dos muchachos que bailaban a su lado, soltaron a sus parejas y saltaron al unísono contra el escuálido pasado de alcohol. Uno de ellos lo agarró de la camiseta y le soltó un puñetazo en la boca. El borracho, trastabilló un poco y se alejó un par de metros. Se agachó, echó la mano al tobillo y sacó un revólver pequeño. Se acercó al joven de los mamporros y le puso la pistola en la sien.
–    ¡Gue, lisstooo… Ahora gueee… Te voy a meetterr dooos tirosss en sssien, hijjooo de pputa.
Volvió a trastabillar, y el otro joven aprovecho para agarrarle la mano en la que llevaba el arma y quitársela.
Con el jaleo y los gritos de las jóvenes, se había acercado otro muchacho también flaco aunque en mejor estado, con las manos en alto y hacia adelante, pidiendo sosiego. Los jóvenes y un pequeño tumulto que se había formado, chillaban y llamaban hijo de puta al achispado pistolero. El muchacho sereno, les pidió perdón en nombre de su amigo. Les contó que era la primera vez en cuatro meses que salían de fiesta y que venían del País Vasco. Los amenazados, le recriminaban una y otra vez que hubiera sacado una pistola y que no entendían que tenía que ver lo del País Vasco. Al fin el muchacho sereno, confesó que eran Guardias Civiles. Los otros dos chicos seguían sin entender por qué llevaba una pistola yendo de fiesta y más si no sabía beber. El Guardia Civil, pidió excusas de nuevo y les pidió por favor que no les denunciasen.
El borracho y su amigo se fueron de la verbena y los otros muchachos, tras el susto, continuaron en el festejo.

******

Hace muchos días veía, incrédulo, a través de la red, el vídeo en el que un activista antituarino era detenido en el albero de la plaza de toros de Valdemorillo y una vez fuera del coso, supuestamente, un Guardia Civil le llamaba hijo de puta y le amenazaba con abrirle la cabeza si no le decía lo que él quería oír, a pesar de que el detenido juraba hasta por su hija que estaba sólo.
Esta situación me hizo plantearme si la reversión que estamos padeciendo también implica a las Fuerzas de Seguridad del Estado. Porque, a mí, esto me retrotrae, no ya a los primeros años de la democracia, dónde sucedió el incidente cuyo relato introduce este artículo, si no a los últimos estertores de los años 60 en los que, siendo niño, un orondo y sudoroso cabo de la Benemérita pasaba el tiempo jugando (él) a ponerme las esposas prietas, muy prietas, mientras reía a boca llena con mis lágrimas. Cuanto más sufrimiento, más risas.
Un síntoma claro de falta de libertad es la brutalidad policial. En las dictaduras las policías tienen patente de corso. No hay forma de que un ciudadano pueda reclamar equidad ante una injusticia policial, una paliza o una detención alegal. Y por supuesto, en una dictadura, un policía hace y deshace a gusto en cualquier situación.
Antes de que esta coyuntura crítica de estafa y regresión de libertades y derechos sociales llegara, había jurisprudencia suficiente que indicaba que la presunción de veracidad de la policía (Nacional, Guardia Civil, local, etc.) tiene un límite. Ese límite está en la presunción de inocencia del acusado y sobre todo en que, en muchas de esas sentencias, se establece que la presunción de veracidad sólo es válida cuando las Fuerzas del Orden actúan como terceros y no están implicadas en el procedimiento.
Pero en esto llegó el PP y sus ansias de coartar cualquier libertad reivindicativa. Y prohibió los escraches e intentó coartar manifestaciones y protestas. Y como se mostraban algunas conductas indecentes e intolerables de policías en el ejercicio de sus funciones, prohibieron grabar a los agentes y publicar sus actuaciones en la red.
Y aquí viene la pregunta que lleva rondándome la cabeza desde hace días ¿Es lícito, es moralmente aceptable que un tipo se emborrache, acabe teniendo una trifulca con otro ciudadano y que este responda con violencia y que se le aplique la ley antiterrorista porque el tipo que se ha emborrachado es Guardia Civil?
Como digo, el incidente descrito en la introducción, del que fui testigo a principio de los años ochenta en las fiestas de un pueblo cercano al mío, se solucionó con una retirada a casa del beodo y sobre todo de la petición insistente del otro benemérito de que no fueran denunciados por los chavales que habían reaccionado de forma violenta ante una acoso machista e indecente sufrido por una compañera. El Guardia Civil que no había bebido, insistió mucho en que no les denunciaran y además tenía plena conciencia de que su compañero había sido imprudente al llevar consigo una pistola, primero porque pensaba beber y segundo porque ya conocía el carácter pendenciero y chulesco del mismo.
¿Qué ha cambiado desde entonces para que ahora, por unos hechos presuntamente parecidos, a los chicos de Alsasua se les acuse de terrorismo?
Lo que ha cambiado es un gobierno al que no le gusta la libertad y una sociedad que se ha acomodado en la injusticia social y en la individualidad y que cree que mirando al suelo ante unas nubes negras, muy negras, se va a librar del chaparrón.

Anuncios