Desvestir Santos

Hartazgo

La madre abadesa, de rodillas, frente al altar, imploraba a San Pancracio. Fuera, una turba rodeaba el convento con antorchas, garias, mangos de azadón, hoces y tentemozos…
Trescientos años antes, el Monasterio de Nuestra señora de las Viñas, era señorío de todos los campos de cultivo, viñas, huertas, monte bajo y páramo situados a menos de cuarenta leguas a su derredor. Durante más de doscientos años, las monjas habían vivido de los frutos que los campesinos estaban obligados a entregar al monasterio como dueño y señor de esos campos. Más tarde, los aldeanos fueron convirtiéndose en hombres libres que se hacían con una pequeña propiedad, que el monasterio les vendía para afrontar reformas, cobrándoles cien maravedíes y el compromiso del pago de un diezmo consistente en seis fanegas de trigo, dos seras de racimos, medio carro de leña y una arroba de paja. Con los años, el compromiso no escrito se convirtió en costumbre alimentada por el fervor religioso de los campesinos.
Con el sobrante del diezmo, las monjas comenzaron a cocinar unas galletas de trigo con pasas que, al principio, guardaban para conmemoraciones especiales y que, gracias al paladar y los consejos de obispos y curas, con el tiempo, empezaron a comercializar con gran éxito, hasta convertirse en uno de esos manjares que trascienden fronteras y que, fruto de una demanda desmesurada y una fabricación limitada, adquieren carácter de lujo.
Con el paso de los años, el monte se convirtió en tierra de labranza. Al ritmo de destrucción de la vegetación, iban decayendo las lluvias. Cada año llovía menos. Las cosechas de cereal iban decreciendo y las cepas secándose. A la vez, los hijos de los hijos de los primeros propietarios de los campos, iban repartiendo la hacienda entre sus descendientes. Con cada generación, era más difícil salir adelante con los frutos del campo. Se fue perdiendo el compromiso de la leña y la paja, pero las seis fanegas de trigo y los dos cuévanos de uvas recién vendimiadas, seguían siendo exigidos cosecha, a cosecha, año a año, por las monjas. Los emolumentos de la venta de las famosas pastas, les daban confort y el placer de dedicarse sólo a la vida contemplativa. Placer al que no querían renunciar teniendo que hacer otras cosas para subsistir.
La ceguera religiosa, las supercherías y maldiciones, fueron durante décadas las mejores aliadas del convento que seguían recibiendo su diezmo mientras los hijos de los campesinos estaban cada vez más desnutridos y enfermos. Con la población cercana sumida en la miseria, a pesar de que algunos decidieron emigrar a otros lugares y otros muchos murieron jóvenes a causa del hambre y la enfermedad, las monjas seguían sin aflojar el pago del diezmo y la situación era cada vez más acuciante.
Así que ahora, Sor Eduvigis reza fervorosamente a San Pancracio, mientras las hermanas corren presurosamente por los pasillos, con las lágrimas corriéndoles por las mejillas y el corazón a punto de estallar, apilando bancos y arcones junto a la puerta mayor, intentando hacer una barricada para que el tumulto no acceda al recinto.
Por la mañana, el enorme penacho que salía del monasterio, podía verse a diez leguas del convento.

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Desvestir santos

Hace unos días, leíamos en el periódico CLM lo siguiente: «El Tajo entra en coma: ya no hay agua para transvasar».
El BOE del 10 de mayo publicaba el trasvase de 7,5 hm3 para abastecimiento desde los embalses Entrepeñas-Buendía a la cuenca del Segura.
Hace unos cuantos años, por motivos de trabajo, tuve ocasión de ir advirtiendo el paulatino cambio que se fue produciendo en Sacedón (Guadalajara). Un pueblo tradicionalmente agrícola al que le expropiaron sus mejores tierras de cultivo (las situadas en la vega del rio) para cubrirlas de agua, y que no tuvo otra opción que reconvertirse al turismo. Con la primera gran sequía de los años noventa, el pantano dejó de nuevo las tierras al descubierto y acabó convirtiendo a este bonito pueblo en un sitio fantasmagórico, con decenas de negocios dedicados al turismo náutico y a la hostelería, quebrados y una población que tuvo que irse en busca otros lugares dónde subsistir.
A esa primera sequía, le han seguido otros tantos periodos de abundancia (los menos) y de necesidad (los más). Aunque la sequía se ha convertido en una enfermedad crónica y endémica que ha acabado definitivamente con la economía de los pueblos aledaños al pantano de Entrepeñas.
No es casualidad que cuando Google Maps realizó su steet wiew de este lugar (Sacedón) esto fuera lo que se ve. Dónde debiera haber agua (por algo le pusieron nombre de Camino de La Playa) sólo se ve páramo y desierto.
Pero la situación de este bonito pueblo de Guadalajara, esconde algo más que una endémica situación de sequía que ha llevado a la miseria a muchas familias. Esta situación viene agravada por este hijoputismo desmesurado de este desgobierno (y otros anteriores) de favorecer a los ricos y empeñarse en privar de lo poco que tienen a los pobres. Mientras Castilla-la Mancha se desangra de agua y población, se favorece a golpe de Orden ministerial, que insiste una y otra vez en convertir al rio Tajo en un lodazal,  que el poco agua existente se vaya, trasvase abajo, hasta Murcia. Allí utilizan ese agua, sobre todo para su uso en la agricultura intensiva, un gran negocio, como también lo sería, con las técnicas actuales, en el Sahara si pudiéramos hacer un trasvase desde el Nilo, el Ródano o el Propio Tajo. El Sureste peninsular se enriquece con la pobreza de los castellanos manchegos, (además de con la explotación de la inmigración).
Tengo la impresión de que este desgobierno prefiere las mayorías absolutas en Murcia, frente a la oposición en Castilla La Mancha.
En realidad esto de los trasvases que dejan los pantanos convertidos en desiertos y barro, para que otros puedan sacar adelante sus intensivas y muy productivas económicamente, producciones de pepinos, tomates, melocotones,… no es sino una simulación de lo que, si esto no cambia y no tienen visos de cambiar, será uno de los mayores problemas de un futuro no muy lejano: la guerra del agua. Despoblar el interior de secano para convertir desiertos en explotaciones agrícolas intensivas, dónde además de agricultura se promociona el turismo de campos de golf y playa, no es sino una afrenta más de este hijoputismo que llaman liberalismo. El interior es pobre y el desierto de cultivos y campos de golf, rico. Se les quita a los pobres para engordar las cuentas corrientes de los poderosos. Es sólo eso.  O es tanto, como eso. Todo ello con la connivencia de un pueblo adormecido y embrutecido que cree firmemente que todo vale si se crean puestos de trabajo, aunque estos puestos sean temporeros, creen conflictos sociales y desigualdad y rebajen la condición de trabajador a la de siervo o esclavo. Cuando un pueblo cree que los ríos no son parte de nuestro entorno y que desecarlos no trae consecuencias negativas para nuestra salud y para el medio ambiente, cuando se criminaliza la inmigración, mientras se abusa de ella para sacar enormes beneficios de la agricultura, cuando en nombre del progreso se destruye el entorno y contribuye al cambio climático, es que hemos llegado a un estado social de podredumbre y de miseria social, en la que revertir la situación, será casi una misión imposible.
Todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Todo por el negocio, aunque los pobres mueran en la miseria. Todo por el hijopustismo en nombre de una solidaridad unidireccional que sólo beneficia al poderoso. Lo llaman solidaridad cuando en realidad es desprecio y abuso. Lo llaman populismo cuando en realidad es fascismo. Lo llaman democracia y no lo es. Esta cleptocracia nos lleva al abismo.

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