Amores que matan.

Hoy, de madrugada, en Madrid, una mujer ha muerto por interceder en la pelea de un machista con su pareja. La ha pegado una cuchillada en el pecho. El machismo es una lacra y no debemos consentirlo.

Hace unos meses escribí esto para una revista del Instituto de mi hijo. Espero sirva de ayuda a nuestros jóvenes que han vuelto a un camino que debiera estar cerrado.

Junto a la pared, frente a la puerta de salida, Jonatan espera, de pie. La zapatilla del pie izquierdo, parece sujetar la tapia. En la mano derecha, entre los dedos, un cigarrillo consume el tiempo que queda para el timbre. No hace frío aunque ya estamos en noviembre y su pelo cortado al dos, acentúa los rasgos de una cara que bien podría ser de un dios romano. Bíceps desarrollados pegan su camiseta a su pecho y sus grandes brazos, y sus bermudas de chándal, largas (lo que su madre llamaría pantalones pesqueros), dejan entrever la robustez de sus piernas y unas zapatillas de un naranja fosforito que cuestan el sueldo de su madre en uno de sus tres trabajos como limpiadora.

No es que Jonatan haya salido antes de clase. Hoy, ni siquiera se ha acercado al Instituto salvo ahora, que está esperando a que el fin de las clases, deje paso entre los cientos de alumnos a su chica: Rebeca. Jonatan está matriculado en segundo de Bachiller, al que lleva anclado los últimos tres cursos. Hasta primero, fue un estudiante mediocre pero suficiente. Alguien que se esfuerza lo mínimo para ir pasando de curso sin problemas. Nunca había repetido. Pero descubrió que pasaba el tiempo más rápido en casa jugando en la red al Minecraft o al Roquet League que escuchando el tostón de la Martirio que les da lengua y literatura o del Cuqui que les da matemáticas. Total, está siempre sólo en casa desde las siete de la mañana y nadie notifica a sus padres si asiste o no a clase. Algunos días, la diversión está en el aula y queda con los colegas para ir a tocarle los huevos a la de Historia, que se toma el alboroto como una afrenta personal, y muchos días acaba llorando entre las risas de sus más siniestros pupilos.

El Cuqui está explicando en la pizarra la resolución de un determinante por la regla de Sarrus. Rebeca, sin embargo, está mirando el reloj. Su pensamiento está en otro mundo. Revive con cierta melancolía el día, hace ya casi dos años, cuando Jonatan, el chico más guapo y en mejor forma de la clase, el chico por el que suspiraban todas sus amigas, se fijó en ella y le pidió salir. Resultó que la belleza no lo es todo y que todo el romanticismo, todos los detalles, toda la ternura mostrada antes, se esfumó como el olor del perfume comprado en el mercadillo. Pronto se dio cuenta de que Jonatan no era un romántico y que tenía un concepto de las mujeres un pelín viejuno (aunque no sólo él. En clase parece que algunos más de los chicos más guais, opinan que las mujeres les quitan el trabajo a los hombres y que, si tienen que decidir, mejor son ellas las que se deben quedar en casa al cuidado de los niños). Al principio no le dio importancia. No era más que algo que ella creía superado pero que, al parecer, la sociedad no. Más tarde descubrió que a Jonatan le enfadaba mucho que ella saliera con sus amigas un sábado o un domingo si él no estaba en la ciudad. Sin embargo, en verano, cuando ella se fue con sus padres un mes al apartamento que tienen en Bellreguart, su amiga Cristina le contó que había visto varios días a Jonatan en Kapital , aunque él le aseguró cuando se vieron después de quince días de haber vuelto de la playa, que había estado recluido como un monje. También hay algunos desplantes y broncas que siempre acaban con un Jonatan arrepentido y suplicando perdón, porque la falda de Rebeca es demasiado corta o el escote demasiado grande. Ella no puede salir con sus amigas, aunque él, que no tiene hora de llegar a casa, se líe con los suyos hasta las dos o las tres de la mañana.

El Cuqui sigue con sus determinantes en la pizarra. Ahora está demostrando que un determinante vale cero si tiene dos filas o columnas, iguales. Rebeca mira el reloj con aprensión. Quedan poco más de cinco minutos de clase y sabe que Jonatan la estará esperando. Se siente culpable porque no hace las cosas como es debido y su novio se enfada con ella cada día más y por cosas mucho más estúpidas. Se enfada si lleva los labios pintados a clase, si le ve que ella habla y se ríe con algún compañero, si le dice que tiene que estudiar para un examen o si le pregunta porqué no ha ido hoy a clase. A veces, el enfado llega al extremo que, si están en alguna terraza con los amigos de él (ella hace meses que no tiene amigas porque Jonatan no las soporta) y se le ocurre hablar, el disimulando y sin que nadie se entere, la pellizca fuertemente en un brazo o en el lateral de la tripa, provocándole moretones. Incluso un par de veces la ha llegado a quemar la mano con el cigarrillo, por debajo de la mesa, para que se calle. Rebeca cree que ella es la culpable porque el siempre le dice que la quiere mucho y que lo siente. Incluso acaba llorando para que le perdone porque el amor que siente por ella es tan fuerte que si algún día le dejara, se mataría (aunque repite y repite que, antes, acabará con ella).

Suena el timbre y todos recogen en un pispás. Rebeca lo hace con parsimonia, como si no quisiera salir. El Cuqui le dice, que si se puede esperar unos segundos y ella lo hace pacientemente mirando hacia todos sus compañeros que salen de clase. Don Tristán, el Cuqui, le pregunta qué le sucede que últimamente la nota como ausente y desatenta. En los últimos exámenes ha tenido fallos poco habituales en una estudiante de su nivel. Ella, mira al suelo, y en un hilo de voz le dice que no le pasa nada. El Cuqui la sujeta de uno de los brazos cuando Rebeca intenta salir, y ella, aúlla de dolor. El Cuqui, se fija en dos heridas redondas que tiene en la palma de la mano, casi en la muñeca, parecen quemaduras de cigarrillo. Por entre la manga del jersey asoma un moretón casi negro. Don Tristán cree que la maltratan en casa y acude inmediatamente a hablar con el Director. Pero, al cruzar el patio, oye voces fuera, junto a la tapia del Instituto. Ve que Jonatan le está echando una bronca monumental a Rebeca y lo entiende todo.

El maltrato, no es amor. Si te sientes atada y frustrada en una relación, pide ayuda. Nadie que te ama te hará llorar y mucho menos te pondrá la mano encima.

Based on a true history

Araceli miraba por la ventana del despacho de la sexta planta. Fuera, el calor de un agosto tórrido derretía el asfalto. Eran poco más de las diez y media y en la calle Santa Engracia muy poco tráfico y ningún peatón. A lo lejos un coche de bomberos se acercaba al parque cercano. Araceli observaba mientras reflexionaba. No podía creer lo que acababa de leer. No podía ser cierto. Volvió a coger el sobre y repasó la lectura ahora poniendo mucha más atención. Cuando acabó, su preocupación se acentuó. No había leído mal. Todo lo que le preocupaba estaba escrito en esa carta. Dejó de nuevo el envío sobre el escritorio y se fue a la máquina del café. Debía meditar bien los siguientes pasos porque seguía sin poder creer lo que había leído.

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19 de Diciembre de 2008. Anochecía en la calle Capitán Haya. Mucho barullo en la entrada del Restaurante. Al fondo, mujeres de color ligeras de ropa, paraban a cuantos viandantes caminaban junto a ellas. Araceli departía con Antonio y Conchi, dos de sus compañeros de trabajo. La conversación era una especie de hilo musical que está sin estar y al que no prestas atención. Porque Araceli no estaba. Su vestido rojo bermellón, su elegante e insinuante escote, su chal y sus zapatos a juego posaban frente a Conchi y Ramón. Pero Araceli vivía el tiempo de después, el momento en que Don Ignacio llegaba a la fiesta de navidad de la oficina. Vivía el instante en el que, a solas, le informarba de todo aquello que leyó sin querer en el mes de agosto y que la estaba reconcomiendo porque tres meses después se había cumplido punto por punto. Vivía el momento en el que el partido le daba las gracias por su rectitud y ponía en conocimiento de la fiscalía las conductas corruptas de Belén y Adrián. Y seguro que su denuncia tendría repercusiones. Estaba muy ilusionada y esperanzada con ello. Ella siempre había servido al partido y creía en su ideario. Y no podía tolerar que las manzanas podridas lo contaminasen. Poco a poco fueron llegando todos sus compañeros de trabajo. En la calle, una temperatura de diez grados permitía departir amigablemente en la espera. Pero Don Ignacio no llegaba. Ni llegó.

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Tras haberlo meditado mucho, volvió a coger el sobre que había dejado encima de la mesa. Sacó el contenido e hizo fotocopias de la misiva. Tres. Una para guardar y otras dos para enseñárselas al Presidente de la empresa a fin de hacerle partícipe de la trama para el desvío de los fondos. Volvió a meter la carta original en el sobre, lo cerró como si nunca hubiera sido abierto y lo llevó a la mesa de la secretaria de la Subdirectora. Volvió a su despacho y leyó y releyó de nuevo otras tres veces la carta fotocopiada. Quería estar segura de haber entendido bien la trama del fraude. Cuantas más veces leía la carta, más convencida estaba de que la “cosa” era tan gorda que su jefe, en cuanto lo supiera, pondría de patitas en la calle a la Subdirectora y al Director del Departamento y que a ella, le darían el tan merecido ascenso dentro del partido.  Pero, debería esperar porque el asunto, sólo era una propuesta y debería ejecutarse en los meses siguientes.

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La noche caía sobre los setos. Dos personas, un hombre y una mujer caminaban despacio y en silencio. Se detuvieron a la luz de un farolillo de una puerta con el número 23. A los pocos segundos apareció una señora que les hizo pasar raudos dentro de la finca que rodeaba el chalet. Cruzaron la hierba húmeda y se adentraron dentro de la casa.

–       Usted dirá padre.

–       Es un asunto grave Soledad. No sé por dónde empezar.

–       Quizá el principio sea una buena opción.

–       Bien, entonces que empiece Araceli.

Y Araceli contó que en Agosto, cuando todo el mundo estaba de vacaciones, llegó una carta de Sacyr que había abierto como otras tantas para discernir si su contenido tenía urgencia o no. Y contó el contenido de la carta. Y también que había esperado unos meses hasta que el contrato se adjudicara y que desgraciadamente, todo se había cumplido punto por punto. Y que había esperado poder hablar con Don Ignacio en la fiesta de navidad pero no se presentó. Y que, en un momento del baile después de la cena, había podido hablar a solas con el secretario personal del Don Ignacio a quién le había hecho llegar una copia de la carta y que éste, tras leerla, se había comprometido a hacérsela llegar a su jefe. Incluso contó que se había dirigido a la Jefa de Gabinete del Presidente de la Compañía, y que esta le había contestado que lo iba a investigar. Pero que habían pasado los meses y no había recibido respuesta, ni había habido ceses ni felicitaciones.

–       Bien, padre. Ahora lo más importante es que mantengan esto en secreto. Yo hablaré con Ignacio.

Se despidieron y el cura y Araceli se fueron por dónde habían venido.

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Ignacio estaba radiante. La ceremonia había concluido y todo había salido a pedir de boca. Esperanza le había felicitado y había dado un paso de gigante en su carrera política. Marisol se le acercó por detrás. Ignacio le saludó con dos besos.

–       Ignacio, tengo algo serio que contarte. Es sobre el Canal.

–       Mira Marisol, no sé nada del Canal y tampoco me interesa. Y perdona pero tengo que ir a hablar con la marquesa.

Y Soledad se quedó allí parada más cortada que una papelina de cuarta mano.

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Araceli estaba dispuesta a no perder la ilusión por sacar a la luz la verdad. La esperanza es lo último que se pierde. Manolo Duncan era un buen amigo y además abogado. Con tantas personas con las que había contactado, tuvo que hacer más fotocopias. Una de ellas, se la acababa de pasar a Duncan.

–       ¿Qué pretendes con esto, Araceli?

–       Que la verdad salga a la luz y que los corruptos sean apartados de la empresa y del partido.

–       ¿Y?

–       Pues que había pensado acudir al fiscal porque ninguno de los de arriba parece dispuesto a tomar cartas en el asunto.

–       ¿Y?

–       ¡Joer Manolo! Tu eres amigo mío, podrías echarme una mano.

–       Ni de coña. Tú no sabes dónde te estás metiendo ni con quién te estás jugando los cuartos.

–       Yo creo que el partido…

–       Ni el partido, ni leches. Conmigo no cuentes.

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 Araceli, cansada, acabó mandando dos correos electrónicos a los responsables de Sacyr indicándoles que lo sabía todo y que iba a acudir a la justicia. La despidieron del trabajo y la han acusado de haber inventado la denuncia porque no quisieron meter a un sobrino suyo en la empresa.

Pero la ilusión y la esperanza es lo último que se pierde. Aunque Araceli ya no tiene ilusión por un partido que no ha sabido cortar la corrupción. Su esperanza, no acabar en La Almudena.

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Con esta historia participo en un certamen de relatos. Si te gusta y quieres, puedes votar aquí:

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Cuento de Verano

Pascual paseaba nervioso del salón a la cocina y de la cocina al salón. Las colillas se amontonaban en un repleto cenicero de cristal. Sabía que era ya inminente y que no podría retrasarlo más. Le temblaban las manos, tanto que casi no era capaz de introducir la colilla del cigarro en la boca. Le temblaban los labios y no sabía si podría hablar llegado el momento. De nada serviría ya oponerse al desalojo. Ya no había solución. A la cuarta, a la calle.

Lejanos quedaban ya, aquellos días de los tres intentos anteriores de dejarle en la calle. Entonces, el 15-M todavía eran un montón de indignados que se creían invencibles. Entonces los vecinos acompañaban a los indignados en la oposición al desalojo. Y hasta en tres ocasiones habían conseguido su propósito. Eso, y el poco interés de uno de los pocos jueces que piensan en las personas más que en los bancos,  le había dado tres años más de vida en esa casa pagada en su mayor parte con el sudor de un trabajo duro subido en el camión.  Con el esfuerzo de madrugar y de pasarse veinticinco de los treinta días del mes fuera de casa, durmiendo en la cabina del camión, comiendo en bares de mala muerte y haciendo más horas que el propio tráiler.

Pero las cosas se habían torcido cuando la empresa logística para la que trabajaba cerró sus puertas de la noche a la mañana y se llevó con el cierre más de seis mil euros en portes no pagados. A partir de ahí, todo se fue encadenando. El no tenía derecho a paro al ser autónomo. No encontró trabajo. El banco le quitó el camión y por más que lo intentó no encontró otro trabajo.  Su mujer le abandonó a las primeras de cambio llevándose a sus hijos a casa de su suegra. Más tarde llegaron las cartas de apremio del banco, el embargo y la sentencia. Luego el primer intento de ejecución impedido por más de cuatrocientas personas, el segundo con más o menos el mismo éxito y un tercero con menos público pero más ruidoso.

Ahora, la situación era bien distinta. Ya nadie acudía a impedir los desalojos después de que, desde hacía más o menos dos años, la policía empezara a pedir carnets de identidad que luego se convertían en seis mil euros de multa por desórdenes públicos. La costumbre empezó a dar resultado tras la cuarta o la quita concentración. Nadie quería que le embargasen la casa para pagar la escandalosa multa. De tal forma que el miedo se propagó como la peste y cada vez acudían menos personas.  El gobierno del PP había conseguido el primer triunfo sobre el movimiento de indignados.

Por eso, Pascual sabía que hoy no había nadie que impidiera el desalojo. Por eso Pascual estaba planeando lo que estaba planeando. Por eso Pascual era la definición en imágenes del nerviosismo.

Mientras esperaba lo que ya sabía era irremediable, Pascual recordaba tiempos atrás. Recordaba la alegría de aquella noche del 9 de noviembre en Berlín, cuando, atascado con su camión por una multitud exultante, contempló desde su cabina como desmontaban el Muro, cemento a cemento, trozo a trozo y hierro a hierro. Entonces la alegría invadía, no solo su mente sino la del mundo entero. Se acababa el telón de acero, la guerra fría y el comunismo. Todo el mundo tendría trabajo en aquel mundo ya sólo capitalista y todos seríamos ricos. La democracia, la libertad y el individualismo habían  triunfado. Pero  entonces, no contábamos con la globalización que hizo que las multinacionales cerraran sus empresas en el primer mundo para trasladar la producción a Asia y a los países del  antiguo Telón de Acero, dónde la mano de obra estaba a un precio ridículo y sus ganancias podían cuadriplicarse. Entonces, tampoco contábamos con que China, la Comunista china, abrazaría la producción capitalista bajo un régimen social totalitario. Unas condiciones de vida tan paupérrimas que acabaron invadiendo  el mercado mundial sin que nadie pudiera ni competir, ni evitarlo.

Tampoco nadie contaba con que, los liberales habían ganado la partida al comunismo y que, nos convertirían en esclavos a base del consumo. Los primeros años después de la caída del muro, todo el primer mundo gozaba de casa, coche y vacaciones. Todo a base de préstamos. Todo a base de una correa  larga que poco a poco se fue acortando y una deuda que actuaba como bozal para la lucha contra la rebelión.  Los liberales consiguieron que, en lugar de que China luchara por acercarse en derechos al primer mundo, fuera el primer mundo quién retrocediera al nivel chino. Fue la cuadratura del círculo del liberalismo. Una nueva época de siervos y señores florecía en todo el mundo.

Unos románticos en España,  convocaron una manifestación un 15 de junio de 2011. La manifestación fue un éxito. Tanto, que unos cuantos se quedaron en la puerta del sol a exigir un cambio en la política mundial, una vuelta a los derechos de los trabajadores y el abandono de la corrupción por parte de la clase política. Y al principio lo consiguieron. Pero cuando estábamos a punto de reconvertir la situación, los liberales, con el PP en el gobierno, diseñaron una estrategia infalible: hacer correr el miedo en el cuerpo de los indignados a base de multas millonarias por desórdenes públicos.

Una mueca de medio sonrisa recorrió por unas décimas de segundo la comisura de los labios de Pascual. Ya estaba todo decidido. No había vuelta atrás. No podría vivir más en aquella casa. Pero quizá esa situación sirviera de chispa que prendiera la yesca de la indignación.

Sonó el timbre de la puerta. Pascual apretó los puños. De fuera, una voz le recordaba que eran del juzgado y que debía abrir la puerta o la policía se encargaría de hacerlo a por la fuerza. Pascual no contestó. Sonó un golpe seco, dos, tres… Pascual apretó con más fuerza los puños. La puerta cayó de cuajo con un tremendo estruendo. Otro estruendo acalló el primero, una fuerte llamarada invadió el pasillo dónde se agolpaban los policías y el personal del juzgado. Las ventanas salieron volando hacia el exterior. Gigantescas llamaradas acudían a respirar el oxígeno de la calle por los huecos dejados por las ventanas.

Lo había conseguido. Ya no habría desalojo.

Prometo volver desde cualquier cibercafé o desde allí donde consiga una conexión a internet.

 

 

Morelay, cuento de primavera

Morelay miraba fijamente los capuchones púrpuras. Sus ojos muy abiertos, su boca muy cerrada, el entrecejo arrugado y una expresión entre el asombro y el miedo había paralizado su cuerpo, que pegado a la esquina de la calle observaba, cabeza en escorzo, como las terribles figuras acabadas en punta pasaban, marcando un paso muy lento entre música de cornetas, tambores y bombos. De dónde Morelay venía, no había este tipo de manifestaciones religiosas y lo más parecido que había visto era una película en la que unas personas muy malas, perseguían a unos pobres negritos, con trajes muy parecidos a estos pero de color blanco.

Morelay, con su cabello corto, despeinado como si se lo hubieran arrancado a mechones, mirada seria, grandes ojos negros achinados, cabeza muy redonda, reconocibles rasgos andinos y un vestido raído, intrigada por la música que oía desde su desvencijada casa del barrio madrileño de Tetuán, había corrido hacia Bravo Murillo, escapándose de la mirada siempre atenta de su madre.

Ramón, el padre de Morelay, trabajaba como albañil-fontanero para una empresa familiar. Con su salario de 600 euros al mes, apenas si podían alimentarse. Morelay tenía otros cuatro hermanos y su mamá fregaba varios portales en la calle Francos Rodríguez. Con ello sacaba otros ciento cincuenta euros al mes a base de deslome y muchas horas. Ramón, salía todos los días de casa  a las ocho de la mañana y con suerte, volvía a casa sobre las nueve de la noche. Con los seiscientos euros debía pagarse todos los días la comida, por lo que optaron por llevársela de casa.

José Mari, el jefe de Ramón, le había prometido miles de veces los papeles para su legalización así como el contrato de trabajo. Contrato que nunca llegaba y del que siempre decía a Ramón que estaba en manos de la gestoría, porque las cosas ahora estaban muy mal y había muchos problemas legales para su confección y por tanto para legalizar la situación de Ramón. José Mari, siempre pedía paciencia a Ramón y este aguantaba estoicamente las “largas” de su jefe. Había que comer y era la única solución actualmente. Ramón llevaba en España siete años. Había venido de ecuador con un billete de turista y muchas ganas de encontrar la tierra prometida. Poco tiempo después, lo encontró en la construcción. Eran los buenos tiempos, cuando en Madrid se soterraba la M-30, se construía el anillo olímpico y una media de doscientas mil casas al año. No le costó legalizar su situación en España e incluso no le había costado mucho traerse a su esposa y a sus cuatro hijos. Eran tiempos en los que vivían desahogadamente, habían pagado la deuda del billete de avión, los billetes de la familia e incluso había dado la entrada para un piso en Fuenlabrada y firmado una hipoteca con el Banco de Santander.

Pero hacía unos tres años, la cosa empezó a truncarse. Las obras comenzaron a cerrar, los trabajos a escasear y Ramón se quedó sin contrato primero y un año después sin trabajo. Ramón conoció a José Mari en una de las obras en las que trabajaba ya sin contrato. José Mari era fontanero encargado de todos los trabajos de fontanería del edificio. Nueve meses después, cuando Ramón estaba ya a punto de quedarse sin casa por impago, se volvieron a encontrar en la Plaza de Cuatro Caminos. José Mari había aparcado su furgoneta en la acera de la esquina con Reina Victoria y Ramón que pasaba por allí, en busca de trabajo, vio como un par de rateros le pegaban un adoquinazo a uno de los cristales de la furgoneta, e intentaban llevarse la caja de herramientas. Ramón les llamó la atención y salieron huyendo. La casualidad hizo que José Mari viera la escena y que, al reconocer a Ramón le invitara a un café. Allí Ramón le contó sus penurias y José Mari le dejó una de las casas en estado de ruina que había sido la primera morada de sus abuelos cuando llegaron a Madrid, y le dio trabajo con la promesa de volver a hacerle un contrato y de legalizar su situación de nuevo.

Pero lo que en un principio fue en una puerta abierta a la esperanza, se convirtió más tarde en sufrida pasión, explotación y  trata de personas. José Luis empezó quitándole de su ralo salario todas aquellas pérdidas de material que él consideraba culpa de Ramón, ya fuera por lo que consideraba una negligencia o por las quejas de algún cliente. Ramón era obligado a trabajar de ocho y media de la mañana a ocho y media de la tarde con una hora para comer que le era descontada del salario. Todos los días de lunes a sábado.  Pronto, tras cuatro o cinco meses de su estancia en la vivienda derruida y llena de Goteras y que Ramón había medio arreglado en los domingos y festivos, José Luis le dijo que la situación económica era muy mala y que debía cobrarle doscientos euros por el alquiler de la vivienda. La única vez que Ramón osó replicar a José Luis, éste le amenazó con la policía y con denunciarle por robo. Así Ramón aguantaba estoicamente pensando en tiempos mejores y en sus hijos.

Morelay, miraba ahora fijamente uno de los pasos de la procesión. Decenas de pies sobresalían por debajo de los sayones que cubrían el soporte sobre el que se alzaba un Cristo lleno de heridas sanguinolentas de un exacerbado y macabro realismo. Detrás, uno de los encapuchados andaba con las rodillas que llevaba ensangrentadas. José Luis, henchido de orgullo y satisfacción y dolorido las heridas de las rodillas, se quedó mirando levemente a una niña hispana que le miraba sorprendida y llena de miedo, desde la esquina de la calle Tablada.

Vivir bajo un puete, cuento

A Merche y a Román, la vida nunca les trató muy bien. Son de ese tipo de gente que atrae los problemas. Merche, nunca fue una belleza, más bien todo lo contrario. Su pelo siempre extremadamente corto, su pecho tan pequeño que ni siquiera llega a abultar por debajo de sus camisetas y su extremada delgadez, junto con un rostro varonil, facilitaban que alguna que otra vez le hubieran tomado por un chico. Román es de esas personas con cara de bonachón. Moreno, cara redonda, facciones poco pronunciadas, ojos un pelín achinados y una especie de verruga blanca en la mejilla derecha. Pero la suerte, nunca supo encontrarle o él no supo buscarla.

Merche, se escapó de casa a los catorce años, cansada de las palizas de un padrastro al que le circulaba alcohol por las venas en lugar de la sangre. Porque no era sangre el líquido pardusco y viscoso que le salía por la piel cuando se cortaba, era vino tinto. Merche nunca tuvo trabajo remunerado porque desde el abandono del hogar materno siempre había vivido en la calle.  Primero, en los arrabales del Madrid de los ochenta, dónde no era difícil llegar a un descampado cercano a la civilización, coger unos cuantos palés de madera, unos cartones y unos plásticos y construir una chabola dónde malvivir. El tiempo de permanencia, dependía de la necesidad del propietario de pegar el pelotazo y construir. Más de una vez, a la vuelta de la recogida del cartón con el que sacaba el sustento de su casa, se encontró con la policía a la entrada de lo que horas antes había sido el poblado chabolista. Entonces, esperaban a que las máquinas y la madera se  fueran para recoger cuatro cosas salvables, y marcharse en busca de otro lugar en el que montar su nueva casa. Nunca quiso trato alguno con el género masculino. La experiencia con su padrastro hubiera colmado el vaso de tres generaciones, y Merche ya había tenido bastante.

Román, sin embargo, era una persona venida a menos. Una de esas que, la crisis de los noventa, dejó en el paro, sin esposa, sin hijos y sin casa. Román era un hombre de los de siempre. De aquellos que, hasta que la obligatoriedad de enseñanza acabó con el trabajo juvenil, maduraba a ritmo de golpe de escoplo, de martillo o de recorrer las calles de la ciudad haciendo los mandados del Jefe. A Román su padre le sacó de la escuela con catorce años recién cumplidos, para llevarle a una de las escuelas de la vida: una carpintería. Durante seis años, rascó, lijó, barrió, quitó cola de carpintero seca, limpió el polvo del serrín metido entre los tornos y la fresadora, afiló bureles, escoplos y gubias, cualquier cosa, menos serrar, esculpir, pegar o barnizar que tenía terminantemente prohibido. A los dieciocho, empezaron a dejarle que echara una mano serrando piezas por las marcas, barnizando las primeras capas de puertas o sillas y haciendo alguna que otra caja de encaje. Con veinticinco ya sabía lo suficiente para ser oficial y podía encargar al nuevo aprendiz las tareas con las que él mismo había empezado. Coincidiendo con su llegada a la oficialía, se casó con Rosa Mari, la vecina del cuarto. Una vecina que jamás le dirigió la palabra y que le miraba por encima del hombro hasta mayo del 88, cuando, un caluroso día de los que, a veces hace en mayo en Madrid, Rosa Mari estaba en la ventana medio desnuda (o desnuda entera porque él sólo veía la mitad de su cuerpo. ¡Y vaya cuerpo!). En un principio, Román pensó que no era verdad, que era un espejismo. Pero no había espejismo posible porque la ventana de Rosa Mari estaba abierta. Román vivía sólo en casa. Se fumaba un cigarrillo en la terraza cuando divisó a la vecina de enfrente de un piso más abajo. A ella, no parecía importarle que Román la mirara con esa cara de embobado y tan ensimismado que los dedos que asían el cigarrillo, se abrieron y cayó barandilla abajo. Rosa Mari, se tocaba los senos mirando a Román. Y le hacía señas para que bajara. Román no entendía nada, pero una oportunidad así, no se le volvería a presentar en la vida. La vecina acabó pidiéndole a voces  que bajara. Y bajó. Cinco meses después sonaban campanas de boda en la parroquia del barrio. Y siete meses después de ese primer encuentro, nacía Marcela, una niña robusta de tres kilos y medio y cincuenta y un centímetros. Dos años después nacería Guillermo, un casi albino de ojos azules que no se parecía a nadie de la familia. Ramón consentía y callaba.

En el 92, cuando llegó la crisis, la carpintería empezó a tener menos encargos y Román acabó en el paro. Un año después, firmaba el divorcio en el que dejaba el piso de sus padres a su mujer y a sus dos hijos bastardos.

Román buscó una pensión barata del centro de Madrid con las treinta mil pesetas que le quedaba del paro después de pasarle la pensión a su ex y a sus hijos. Pero el paro se acabó un año después. Un año que pasó tan deprisa que le pareció una semana. Buscaba trabajo de carpintero y cuando descubrió que no lo encontraría y que la búsqueda debería abarcar todo tipo de trabajo, la patrona le había sacado la maleta al descansillo.

Conoció a Merche en un albergue. Una temporada en las que a ésta le dio por acercarse a la sociedad e integrarse en ella. Buscaba trabajo, pero no lo encontraba y las dos veces que se lo dieron, limpió dos cocinas enormes y llenas de mierda y acabaron no pagándola.

Merche y Román congeniaron casi de inmediato. Y de inmediato abandonaron el albergue y se fueron a montar una chabola por esos campos de dios. Pero a mediados de los noventa, ya no era tan fácil montar chabolas y todos los poblados estaban controlados por cárteles de la droga. Así que, tras varios meses deambulando por calles, durmiendo en parques y en el Metro, encontraron un ojo de un puente. Un puente por el que no pasa agua ni de cerca. El ojo había servido de almacén para unas obras de un edificio de oficinas cercano y estaba tapiado completamente en una de sus bocas y parcialmente en la otra. Además tenía una puerta. El único inconveniente era que los coches pasaban demasiado cerca. La M-30 era su orquesta desafinada por las noches. A pesar de todo, Merche y Román se instaron allí y fueron felices unos años.

Pero Merche y Román nunca han conocido la suerte. Hace tres meses una señorita con chaqueta de color rojo burdeos y el escudo de Madrid en  el bolsillo, les entregó un papel que decía que debían desalojar. Después de casi dieciséis años de una vida casi normal, de una vida de integración, les quieren echar. La M-30 desapareció hace cuatro o cinco años y ahora, han plantado hierba y han hecho caminos de cemento por los que corre la gente y pasean los padres con cochecitos de bebés. Por dónde la gente mata el tiempo en bicicleta. Caminos que sirven a la gente ociosa para encontrar su libertad.

Hoy es un día triste. La policía les ha echado de su casa. Una máquina ha convertido las paredes en escombros y le ha dado al ojo del puente su primitivo aspecto. Al fondo, unos carpinteros preparan una especie de templete. Una brigada del SELUR limpia los restos de los escombros. Diez barrenderos acondicionan el nuevo parque. Una brigada del ayuntamiento con sus chaquetas rojo burdeos preparan junto a la antigua casa de Merche y Román una cinta con los colores de la bandera de España. Horas más tarde, el alcalde Gallardón inaugura el parque a mes y medio de las elecciones municipales. Román y Merche, nunca han tenido suerte y esta vez, una inauguración de un parque, se ha cruzado en su camino. Los pobres, aunque no hagan mal a nadie, aunque no molesten y aunque quieran vivir la vida de los demás, no dan buena imagen en las inauguraciones. Si el puente hubiera seguido siendo el nido de yonquis que fue, antes de que Román y Merche lo limpiaran, si no hubiera habido elecciones y si la crisis no hubiera acabado con casi todo lo que inaugurar, el ojo del puente seguiría siendo una casa. El parque lo dejarán morir, como hacen con casi todo, Gallardón, no volverá a pisar por allí nunca, pero a Merche y Román, les han vuelto a quitar la vida.

Desesperado. Cuento

La cuerda, tensa, cuelga de la argolla que sujetaba la lámpara del salón. Un cubo con la estabilidad de un borracho sujeta a duras penas unos temblorosos pies que, parecen decir que aun no es el momento, que aun no ha llegado el instante en que harán que el cubo de media vuelta y salga disparado, que aún es pronto para que todo el cuerpo se tense como una maroma que sujeta un barco en un día de marejada, que todavía deben aguantar estoicamente porque no está todo perdido.

Por los altavoces del salón una triste melodía hace presagiar lo peor. Leire, la cantante de La Oreja de Van Gogh, susurra una historia de un amor imposible que se lleva por delante una bomba en un tren. Vene, cierra los ojos y absorbe la canción como quién ha caminado cien días por el desierto y de repente ve un oasis solitario con un agua cristalina.

Atrás quedaron sus años de lucha contra el franquismo. Las frías y húmedas celdas de los sótanos de la casa de Correos en la Puerta del Sol. Las hostias como panes de los grises. Los días pasados en Carabanchel donde ingresó siendo casi un niño. La primera amnistía. Las primeras elecciones. La Constitución, el 23-F, Felipe Gonzalez, La OTAN, … Todo pasa por su cabeza a la velocidad del AVE.

Pero esta canción, tan bonita y tan hijaputa a la vez que le clava millones de alfileres en el centro del alma. Esta canción, le duele la vida. La vida que se sesgó un día aciago de su único hijo. Las bombas que sesgaron las otras 190 vidas de inocentes que acudían a su trabajo. Y eso le duele. Le hace tanto daño que aún después de 7 años, no es capaz de superarlo.

Quizá sea esa la causa de este estado de melancolía permanente que le ha carcomido por dentro como los gusanos se comen la celulosa de los viejos árboles abatidos por el rayo. O quizá solo sea un gran chorro de agua que medio llenó el vaso de su vida y que poco a poco ha ido rebosando hasta tomar la decisión que está a punto de llevar a cabo.

Porque, cuando Vene echa la vista atrás, se pregunta de qué sirvieron las palizas, los años de cárcel, la clandestinidad, los sufrimientos de su mujer, las manifestaciones, las carreras delante de los grises, el sigilo de una ruidosa imprenta dónde salían panfletos como churros, las noches sin dormir en maratonianas reuniones, las frías madrugadas de Madrid, las muertes de sus compañeros a manos de la policía franquista. Venancio (Vene para los amigos) piensa ahora que aquello sólo sirvió para que cuarenta años después todo siga casi igual que antes. ¡Que joído el dictador, lo que se reían con aquello de atado y bien atado y resulta que era verdad!

Treinta y seis años en la clandestinidad, para esto. Treinta y seis años para que haya que empezar a luchar en la calle como lo hicieron durante el franquismo. Treinta y seis años en la clandestinidad para acabar fagocitados por los bisnietos de los hombres del régimen. Treinta y seis años en la clandestinidad y cerca de treinta en la semilegalidad.

Las escaleras cobran vida aunque Venancio sólo escucha una y otra vez el canto de la sirena Leire. La puerta ruge mientras la llave entra en sus entrañas, pero Venacio no está. Unos pasos llegan al salón, un grito, el cubo que gira, la cuerda que aprieta, unos brazos que sujetan el cuerpo de Venancio, una silla que sustenta unas piernas aun temblorosas, reproches, preguntas, ninguna respuesta, lloros, sollozos, lágrimas.

De nuevo, la vida ha sido injusta con Vene.

©Celemín 2011.

Cuentos de hoy: Un perfecto socialista y español

José Luis, permanecía sentado frente al televisor barriga en alto, brazos caídos, cerveza colgando y mirada perdida. La voz que salía de la televisión hablaba de un rotundo fracaso de la huelga general. Jose Luis, graznó un dios por lo bajines mientras maldecía por el poco éxito de la convocatoria. El no había secundado el paro porque su trabajo no se lo permitía pero creía y quería que la huelga fuera mayoritariamente secundada por el pueblo. José Luis siempre decía que era un hombre de izquierdas, conciliador y socialdemócrata. Votante, a veces a regañadientes, del Partido Socialista Obrero Español, estaba a favor de que la gente del mismo sexo pudieran casarse, del divorcio, del derecho de la mujer ainterrumpir su embarazo y del aumento del subsidio del paro a los más necesitados. Se declaraba no racista y sobre todo, español. Jose Luis, sin embargo, no entendía porqué había pensiones para la gente que nunca cotizó, ni porqué a su padre no le daban más de 1800 euros de pensión cuando había cotizado cuarenta años y en los últimos tiempos de trabajo su cotización había sido la más alta. Tampoco veía con buenos ojos que los inmigrantes pudieran empadronarse aún no teniendo papeles, ni que Mohamed le quitara el puesto de trabajo a su hijo, porque a saber dónde le habían dado el título al tal Mohamed. Además se enfadaba mucho cuando acudía a las urgencias sanitarias de Mapfre y había mucha espera y entre los pacientes que esperaban había mayoría de hispanos o de gitanos. Jose Luis era de esos que decía que un emigrante tiene más derechos y más prestaciones que un español y que aquí venía toda la chusma a delinquir. También era partidario de que la gente se pudriese en la cárcel porque, el que delinque, nunca se recupera y acaba volviendo a las andadas. Jose Luis no creía en dios, o eso decía, pero se casó por la iglesia, bautizó a sus tres hijos y asistía en verano a misa de 12 en el pueblo junto con sus amigos de la cuadrilla. Era por salvar las formalidades, según se justificaba. José Luis era el perfecto caballero español. Simpatizante de GreenPeace, aunque nunca dió ni un solo euro para esta causa. Alababa la labor de la Cruz Roja, pero una vez que le llamaron para hacerse socio, dijo que en ese momento no podía atenderles y que le volvieran a llamar. Luego, cada vez que le llamaban, decía que alli no vivía ningún Jose Luis Caballero España. Jose Luis, odiaba sobre todo a Aznar y a Esperanza Aguirre. Acudió como un clavo a la manifestación del “No a la guerra”. Había interpuesto más de diez quejas por escrito al Ayuntamento de Ruiz Gallardón por diversos temas municipales, como bancos rotos, parques que se riegan demasiado o falta de barrenderos en su barrio. Jamás había pertenecido a ningún sindicato porque allí sólo estaban los vagos que se liberan para no trabajar. Tampoco había pertenecido a ningún tipo de Asiciación (ni al APA del colegio).
Jose Luis, vivía cómodamente en su adosado del extraradio madrileño. Cada mañana conducía su precioso y nuevo BMV de la Serie 3 para asistir a su trabajo en la central de REPSOL. Atravesaba toda la ciudad y nunca cogía el metro porque allí huele mal.
Jose Luis hacía honor a sus apellidos y era todo un caballero español, de izquierdas y todo un señor.

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