TRAISICION

Gallina ladradora,…

Anda la granja revuelta. La gallina Kristina, ha puesto un huevo. El ganso Leonardo dice que no lo ha puesto, que se le ha caído. El cerdo Policarpo responde que tampoco es pa tanto. Al fin y al cabo una gallina, es una gallina y que ponga huevos es lo normal.
Pero Kristina es un tanto especial. Aunque ella dice que es una gallina, tiene plumas y parece una gallina, no se comporta como las demás gallinas. No come pienso de gallina. Ella picotea los gránulos del Royal Canin que Felipe, el dueño de la granja, echa de comer a los perros. Cuando los demás animales se ríen, ella les dice que tampoco es que sea nada extraordinario porque tanto el pienso de las aves, como el de los perros, están hechos a base de harinas de varios cereales.
El padre de Kristina, el gallo Celayo, era un apuesto pollo, de cresta tiesa y prominente barbilla roja que todos los días daba el cante a la salida del sol. Su abuelo, un gallo fortachón también, estuvo más de veinte años tocando diana en la granja. La madre de Kristina, la gallina Lina, era una rolliza ponedora, la envidia de las demás gallinas. Ponía huevos de dos yemas y se pasaba el día clocando de aquí para allá.
Lo que hace de Kristina una gallina “anormal” es que no está todo el día escarbando con sus patas entre la hierba y el lodazal, ni buscando lombrices que llevarse a la boca o granos de semillas con los que deleitarse, o clocando sobre el ponedero anunciando su huevo. De hecho, el de esta mañana ha sido el primer huevo de su vida. Ella prefiere ir con los perros a cuidar de las cabras. Por la mañana, en cuanto Felipe se dirige al bardal donde están las chivas, Romario, el mastín más viejo y jefe de la manada, se levanta de su cama entre la arena, se despereza estirándose y acude despacio junto a la verja. Los otros dos mastines le siguen y detrás, siempre va Kristina. Ella se coloca en el lado opuesto en el que el gran mastín observa como las cabras salen, una a una, del corral. Si alguna intenta tomar un camino diferente al que debe, Kristina revolotea con sus alas, levanta una especie de semi-vuelo intimidatorio y le pica a la chiva en la cara para que vuelva al redil. Pero no queda ahí la cosa. Kristina sigue al rebaño y se acuesta junto al pastor, como los demás perros, cuando éste descansa sentado en alguna roca, porque las cabras están entretenidas acabando con los brotes de encinas y robles o lamiendo las piedras en el salegar.
Los habitantes de la alquería se descojonan cuando ven salir a Kristina tras los mastines. Y cuando vuelve del campo junto a las chivas, ya por la tarde, el alboroto, las risas y el cachondeo es general. Luego, mientras las demás gallinas dormitan recostadas en el aseladero, Kristina, posa sus plumas sobre la arena, en un hoyo muy cercano al de Romario. Todos los días, antes de que el gran mastín cierre los ojos, le dice
– Tú crees que soy una gallina, ¿no?
– Claro. – le dice Romario –
Y ambos cierran los ojos y dormitan entre las estrellas.
Hoy, Kristina que ha puesto su primer huevo, se pasea henchida por la majada, junto a la tenada, luciendo orgullosa sus plumas.
Todos los animales de la granja se han quedado perplejos.
Al pasar, junto a Romario, Kristina le ha ladrado con cariño.

 

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Traisición

El pasado jueves, se cumplía el cuadragésimo aniversario de aquel 15 de Junio de 1977 en el que se votaba en unas elecciones, que entonces nos vendieron como el principio de un nuevo régimen y que, visto hoy, muchos creemos que solo fue una continuidad del régimen franquista con distinto nombre.
A pesar de lo que hemos podido leer y ver en los #Vertimedios, aquellas no fueron unas elecciones plenamente democráticas. El PCE y el PSUC habían sido legalizados sólo un par de meses antes (9 de abril de 1977) y más de 60 partidos nacionalistas no pudieron presentarse (entre ellos ERC o el Partido Carlista).
Uno ya tiene cierta edad como para ser parte de la historia y sobre todo para poder contrastar con vivencias propias, aquello que nos cuentan y que, como en el Catecismo del Padre Astete, se empeñan en que sea “palabra de dios”.
Aquel 15 de junio de 1977 no pude votar, no tenía edad. Pero si recuerdo cuál era el ambiente general de la gente que me rodeaba. Mis padres, amilanados y condicionados por casi cuarenta años de franquismo, (mi padre era de aquella generación que fue llamada a la guerra con sólo 18 años recién cumplidos, y que se “chupó” casi nueve entre guerra, maquis y mili), aun creían que todo aquello saltaría por los aires en cuanto a los militares les viniera en gana. Yo, en mi adolescencia en la que todo lo sabía, les incitaba a confiar en Suárez, y en aquello que llamaron la Reforma Política que nos traería libertad (era lo que decía la tele). Durante toda mi vida hasta entonces, había oído la cantinela aquella de que “Cuando muera Franco, tendremos otra guerra”. Hasta tal punto llegaba, que muchas noches, mientras me venía el sueño, rezaba para que Franco se muriera lo más tarde posible y para que, cuando eso sucediera, se me hubiera pasado la edad de ir a la guerra. En aquellos años, ni tenía conciencia política, ni sabía nada de las luchas estudiantiles y obreras que se llevaban a cabo en Madrid o en Euskadi y que llevaron a los franquistas a la operación de maquillaje que vinieron a llamar Transición.
Es verdad, por tanto, que el pensamiento franquista tenía cierto peso en las conciencias de los ciudadanos de entonces, sobre todo en el medio rural y en las pequeñas ciudades en las que poco o nada se movía. Pero no lo es menos que si Arias Navarro dejó paso a Suárez fue por el trabajo enorme del PCE (y la ORT, el MCE o la LCR) y Comisiones Obreras en la clandestinidad. Revueltas estudiantiles en las grandes universidades, huelgas, protestas de trabajadores y sucesos como la carnicería que en 1976 acabó en Vitoria con cinco muertos y más de ciento cincuenta heridos de BALA, llevaban día a día, al régimen franquista, hacia su extinción. Por tanto, el régimen hacía aguas por todos los lados y era inminente su disolución.
Visto con la perspectiva que nos han dado estos cuarenta y dos años, nos engañaron como a niños. Nos vendieron la Transición, que según ya decía en 1995 Gustavo Bueno, sólo fue una metamorfosis, una transformación interna, una continuidad del régimen franquista. Una farsa. Una democracia amañada en la que los franquistas impusieron, entre otras muchas cosas, la circunscripción electoral provincial que les beneficiaba y las listas cerradas que impedía que nadie se saliera del tiesto. Nos vendieron que el régimen franquista se había acabado y sin embargo, procuraron que los delitos de torturas y sangre quedaran impunes (hasta eso, a la Ley de Punto Final le llamaron Ley de Amnistía para que el pueblo se equivocara y pensara que los amnistiados eran los republicanos). Se cuidaron mucho de que, los que habían hecho “carrera” durante los cuarenta años del dictador, siguieran siendo los que “partían el bacalao”.
Algunas fuentes señalan que acabaron con una sociedad “roja” que podría haber cambiado el rumbo de las cosas, a base de heroína. Lo cierto es que la droga en los años 80 en España, causó más muertes que cualquier guerra y que su incidencia más letal fue en aquellos lugares donde la confrontación y la rebelión contra el régimen franquista había sido mayor: Madrid, Euskadi, Valencia, Barcelona,… Y dentro de esas zonas, es muy significativo por ejemplo que en Madrid, los focos de drogadicción estaban localizados en los barrios pobres dónde las AAVV y las fuerzas “comunistas” tenían una fuerte implantación. Si analizamos los resultados del 77, el PCE, con solo dos meses de legalidad (y tan sólo a dos años de la muerte de Franco), tuvo casi dos millones de votos. En 1986 había perdido 1 millón de votos y casi toda su influencia social.
Hoy por hoy, en cuanto a libertades estamos más o menos como en el 75. La prensa que entonces era prensa del Movimiento, hoy en su mayoría es prensa del régimen. Hoy como entonces, se dedican a ensalzar delincuentes, cohechadores y corruptos y a tapar aquello que no interesa. La pérfida Albión, ha sido sustituida por la Chavista Venezuela como el ojo donde poner la viga para desviarla del ojo propio. El contubernio jadeo-masónico del franquismo, ha sido sustituido por la confabulación catalana. En cuanto a la libertad de manifestación, entonces pagabas con moretones, descargas eléctricas y otras torturas y hoy con multas desmesuradas y años de cárcel que igualmente acongojan, reprimen y te joden la vida.
Decía también Gustavo Bueno que veinte años después de ese 1995, la gente se daría cuenta del engaño y que sólo entonces habría una verdadera ruptura con el régimen franquista. Igual no contaba con la pobreza intelectual de España, con el poder de la Televisión y con que, aunque por primera vez en la historia de la humanidad, los hijos viven peor que los padres, aquellos se han vuelto dóciles y consumistas y creen que la lucha es molesta y requiere sacrificios en esa dedicación al consumo, que no están dispuestos a realizar. Aunque con ello se metan en una espiral de servilismo y pobreza.
Muchos han querido ver en el 15M y en PODEMOS, esa ruptura. Pero hoy por hoy es imposible luchar con garias contra escopetas de repetición. La política se ha convertido en hooliganismo. Las formaciones políticas mienten, estafan al electorado, crean leyes contra quienes les votan y gobiernan contra sus intereses y sin embargo tienen hordas de feligreses. La política es un tabú. Algo de lo que la mayoría no quiere ni oír hablar desconociendo que casi todo es política. Desde solicitar la jornada de verano en tu empresa, hasta poner una reclamación porque la Sanidad no funciona. Muchos, son especialmente ingenuos creyendo que cualquier cambio de caras es síntoma de un giro hacia lo social. Y no se dan cuenta de que como decía Diógenes, “el movimiento se demuestra andando” y que por mucho de nos empeñemos en decir que somos una gallina, si al final actuamos como perros, acabaremos ladrando. Podrán repetir hasta la saciedad “somos izquierda” pero si se empeñan en votar en contra de acabar con las listas cerradas, si votan a favor del CETA, del TISA, del TTIP, si se abstienen en las mociones de censura contra la corrupción a pesar de que, incluso votando a favor, no saldrían adelante, si votan a favor de rescatar bancos antes que rescatar personas (el famoso 135 de la Constitución), si votan casi siempre con la derecha, si se niegan a ser lo que sus jóvenes proponen e incluso si son partidarios de impedir la democracia con el ejército podrán decir que son los hijos de Marx, pero sólo son cainitas seguidores de este hijoputismo que nos ha traído a esta nueva Edad Media.
Si en estos tiempos han conseguido que vuelva el heliocentrismo, si han conseguido vender pastillas de azúcar como medicamentos a precios astronómicos, si desconfían de la ciencia y piensan que las vacunas son un peligro, si al cambio climático lo llaman olas de calor o si creen que los que roban y acaban con los servicios públicos son mejores gestores, es normal que crean que quiénes votan casi siempre contra los intereses de la sociedad, son socialistas.
Me voy al monte.
Salud, república y más escuelas.

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Sociedad Fallida

La Ranita engreída

En la charca, la rana Lita tiene todo lo que un batracio puede desear. Hay cientos de jugosos y ricos mosquitos con los que alimentarse. Hay agua transparente que cubre cantos y alimenta juncos en los que esconderse y riega el fango en el que poner huevos. Hay sol, mucho sol. Y un pequeño reguero que discurre a través de la llanura, que alimenta la charca y renueva el agua. La rana Lita es muy engreída e independiente y no admite a nadie más en sus dominios. No le importan los demás anfibios. Ella es feliz allí entre el fango y los cínifes.
La llanura es un lugar hostil. Todo es aridez, desde la hierba seca del chortal a la falta de moscas que sobrevuelen la zona. Un único regato apenas lleva un hilo de agua a la acequia. En su recorrido, unos pocos juncos pueden dar cobijo a unas cuantas ranas y sapos que comparten los escasos mosquitos que sobrevuelan el reguero. No pueden ni acercarse a la poza porque la rana Lita se ha hecho rodear de unos cuantos sapos purulentos que contagian y revientan a todo aquel que ose introducirse en el charco.
Las ranas, andan preocupadas estos días porque, además de que hace tiempo que no llueve, una manada de conejos está acercándose en demasía al arroyuelo, horadando la campiña con consistencia y desafuero.
Han intentado convencer a la rana Lita para que les ayude a espantar a los roedores con sus sapos purulentos, pero Lita no les ha dejado ni explicarse. Ella dice que no es su problema. Tiene una buena vida allí en su cacho de fango, con su agua limpia, sus mosquitos, sus juncos y sus sapos que, acomodados en su papel de blasonadores, comen todo aquello que desean y no tienen que esforzarse en nada más.
Muchas de las ranas del chortal desecado, lo están pasando mal. Escasea la comida y apenas hay agua con el que mantener la piel hidratada. Alguna ya ha fallecido víctima del sol justiciero y la aridez. Pero Lita insiste en que eso no va con ella. Ella tiene lo suficiente para ser feliz y no quiere complicarse la vida con los problemas de los demás.
Hoy, hay nubes negras en el horizonte. Cientos de señales luminosas adelantan la tormenta en la campiña. Los truenos cambian de chicharrera a estruendo la monótona melodía de cigarras y grillos. El viento amenaza con arrancar juncos y mueve la arena seca. Una gran gota de agua, moja la hierba mustia. Luego otra, y otra. Llueve intensamente. Las ranas están de enhorabuena. Por fin agua que regará juncos y alimentará los huevos de los mosquitos ocultos entre el barro seco. En diez minutos, el reguero ha rebosado. El agua circula entre la agrietada arcilla y los pompones de raíces de junco. Ahora, orada la arena y comunica el antiguo cauce con una de las madrigueras de los conejos. Dos minutos más tarde, el sol remplaza a las nubes y los grillos y cigarras vuelven a tocar su hastiada sintonía de una tarde de calor.

Un runrún recorre el chortal. La tormenta ha desviado el cauce del regato. Ya no alimenta la charca. Ahora el agua discurre por uno de los túneles horadados por los conejos, desapareciendo bajo tierra. La charca dónde vive Lita, se ha vaciado. El agua ha rebosado, y se ha llevado por delante el dique. Ya no hay charco. Además tampoco tiene suministro. Hogaño, el agua discurre por debajo del chortal. Lita, ha reunido a la comunidad de ranas. Pesarosa, constrictiva y con amargura, ahora dice que hay que expulsar a los conejos de la zona. Y que necesita ayuda de los demás batracios.

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Sociedad Fallida

Hace muchos, muchos años que no entiendo eso del nacionalismo. Cuando era muy joven, convencido de que Castilla no tenía nada que ver con el antiguo reino de León, un amigo bastante más viajado y experimentado me hizo la siguiente pregunta. ¿En qué se diferencia un tío de la comarca zamorana de Tierra de Pan, de otro que viva en la comarca burgalesa del Arlanza? La respuesta es que ambos se parecen bastante más de lo que se diferencian.
Con los años, he llegado a la conclusión de que el sentimiento de nación es como el de la religión, un sentimiento egocéntrico y primitivo. Durante decenas de años se ha utilizado como pegamento de una amalgama de intereses comunes. Que se lo digan a los habitantes de Alsacia o Lorena que han sido alemanes o franceses dependiendo de quién ganara o perdiera una guerra. Hoy por hoy, el nacionalismo, aquí en España, sirve como embudo que abre tragaderas y como agente evasor y difusor de problemas y recortes.
España, hoy por hoy es un estado fallido. Tenemos un desgobierno perteneciente a un partido implicado en cientos de casos de corrupción, y acusado de formar una banda asociada para la corrupción. El mismo Presidente del Gobierno, debe pasar por el juzgado, en un hecho sin precedentes. Su partido, ha jugado con ventaja empleando cientos de miles de euros irregulares en campañas electorales, lo que les ha llevado a ganar con trampas. Además han creado una red clientelar de medios de incomunicación (#Vertimedios) que difunden la posverdad, que engañan al ciudadano con opiniones camufladas como noticias, censurando lo que no es conveniente y aumentando e incidiendo en aquello que incidirá a su favor en los votantes. Un estado fallido dónde se nombra fiscal anticorrupción a un tipo que tiene una sociedad of-shore en Panamá (uno de los delitos a perseguir). Un estado en el que, el fiscal General del estado, es acusado por la UPF y la APIF de partidista y dónde tanto el Ministro de Justicia como el propio Fiscal General del Estado, han sido reprobados por el Congreso de los Diputados. Dónde la separación de poderes es una quimera, porque todo es un totum revolutum en el que hasta el Presidente del CGPJ y del TC tiene o ha tenido carnet del partido acusado de banda corrupta. Un estado en el que Jueces que han sido apartados de resolver en casos por tener contrastada “simpatía” hacia el partido de la corrupción, son nombrados para ocupar presidencias de salas como la de lo Penal en la Audiencia Nacional en la que se deberán ver los más “importantes” procedimientos contra la corrupción o contra delitos económicos en los que los de la gaviota son también expertos.
España es un estado fallido. Los trabajadores de la multinacional americana en Fuenlabrada, habiendo ganado una sentencia que declara el ERE nulo y la readmisión de todos sus trabajadores en las mismas condiciones laborales anteriores al despido declarado nulo, siguen a la espera de la ejecución de esa sentencia, sin que ninguno de los poderes del estado haga nada en consonancia.
España es un estado fallido en el que, a pesar de que, cinco años después, el Tribunal Constitucional haya declarado nula una de las mayores amnistías de impuestos llevadas a cabo por el gobierno de la Gürtel, y Lezo, todos aquellos que, a través de la legalización de la evasión, lograron repatriar cuantiosos capitales ahorrándose cientos de millones de euros en impuestos, no tendrán que pasar por caja y no serán juzgados por los delitos de evasión fiscal.

En este este panorama, sobrevive el español que se cree clase media, que se autoconvence metiendo la cabeza en el fútbol, tomándose un par de cañas en la terraza del bar de la esquina, de estar a salvo. Porque necesita creer. Necesita convencerse de que España es una gran nación y de que las decisiones las toman los ciudadanos con sus votos cuando toca. No saben nada, porque no quieren saber de Blackrock. Ese fondo de inversiones que sería la cuarta potencia del mundo si fuera un país, que controla 21 de las 35 compañías del Ibex a través de sus 18.500 millones de euros en participaciones. Que por supuesto presiona, maneja y manipula las políticas económicas de los gobiernos para ganar más. Ajustes y más ajustes son el resumen de sus recomendaciones. No saben nada del TTIP, del CETA, ni del TISA. Autoconvencidos como están de creerse a salvo. Ignoran que con la firma del CETA entre Canadá y la UE, los países de la Unión ceden su soberanía a las multinacionales, porque ya no se atendrán a la justicia de cada país sino a unos tribunales creados por ellos (por supuesto según sus intereses). Ya no tendrán que atenerse a la legislación laboral de cada país ni someterse a los controles de seguridad alimentaria y a favor de los consumidores. En definitiva, se pasarán por el arco de triunfo la soberanía nacional.

Ellos siguen creyendo que España es un gran país. La envida del mundo como decía el asqueroso sátrapa de Ferrol, ídolo de los gavioteros vestidos de charranes. Siguen creyendo que Amancio Ortega es un gran mecenas que regala 320 millones de Euros porque sí, porque es un español de bien. Y no quieren saber que si pagara el mismo porcentaje de impuestos que pago yo, debería triplicar esa cantidad en el pago de impuestos. No quieren saber nada de que los 320 millones son un regalo envenenado porque este desgobierno está desahuciando a la sanidad pública y esos equipos no tendrán especialistas que los manejen. Es decir, esa donación realmente no le sirve de nada a la sanidad pública porque no habrá medios, ni materiales ni humanos, para poder hacer uso de esa maquinaria donada.

Siempre ha habido quién, incluso en las situaciones más denigrantes de la humanidad, aplaudía aduciendo medias verdades, falsedades y maniqueísmo. Y en esta nueva Edad Media en la que los señores ya no son feudales, sino globales, los hay que creen estar exentos de sus maquinaciones porque pueden salir un par de viernes al mes a cenar en un chino o con sus retoños al Burger King, ver un partido de fútbol de la Champions in situ, o cambiar de coche cada 15 años, endeudándose durante otros cinco. Se creen a salvo de una lluvia torrencial que desvíe el curso de su sustento. Entonces y sólo entonces, cuando ya no están a salvo, se creen con el derecho de decirnos a los demás que la vida es injusta y que necesitan nuestro apoyo.

Salud, república y más escuelas.

Vidas Ajenas

Yo por el jurgol, matooo!

– sschuuuuu…. ¡Cuidado dónde pisas!
– Joer! Es que no veo nada…

Ocho y cuarto de la tarde. Los bares empiezan a llenarse. Por las calles, cientos de personas circulan con camisetas de su equipo. Hace calor y no hay bufandas. Algunos se envuelven con la bandera. Todos han quedado con gente igual que ellos. Gente para las que el fútbol es una vida.
Todo está preparado. Las cámaras llenas de cerveza fría. Tapas y bocadillos en sus puestos. Pizzeros, repartidores de hamburguesas y comida rápida posicionan sus ciclomotores. En una hora, empezarán las primeras llamadas. Un cuarto de hora después, con el final de la primera parte, se colapsarán los teléfonos, los hornos no darán abasto y no habrá motos suficientes para llevar los pedidos. La Feria del libro, repleta hasta ahora de gente, empieza a perder miembros en una sangría lenta pero infinita. Las calles, pierden tráfico rodado. La ciudad gana en quietud, de momento. ¡Sólo algunos despistados antisociales hacen vida normal y no se han enterado de que hay futbol!

Han llegado al CPD. Sayf y Karlos preparan los explosivos. En un rato, todo aquello saltará or los aires.

Nueve menos cuarto de la noche. Todo está preparado. Los dos equipos han saltado al campo. La tensión envuelve las aceras frente a los bares que han sacado sus pantallas de televisión a la calle. Desde el televisor, un afamado periodista, comienza la retransmisión. “Señoras y señores, esto está que arde. Sesenta y seis mil gargantas llenan este estadio Nacionaal. El arbitro pita. Arraaanca la final de la ...” pufff. La tele se ha vuelto a negro. El del bar, desesperado, revisa cables y conexiones. Uno que viene de otro establecimiento cercano corriendo, le dice que allí también se ha ido la imagen. Las terrazas de las casas comienzan a mostrar gente cabreada. Los que estaban en los bares empiezan a impacientarse. Los que llevan auriculares y escuchan la radio, se muerden las uñas. Alguien dice que ha habido una explosión en Antena 3 y no podrán ver el partido. El canal 3 y el seis no emite. Todo está negro. Las calles comienzan a caldearse. Algunos, nerviosos, insultan a los que pasan por allí, con su vida normal y sonríen. Un vaso vuela. Una silla emprende viaje de vuelta por los aires. Otra le acompaña en dirección contraria. Puñetazos. Gritos. Comienzan a verse palos, que nadie sabe de dónde han salido. Una gran batalla campal se extiende por toda la ciudad. Las vitrinas de los escaparates, comienzan a crujir. Algunas bombas incendiarias y cócteles molotov arrastran las llamas a locales y aceras. La policía no puede intervenir en todos los conflictos.

Amanece en una ciudad desolada y desconocida. Cientos de cadáveres siembran aceras y parques.
A media mañana, ISIS reivindica un atentado en el CPD de Antena 3.

 

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Vidas ajenas

Comentaba el sábado tarde en la Feria del Libro, Lorenzo Silva que el hecho de que en la tele le dieran mucho mayor importancia al fútbol que a la feria, nos dice todo sobre el tipo de país en el que vivimos. También se quejaba (con razón) de que, en el telediario, sólo dos minutos sean para la Feria y que, en ese tiempo, pongan trozos inconexos de declaraciones de ocho autores, mientras que para estupideces sin fondo ni interés y vaguedades de un tocapelotas, le dedican tres o cuatro minutos completos.

Una noche antes, en una conversación distendida y muy interesante con un periodista destacado de la SER, nos confesaba que el despido de Genma Nierga será por razones de audiencia. Parece que desde los grandes despachos de PRISA, se han dado cuenta de una bajada generalizada de los oyentes.
El mundo que conocemos se desmorona poco a poco y tanto por un lado, como por otro, andamos como zombis sin saber muy bien a qué atenernos.
La manipulación mediática de los medios de incomunicación, es una constante que acabará matándolos. Cada vez hay más gente que ve la realidad de otra forma, sobre todo, porque cada vez hay más personas que lo pasan mal y que sufren esta enfermedad llamada hijoputismo liberal. Una enfermedad que, como decía el otro día Miguel Angel Bustamante en un acertado artículo en Publico , se puede reducir al siguiente lema: “Nos pagan en pesetas y nos cobran en euros”.
Aun así, aun queda mucho insolidario, mucho individualista y muchos que siguen pensando que a ellos, nunca les va a tocar la miseria y que no es comprensible que molestemos su quehacer diario con banalidades como huelgas, protestas o reclamaciones. Porque, para muchos, esas siguen siendo cosas de inadaptados, de cascarrabias o de antisistemas greñudos y sucios. Como vimos en el vídeo de 13TV, cuando el atentado en Mánchester, para esta gente, el fútbol es lo importante y el Real Madrid, más.
Hace unos pocos días, una huelga de limpieza en el Aeropuerto de Ibiza, llenaba de imágenes de suciedad, amontonamientos de basura y papeleras inmundas, los telediarios. La noticia no era que la empresa les debía varias nóminas a los trabajadores, y la paga de NAVIDAD. No. La noticia era que la huelga de unos irresponsables estaba causando graves perjuicios a la imagen turística de Ibiza.
Con el conflicto del personal que recoge los residuos sólidos urbanos en Madrid, (los basureros de toda la vida), y con los conductores de Metro, más de lo mismo. Ambos colectivos han convocado huelga para las fechas en las que debe celebrarse el Word Pride Madrid (conocida como fiesta del Orgullo Gay). Bien, la noticia no son las malas condiciones de trabajo de los basureros, a quiénes la empresa concesionaria paga hasta tres tipos de salario distintos por el mismo trabajo según pertenezcan a un convenio, a otro o no pertenezca. Ni tampoco se centraban en que los maquinistas del Metro quieren que se les reconozca su categoría profesional para poder acreditar enfermedades propias de su puesto ante la Seguridad Social. En ambos casos, las noticias hacían hincapié en la maldad de unos colectivos que ponen en peligro la imagen de Madrid y sobre todo, los sustanciosos beneficios que este colectivo genera durante esos días.
Con el colectivo taxista y sus recientes protestas, más de los mismo. Se incide en su incomprensible cabreo porque tonto Uber como Cabify les hacen la competencia. E ignoran, a conciencia, que esa competencia es desleal porque ambas plataformas (al igual que las grandes compañías de taxis) establecen condiciones laborales próximas al servilismo (los conductores deben hacer 15 horas diarias para poder llevarse 700 euros al mes), además de tener residencia en paraísos fiscales, y ser un peligro para el tráfico rodado y viandantes.
Este hijoputismo liberal ha conseguido acabar con la conciencia social. Con la necesidad de la lucha como forma de conseguir mejoras. Es verdad que los sindicatos mayoritarios (CCOO y UGT) son también culpables por integrar sus enormes maquinarias burocráticas en el sistema y tener que alimentarlas a base de subvenciones del estado y fondos de formación ante la falta de afiliados y un egoísmo sin escrúpulos de sus dirigentes. Pero somos los ciudadanos de a pie los que hemos permitido, con nuestra comodidad y nuestro afán de no perder aquello que nunca hemos llegado a tener, los que hemos dejado que hayan ido decayendo nuestros derechos por nuestra pereza y nuestra inconsciencia en la falta de reclamaciones, protestas y salvaguarda de nuestros derechos. Hoy vemos como para muchos, las huelgas sólo son esas medidas que toman los inconscientes para perjudicar a los ciudadanos. Pocos somos los que defendemos a cualquier colectivo en lucha porque su lucha, es la garantía de nuestra lucha. Si no nos apoyamos, pasa lo que estamos sufriendo. Salarios de limosna, horarios esclavos, derechos laborales inexistentes, miseria, paro, sufrimiento, sentencias incumplidas como en Fuenlabrada, …
Hace unos días tuve que realizar unas encuestas por la calle sobre la sanidad en Madrid. La mayor parte de los entrevistados desconocen las condiciones laborales del personal sanitario. Aún así, indicaban que eran buenas, que el presupuesto para los hospitales públicos es suficiente, que sus instalaciones son inmejorables y que les parece bien que se deriven pacientes a la privada.
Si los hospitales se caen a cachos (el sábado veíamos, además, como corría el agua escaleras abajo en el Hospital Virgen de la Salud de Toledo ), si el personal de sanidad dice que están saturados y que sus contratos son renovados cada tres meses, si las listas de espera se hacen desesperantes es evidente que alguien no se entera de lo que está pasando.
Y aquí, con estos #Vertimedios es imposible que nadie se entere de nada. Claro que también es mucho más cómodo esconder la cabeza bajo tierra, como el avestruz, esperando que pase el chaparrón.
Como decía Lorenzo Silva, está claro en que país vivimos y cuáles son nuestras prioridades. Que ricos, pobres, pedigüeños, medias clases, clases altas, ninis, parados, trabajadores, estudiantes, amas de casa, señores y sirvientes, paralicen el país por un partido de fútbol, que los deportes del telediario duren tanto como el propio noticiario, que los programas de mayor audiencia sean aquellos en los que se cuentan sucesos y vidas ajenas, dice mucho de esta sociedad yonki del morbo y del voyerismo. Dónde lo único que importa es el júrgol o la vida de los famosos, porque pensando en ellos, olvidamos nuestra miseria.

Salud, república y más escuelas.

Señores de la Guerra

Al•lahu-àkbar

Nervioso, Taleb mira de reojo a ambos lados. Acaba de entrar en el estadio. Fuera hace un frío del carajo. El invierno es un aliado, le dijeron sus instructores. Todo el mundo viste con mucha ropa de abrigo y es difícil cachear exhaustivamente a todos los aficionados. Lleva un chaleco con tres placas de Danubit de pegadas a su cuerpo. En el abrigo, dentro del forro, tiene decenas de tuercas cosidas. Pesa bastante pero Taleb es un chicarrón fornido de espaldas anchas y brazos de bombero. Pegado a la manga del abrigo, un detonador que, una vez acomodado en su butaca, asirá con firmeza para apretarlo fuertemente en el momento oportuno y que todo salte por los aires.

Taleb tiene miedo. Mucho miedo. Sabe que va a morir y que su muerte provocará decenas de otras muertes de gentes inocentes. Gentes que sólo han ido a ver un partido de baloncesto y que ya no volverán a sus casas. Jugadores que, sentados en el banquillo, encontrarán también la muerte porque a Taleb le han comprado una entrada de las caras. Sabe que esos inocentes quizá no merezcan morir. El tampoco. Y sin embargo está ahí, con casi medio kilo de explosivo plástico asido al cuerpo.
Taleb ya se ha acomodado en su butaca. Espera el momento idóneo. Su compañero Rashid le dará la orden desde el otro lado de la cancha. Cuando se levante y se haya introducido en el vomitorio, es cuando Taleb debe apretar el botón.

Ahora, mientras espera el momento, hace repaso. Todo empezó aquel año en el que, sentado en su pupitre, se entretenía en pintarrajear su cuaderno, mientras algunos de sus treinta y nueve compañeros de clase atendían las explicaciones del Chepa que había dejado la pizarra como un cuadro de Miró (un totum revolutum sólo para expertos).
A Taleb siempre se le habían dado bien las matemáticas, pero tuvo mala suerte. Un profesor que no sabía explicar, muchos alumnos en clase, ninguna atención personal,… Taleb, siempre había sido un buen estudiante. Notas no excesivamente brillantes pero suficientes. Aquel año, sin embargo, sus notas se desplomaron. Pasó de divertirse en clase a que nada le interesara. A sus problemas con un trío de profesores mediocres que no sabían explicar, se añadieron otros. Sus padres fueron muy duros a la hora de aceptar que no era fácil estudiar algo en lo que no se cree, sin ayuda y sin sentimiento de futuro. En el instituto, cuando pidió ayuda, se limitaron a decirle que quizá se había equivocado de formación y que lo mejor era que se fuera a otro centro a emprender otro tipo de estudios. Estudios que por otra parte no existían, porque los recortes en la enseñanza pública hacían que los centros de Formación Profesional cada día tuvieran menos ofertas.
Su padre, un Kurdo de nacionalidad iraquí, y su madre Siria, tuvieron que salir huyendo de Irak. Hasta ese momento, Taleb siempre había ido casi obligado a la mezquita. Aquel curso, sin embargo, comenzó a ir con asiduidad. Su padre, nada partidario del fanatismo religioso, entre otras cosas porque tuvo que salir por patas de Irak a consecuencia de los fanáticos, no vio con preocupación esta relación tan repentina de su hijo con el Imán. Debió pensar que quizá le ayudara a centrarse en los estudios y a salir adelante.

Más tarde, problemas de mayor enjundia le sacaron de la mezquita y le llevaron, a través de internet, a contactar con otras personas con sus mismas preocupaciones. Allí encontró a otros que, como él, eran europeos, hijos de emigrantes integrados cuya vida estaba totalmente encarrilada. Las de sus padres sí, pero las de ellos, no. Ellos eran marginados. Parados sin futuro que veían como se les dejaba de lado. Por una parte, sus vecinos musulmanes les consideraban europeos. Por otra parte, sus compañeros y vecinos blancos, les consideraban escoria emigrante. Delincuentes en potencia. Inadaptados que estaban allí quitándoles el pan y un trabajo, que en ambos casos no tenían, a los nacionales. Como si ellos no lo fueran. ¡Ellos habían nacido allí y tenían los mismos derechos! Poco a poco, desplante a desplante, entrevista a entrevista para encontrar trabajo, su ira iba llenando un saco que acabaría explosionando.

Rashid, se levantó y se dirigió al vomitorio. Todo se volvió negro.

 

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Señores de la Guerra

Ya estamos acostumbrados a que, para la #Prensatroll o #Vertimedios, las víctimas del terrorismo son más víctimas si se producen en Mánchester, París o Bruselas que si los muertos son sirios de Homs, o somalíes de Mogadiscio. Estamos acostumbrados también a esta gran mentira de la guerra a ISIS que es, en realidad, un gran negocio de venta de armas al que se le adjetiva con ideales como libertad y democracia.
El mundo es un gran avispero creado por los señores de la guerra para engrandecer sus negocios (armas, drogas, petróleo, esclavos, tráfico de órganos,…). Un gran avispero que nos están vendiendo como una lucha fratricida contra la sinrazón religiosa y por la libertad. Y no. Irak, Siria o Libia no tenían problemas de extremistas religiosos hasta que los americanos, que como el Rey Midas todo lo que tocan lo convierten en oro (para ellos, claro), iniciaron el avispero. Los gobiernos occidentales, encabezados por el gran matón de este patio que es la globalización, se empeñan en crear guerra, que dicen va contra ISIS, dejando a su paso muerte, miseria, destrucción y cientos de miles de refugiados.
Mientras, en el primer mundo, además, insisten en una guerra social y económica (austericidio) que está dejando de lado a una gran parte de la sociedad. Una guerra que sostienen con otra gran mentira: el liberalismo y la constricción como medio de mejorar la economía.
Sucede que quién más sufre estas medidas del hijoputismo liberal son los pobres. Y entre éstos, los inmigrantes son los peor parados. La falta de trabajo, su exclusión social y su sentimiento de no pertenencia plena a ningún grupo, crea en ellos un sentimiento de rechazo que acaba llevándolos a la hartura y a la violencia como método de solución.
Destruir países, crear millones de desplazados, bombardear en nombre de la libertad o como “venganza” de otro atentado, no sólo NO soluciona el problema sino que lo agrava.
El otro día, en Arabia Saudí, al rudo, antipático, zote y maquiavélico pocero de Nueva York, se le llenaba la boca de lucha antiterrorista contra ISIS. Allí, justamente en ese país que nunca ha salido del medievo, allí dónde si una mujer se empeña en contradecir a los hombres, acaba despareciendo (http://www.playgroundmag.net/food/pasado-primer-restaurante-Arabia-Saudi_0_1979202080.html) dónde las mujeres tienen menos derechos que un camello, dónde pakistaníes, indios y bangladesíes viven en régimen de esclavitud o de dónde sale la mayor parte de financiación de los extremistas que dicen ser practicantes del Islam. Allí, el Pocero de Nueva York, el quincallero de las urnas, hablaba de libertad y democracia.
Vivimos en un mundo sin sentido. En España no hay dinero para una sanidad pública en proceso de muerte por inanición, con hospitales que se caen a cachos (La Princesa, el Ramón y Cajal, La Paz o el Gregorio Marañón son claros ejemplos de ello ) pero el presidente de la corrupción, las trampas, los recortes, la pobreza, el asalto judicial, la ley mordaza y el desgobierno, está dispuesto a aumentar el gasto militar hasta el 2% del PIB (unos 23.980 millones de euros). Recursos hurtados a los servicios públicos y que acabarán en manos de los señores de la guerra. No hay recursos para una educación pública masificada y privatizada pero si podemos aumentar el presupuesto del día de las fuerzas armadas en un 157% (desde los 136.000 a los 350.000 euros gastados en apenas dos horas).

Están convirtiendo el mundo en un lugar peligroso y educando a la sociedad en el miedo perpetuo. Es la forma que tienen de encauzar la disidencia. El miedo atenaza. El miedo impide reaccionar. El miedo es el lubricante del servilismo y de la apatía.
No podemos aguantar así mucho tiempo. Echar no sólo de las instituciones, sino del circuito humano a estos indeseables, es indispensable. De no hacerlo pronto, quizá dentro de poco no habrá mundo al que regresar.

Salud, república y más escuelas.

Catetos

El Apolítico

Lunes por la mañana. Amalio se ha levantado contento. Siempre está contento cuando gana su equipo. Hoy además, hay algo especial.
Se ha pasado todo el fin de semana tirado en el sofá. Salvo el ratito del sábado por la tarde, después de comer, en el que Filomena hizo que la acompañara al Carrefour para hacer la compra. Y fue a regañadientes. ¡Se estaba perdiendo el partido de Nadal! Y todo por ir al puñetero Carrefour. ¡Allí sólo hay Marías y  calzonazos!, le dijo a Filomena. De regreso, mientras ella guardaba la compra en el frigorífico y los armarios, Amalio se puso un cubata de güisqui con cola (él es solidario con los trabajadores de Fuenlabrada, pero no va a renunciar a un cubata por ellos), se repantigó en su sofá y a ver el partido de fútbol que juega el Madrid. Después del Madrid, Filomena le llevó al sofá un bocadillo de chorizo, otro cubata y se pasó a Teledeporte que estaban echando balonmano. Jugaba el Kristianstad de Suecia, contra el Flensburg-H de Alemania. Ella se fue al dormitorio a ver Sálvame Deluxe. El domingo por la mañana, la Fórmula 1 y por la tarde más fútbol que para eso tiene pirateado el Plus.
Amalio se siente apolítico. Aunque siempre votó a Felipe González, luego, cuando lo de la corrupción, los GAL, y eso, le dio por votar a los de Anguita, aunque aquello de la pinza con Aznar de la que tanto se hablaba en la tele, le llevó de nuevo al PSOE de Zapatero. Ahora no sabe qué hacer, ¡iba votar a Susana, una tía con dos cojones! Si le preguntan por la corrupción, les dirá que todos los políticos son unos sinvergüenzas que van a lo suyo que no es otra cosa que robarnos. No hace distinción. Salvo cuando su compañero se mete con el Madrid y con Florentino. Entonces opina que no es importante que Florentino se haya llevado más de cuatro mil millones entre el Castor, Escombreras, Pertús, las Autopistas de peaje,… La corrupción está en otra parte, dice. Y quién denuncie a Florentino es porque es antimadridista.
Amalio y Filomena, viven en un barrio humilde del extrarradio de Madrid. Él, trabaja en una multinacional de fosfatos desde hace más de veinte años y tiene un sueldo de los de antes de la crisis. Ella, a sus cincuenta y siete años, está en el paro y cobra una ayuda familiar de 400 euros que consiguió al cumplir los cincuenta y cinco. Tienen dos hijos. Un varón con veintisiete años que vive en casa, que dejó los estudios al cumplir los dieciocho y se fue a trabajar a la construcción y se casó y seis años después, tuvo que volver a al hogar paterno, divorciado, apenado y arruinado psicológicamente. Elvira, la hija de Amalio y Filomena es médico, vive con su marido y sus hijos y trabaja en el Hospital de Móstoles. Tiene, según ella, un contrato estable aunque en realidad cada tres meses se lo van renovando. La despiden en Julio y la vuelven a contratar en Septiembre. Pero está contenta.
A Amalio, no le gusta que le hablen de política. No lee periódicos, salvo el As, se informa a través de los telediarios de la tele (le gusta el de Telecinco porque da muchos sucesos). Cree que la corrupción nos trae fritos y si le preguntas, te dirá que él lo arreglaba en un pispás. Cadena perpetua y quitarles todo lo que han robado. A los estibadores, ni mentarlos. ¡Menuda jeta tienen! Cobran seis mil euros, entran por enchufe, son unos macarras y encima están arruinando España con las multas que nos mete Europa por su culpa. ¡A la puta calle todos!, y se acababa el problema. De los inmigrantes, mejor no mencionar nada en su presencia. Son todos unos maleantes que vienen a España a robar y a vivir de los subsidios. Él los metía a todos en un barco y los dejaba en alta mar. Quien quiera venir, con contrato de trabajo y con el compromiso de asumir nuestra cultura. Nada de Mezquitas. ¡Y de hacer reuniones en el parque para comer y emborracharse, como los panchitos, ni de coña! Y hablar en su idioma por la calle, como los rumanos, ¡Vamos por Dios! ¡Estamos en España! Y aquí se habla español. Los funcionarios son todos unos vagos que se dedican a sus cosas y a hacer la compra en horario laboral. Las feministas, unas zorras mal folladas, aunque,  no le extraña, ¡con lo feas que son!
Hoy, lunes por la mañana, Amalio está contento. Va a recibir la “Medalla de Oro al mérito Civil” por su comportamiento heroico. Salvó a un niño de ser atropellado cuando a su madre se le había ido rodando el cochecito calle abajo. Claro que Amalio no sabía que el niño del coche era rumano.

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Agamenón

Catetos

Las sociedades son el fruto de una idiosincrasia amalgamada por las tradiciones, la historia y el temperamento. La sociedad española es fruto, no solo de los cuarenta años de miedo, obstinación,  catolicismo radical, enaltecimiento nacionalista y represión franquista, sino también de una historia anterior de aborregamiento general (España siempre ha presumido de la ignorancia) y una guerra continua con el distinto (judíos, “moros” y herejes fueron, aniquilados y expulsados, combatidos y vencidos, y quemados en la hoguera) y de unos reyes y nobles empeñados en arruinarnos económicamente, que repudiaban el trabajo por ser símbolo de pobreza, plebe y sumisión.
Siempre se ha dicho que la envidia es el pecado nacional de este país. Aquí, tras el golpe de estado del 36, muchos españoles fueron fusilados, no por pensar de manera distinta, sino por las denuncias de sus vecinos que vieron la ocasión ideal para librarse de ellos. Con esas raíces y esos mimbres hemos construido una sociedad de catetos mal educados, envidiosos, anodinos e irreverentes en la que, como dice el refrán, cualquier tonto hace relojes. El más listo no es el que más sabe, el más educado o el más inteligente, sino el tipejo listillo que se salta una cola, el que aparca en una plaza de minusválidos, el que se salta el atasco circulando a toda leche por el arcén o cambiando constantemente de carril, el que presume de engañar al fisco o el que se lleva las flores o los plantones de un parque público. Aquí todo el mundo tiene derechos y los deberes son de los demás. Somos insolidarios, hipócritas, envidiosos y chovinistas. Si alguien nos llama la atención a las dos de la mañana por estar gritando en una terraza le decimos: “¡Que se joda!”. Si nuestro vecino gana más que nosotros, no reclamamos que nos suban el sueldo, sino que se lo bajen a él. Lo que no deseamos para nosotros lo queremos para el vecino.
No es extraño pues que, las lobotomías televisivas sean los programas estrella de la TV. Allí , en los “Espejo Público”, “El Hormiguero” “Sálvame”, “La Sexta Noche” o “AR” toreros, cantamañanas, indeseables, mentirosos y otras faunas de analfabetos,  famosos por faltar a la verdad, por haberse acostado con alguien o haber participado en GH, arreglan el mundo sin cerveza ni cacahuetes, pero del mismo modo que se arreglaban hace algunos años en las tascas de los barrios. Aquello de “muera la inteligencia” del zoquete Millán Astray, sigue más vigente que nunca.
Así no es extraño que en el programa de la Díaz, se defina la cultura como el chiringuito, las playas y los camareros. No es extraño que alguien que no ha trabajado nunca, que siempre ha vivido del partido, que desconoce el mundo real de las 3.000 viviendas y que cree que Triana, la Feria de Abril y el Rocío son los mundos de la mayoría, nos recrimine que dejáramos de votar al PSOE por una pataleta. Que no sepa que casi 1/3 de los españoles están en el umbral de la pobreza, que los trabajos han dejado de ser el sustento de muchos y que los derechos son cosa del pasado. Para ella nos hemos cabreado porque en lugar de dos cervezas, sólo nos podemos tomar una, o porque nuestros hijos tengan que pagar un poco más en la universidad. Desconoce que casi la mitad de los españoles no pueden tomarse nunca una cerveza o que hay muchos chavales que han tenido que dejar de estudiar porque no pueden pagar la matrícula. Por eso, en Asturias, donde gobierna el presidente de la Gestora, hacen cosas como esta . Por eso ella proponía colocarles una losa de 24.000 € a cada estudiante. Una deuda que no podrían pagar en su vida y que les mantendría sujetos como una lapa a salarios de miseria y a una vida de pobreza. Esta gente que vive en la inopia, que favorece a eléctricas, bancos y empresarios abusones, que vive y ha vivido de fomentar este hijoputismo que llaman liberalismo sigue ahí no sólo porque controlen medios de comunicación y televisiones a base de publicidad institucional y de la que empresas cómplices contratan. Siguen ahí porque todos estos seres anodinos a los que los demás se la pela, gentes de bien a los que la política les da dolor de cabeza, españoles hasta la médula que creen que lo importante no son las condiciones de trabajo, ni los salarios de miseria, sino que España siga siendo una (grande y libre), trabajadores precarios que se meten el fútbol, el balonmano o la petanca en vena como forma de abstraerse de los problemas, sinvergüenzas a los que la corrupción les trae al pairo porque ellos, si pudieran, harían lo mismo, protestantes de silla y ordenador que creen que la lucha es hacer chascarrillos en Facebook o Twitter y ciudadanos silenciosos que creen que la democracia es ir a votar cada cuatro años, todos ellos, no sólo no mueven un dedo por cambiar las cosas, sino que además creen que los que protestan, manifiestan o luchan en asociaciones y colectivos, sólo son inadaptados gruñones que disfrutan jodiendo la vida a los demás.
Es importante cambiar las cosas. Importante para ello, tener gobernantes decentes, gentes que no vivan de la política y que sean conscientes de la situación de las personas fuera de Triana o del Barrio de Salamanca. Pero es mucho más importante tener una ciudadanía comprometida, educada y consciente de que la democracia no consiste en que nosotros tenemos derechos y los demás deberes. Mientras no haya ciudadanos comprometidos socialmente que sepan que lo que hoy le pasa a tu vecino, puede pasarte a ti mañana, que una mentira no sólo es una mentira sino una pérdida de confianza y que no podemos permitir ni un sólo desliz en aquellos que nos representan, este hijoputismo será nuestra forma de vida y la nueva edad media en la que nos hemos introducido de lleno, será permanente y empeorará nuestras vidas cada día más.
Para ganar, tenemos primero que educar.
Salud, república y más escuelas.

Desvestir Santos

Hartazgo

La madre abadesa, de rodillas, frente al altar, imploraba a San Pancracio. Fuera, una turba rodeaba el convento con antorchas, garias, mangos de azadón, hoces y tentemozos…
Trescientos años antes, el Monasterio de Nuestra señora de las Viñas, era señorío de todos los campos de cultivo, viñas, huertas, monte bajo y páramo situados a menos de cuarenta leguas a su derredor. Durante más de doscientos años, las monjas habían vivido de los frutos que los campesinos estaban obligados a entregar al monasterio como dueño y señor de esos campos. Más tarde, los aldeanos fueron convirtiéndose en hombres libres que se hacían con una pequeña propiedad, que el monasterio les vendía para afrontar reformas, cobrándoles cien maravedíes y el compromiso del pago de un diezmo consistente en seis fanegas de trigo, dos seras de racimos, medio carro de leña y una arroba de paja. Con los años, el compromiso no escrito se convirtió en costumbre alimentada por el fervor religioso de los campesinos.
Con el sobrante del diezmo, las monjas comenzaron a cocinar unas galletas de trigo con pasas que, al principio, guardaban para conmemoraciones especiales y que, gracias al paladar y los consejos de obispos y curas, con el tiempo, empezaron a comercializar con gran éxito, hasta convertirse en uno de esos manjares que trascienden fronteras y que, fruto de una demanda desmesurada y una fabricación limitada, adquieren carácter de lujo.
Con el paso de los años, el monte se convirtió en tierra de labranza. Al ritmo de destrucción de la vegetación, iban decayendo las lluvias. Cada año llovía menos. Las cosechas de cereal iban decreciendo y las cepas secándose. A la vez, los hijos de los hijos de los primeros propietarios de los campos, iban repartiendo la hacienda entre sus descendientes. Con cada generación, era más difícil salir adelante con los frutos del campo. Se fue perdiendo el compromiso de la leña y la paja, pero las seis fanegas de trigo y los dos cuévanos de uvas recién vendimiadas, seguían siendo exigidos cosecha, a cosecha, año a año, por las monjas. Los emolumentos de la venta de las famosas pastas, les daban confort y el placer de dedicarse sólo a la vida contemplativa. Placer al que no querían renunciar teniendo que hacer otras cosas para subsistir.
La ceguera religiosa, las supercherías y maldiciones, fueron durante décadas las mejores aliadas del convento que seguían recibiendo su diezmo mientras los hijos de los campesinos estaban cada vez más desnutridos y enfermos. Con la población cercana sumida en la miseria, a pesar de que algunos decidieron emigrar a otros lugares y otros muchos murieron jóvenes a causa del hambre y la enfermedad, las monjas seguían sin aflojar el pago del diezmo y la situación era cada vez más acuciante.
Así que ahora, Sor Eduvigis reza fervorosamente a San Pancracio, mientras las hermanas corren presurosamente por los pasillos, con las lágrimas corriéndoles por las mejillas y el corazón a punto de estallar, apilando bancos y arcones junto a la puerta mayor, intentando hacer una barricada para que el tumulto no acceda al recinto.
Por la mañana, el enorme penacho que salía del monasterio, podía verse a diez leguas del convento.

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Desvestir santos

Hace unos días, leíamos en el periódico CLM lo siguiente: «El Tajo entra en coma: ya no hay agua para transvasar».
El BOE del 10 de mayo publicaba el trasvase de 7,5 hm3 para abastecimiento desde los embalses Entrepeñas-Buendía a la cuenca del Segura.
Hace unos cuantos años, por motivos de trabajo, tuve ocasión de ir advirtiendo el paulatino cambio que se fue produciendo en Sacedón (Guadalajara). Un pueblo tradicionalmente agrícola al que le expropiaron sus mejores tierras de cultivo (las situadas en la vega del rio) para cubrirlas de agua, y que no tuvo otra opción que reconvertirse al turismo. Con la primera gran sequía de los años noventa, el pantano dejó de nuevo las tierras al descubierto y acabó convirtiendo a este bonito pueblo en un sitio fantasmagórico, con decenas de negocios dedicados al turismo náutico y a la hostelería, quebrados y una población que tuvo que irse en busca otros lugares dónde subsistir.
A esa primera sequía, le han seguido otros tantos periodos de abundancia (los menos) y de necesidad (los más). Aunque la sequía se ha convertido en una enfermedad crónica y endémica que ha acabado definitivamente con la economía de los pueblos aledaños al pantano de Entrepeñas.
No es casualidad que cuando Google Maps realizó su steet wiew de este lugar (Sacedón) esto fuera lo que se ve. Dónde debiera haber agua (por algo le pusieron nombre de Camino de La Playa) sólo se ve páramo y desierto.
Pero la situación de este bonito pueblo de Guadalajara, esconde algo más que una endémica situación de sequía que ha llevado a la miseria a muchas familias. Esta situación viene agravada por este hijoputismo desmesurado de este desgobierno (y otros anteriores) de favorecer a los ricos y empeñarse en privar de lo poco que tienen a los pobres. Mientras Castilla-la Mancha se desangra de agua y población, se favorece a golpe de Orden ministerial, que insiste una y otra vez en convertir al rio Tajo en un lodazal,  que el poco agua existente se vaya, trasvase abajo, hasta Murcia. Allí utilizan ese agua, sobre todo para su uso en la agricultura intensiva, un gran negocio, como también lo sería, con las técnicas actuales, en el Sahara si pudiéramos hacer un trasvase desde el Nilo, el Ródano o el Propio Tajo. El Sureste peninsular se enriquece con la pobreza de los castellanos manchegos, (además de con la explotación de la inmigración).
Tengo la impresión de que este desgobierno prefiere las mayorías absolutas en Murcia, frente a la oposición en Castilla La Mancha.
En realidad esto de los trasvases que dejan los pantanos convertidos en desiertos y barro, para que otros puedan sacar adelante sus intensivas y muy productivas económicamente, producciones de pepinos, tomates, melocotones,… no es sino una simulación de lo que, si esto no cambia y no tienen visos de cambiar, será uno de los mayores problemas de un futuro no muy lejano: la guerra del agua. Despoblar el interior de secano para convertir desiertos en explotaciones agrícolas intensivas, dónde además de agricultura se promociona el turismo de campos de golf y playa, no es sino una afrenta más de este hijoputismo que llaman liberalismo. El interior es pobre y el desierto de cultivos y campos de golf, rico. Se les quita a los pobres para engordar las cuentas corrientes de los poderosos. Es sólo eso.  O es tanto, como eso. Todo ello con la connivencia de un pueblo adormecido y embrutecido que cree firmemente que todo vale si se crean puestos de trabajo, aunque estos puestos sean temporeros, creen conflictos sociales y desigualdad y rebajen la condición de trabajador a la de siervo o esclavo. Cuando un pueblo cree que los ríos no son parte de nuestro entorno y que desecarlos no trae consecuencias negativas para nuestra salud y para el medio ambiente, cuando se criminaliza la inmigración, mientras se abusa de ella para sacar enormes beneficios de la agricultura, cuando en nombre del progreso se destruye el entorno y contribuye al cambio climático, es que hemos llegado a un estado social de podredumbre y de miseria social, en la que revertir la situación, será casi una misión imposible.
Todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Todo por el negocio, aunque los pobres mueran en la miseria. Todo por el hijopustismo en nombre de una solidaridad unidireccional que sólo beneficia al poderoso. Lo llaman solidaridad cuando en realidad es desprecio y abuso. Lo llaman populismo cuando en realidad es fascismo. Lo llaman democracia y no lo es. Esta cleptocracia nos lleva al abismo.

Mal Menor, engaño para tontos

Kamikaze

De pie, como toda la tarde, Luis Carlos limpia la barra con un trapo que, si lo dejara estirado, es muy posible que se tuviera en pie. Acaba de rellenar las neveras, bajo el mostrador, para que mañana haya bebida fresca a primera hora. El bar, vacío, si no fuera por Ramiro, ese vecino pelma que toma Sol y Sombra en vasos de tubo (sin hielo, que lo agua) y que pasa más tiempo sentado en la esquina de la barra, junto a las tragaperras, dando conferencias magistrales a quién quiera escucharle, que en su casa. Luis Carlos espera a que apure el quinto vaso de Terry con Anís del Mono de la tarde-noche, para decirle que ya no hay más, y que se vaya a casa.
Le duelen los pies, está cansado, harto y de mala leche. Hace dos horas que debiera estar con la Jeny, pero allí sigue, al pie del cañón, aguantando teorías baratas y comentarios sin sentido de un tipo que habla con la tele y tiene en el estómago casi tres cuartos de litro de coñac y otro tanto de anís y ni siquiera se tambalea. Hoy, como ayer, y anteayer, y el viernes anterior o casi cualquier fin de semana de los últimos cuatro meses, Luis Carlos le regala a su jefe tres horitas de trabajo por la cara. Y lo que más le jode es que ni siquiera se lo agradece. Tiene un contrato de cuatro horas. Desde las cinco, hasta las nueve de la noche. Cuatrocientos treinta y seis euros de nómina, de los que apenas recibe los cuatrocientos limpios. Ningún día cierra a las nueve. Y los jueves, fines de semana y vísperas de festivo, le dan las doce bajando la persiana metálica. Ni un euro más a final de mes. Ni una palmada. Ni un sólo agradecimiento. Y ni siquiera le piden las cosas por favor. Le dicen, “hoy, hasta que se vaya el último, que hay mucha faena”.
La Jeny le dice que lo deje y se busque otra cosa. Pero es que la Jeny no tiene a su padre en paro, ni a su madre fregando escaleras de siete y media de la mañana a tres de la tarde por trescientos cincuenta euros limpios al mes, ni dos hermanos pequeños que aún van al instituto y que comen como limas. Y además, de los trabajos de camarero que ha tenido, cinco en los últimos cuatro años, este es dónde mejor le tratan. Al menos el jefe no está todo el día encima de él dándole el tostón. Aquí Román le deja hacer y no se mete, mientras los clientes estén servidos y no protesten.
Debería haberse ido con su hermana y su novio a Londres. Pero claro, ellos tienen estudios y medio dominan el Inglés. Él, sin embargo, dejó la escuela con dieciséis años para irse a trabajar de encofrador. No tenía ni idea. Pero en tres meses, estaba cobrando cuatro mil euros. Mala suerte que Zapatero fuera un bobo y dilapidara todo aquel chollo. En año y medio se le acabo el currelo. Luego dos en el paro, hasta que decidió coger el primer trabajo para servir cañas. No es que su hermana y su cuñado trabajen en la City de lo que han estudiado. Pero al menos en el McDonald’s de Londres, les respetan los turnos para que trabajen juntos y les pagan seiscientos euros a cada uno por media jornada de trabajo. Y el horario es el horario, no como aquí que sabes cuando entras pero no cuando sales.
Por fin, Ramiro ha dejado seco el vaso. No ha hecho falta que Luis Carlos le diga que no hay más. Se ha bajado del taburete, ha puesto esas dos columnas jónicas que tiene por piernas encima del terrazo,  y se ha echado a la calle. Ni una sola ese. Ni un solo tambaleo. ¡Joderrr, este tío es una puta esponja! – se dice Luis Carlos-
Ha acabado de recoger el último vaso y está limpiando el rincón del Sol y Sombra, cuando suena el teléfono. Es Román, su Jefe. Mañana hay elecciones, pero Luis Carlos tendrá que ir a votar antes de las cinco, o no irá. Le ha dicho su Jefe que por la tarde hay mucha faena y que no puede dejar el bar ni un minuto. Luis Carlos, se ha rebotado aún más de lo que ya estaba. Y aunque no pensaba ir a votar, (siempre ha pasado de esas memeces. ¡Todos son iguales!), mañana por la mañana, en plan rebeldía, acudirá a votar. Votaré por Partido Popular –piensa en voz alta-. Es el único al que le interesa España y les pone las pilas a esos asquerosos catalanes. Y si echan a los putos moros y a los panchitos de este país, acabará habiendo trabajo para todos y sueldos de verdad. ¡Cómo cuando era encofrador!

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Mal menor, engaño para tontos

Andaban la semana pasada los #Vertimedios, #Prensatrol o prensa del régimen, jurando en hebreo porque Mélenchon no quiso decirle a sus votantes que cedieran el voto al muy derechista Macron, frente a la muy, muy derechista Le Pen. Una fascista declarada, frente a un acólito del hijoputismo disfrazado de centrista.
Algún respetable de la prensa, como Rosa María Artal , decía en su artículo “Fascismo, no, nunca, bajo ninguna excusa” que cuanto mejor, peor,  no es ninguna regla lógica y que no debiéramos olvidar lo que el fascismo le hizo a Europa en la primera mitad del siglo XX. Y que, por tanto, era mejor votar a Macron como mal menor.
Lo que pasa es que estoy un poco harto de los males menores. Esto del «mal menor» se lo llevo oyendo a CCOO en mi empresa desde hace más de veinte años. Ese puñetero «mal menor» nos fue recortando derechos, convenio, tras convenio, hasta llegar a la situación actual en la que si me rompo una pierna y tengo que estar de baja dos semanas, me descuentan 240 euros de mi nómina o que si el médico de empresa, lo cree conveniente, tenga que volver a trabajar, independientemente de lo que diga el especialista o mi médico de familia.
Desde que la Tatcher y el mal actor y peor persona, Reagan, empezaron con esto del hijoputismo, que  han venido suavizando con el nombre de liberalismo, todo ha ido de mal en peor. Y elección, tras elección, hemos venido votando al «mal menor». Los datos hablan solos. En Francia en 1974, los fascistas tenían 190.921 votos. El domingo obtuvieron 11.000.000. En España, en 1979, la CD de Fraga tenía un 6,5% de los votos. En 2016, a la baja y tras la ruptura del bipartidismo, el 33%. Ese «mal menor» ha llevado al peligroso pocero de New York a la Casa Blanca y sacó al RU de la U.E.  Ese «mal menor» nos ha dejado sin fondos de pensiones, sin derechos laborales y sin defensa judicial de los mismos. Ha destruido el empleo estable para crear esclavos que trabajan por una cuarta parte del salario de lo que cobraban antes de aquello que llamaron crisis y que ha sido la mayor estafa de la humanidad. Han desviado los recursos públicos de la sanidad y la educación hacia empresas privadas, muchas de ellas creadas para la ocasión, con los que han llenado sus cuentas corrientes en Suiza o los han desviado a corporaciones Off-Shore en Panamá u otros paraísos fiscales. Son siempre el «mal menor». Y nos amenazan y atemorizan con el caos que traerá si cambiamos el modelo. Es como cuando un cura pederasta te amenaza con el infierno si no te dejas tocar.
El «mal menor»  nos ha traído siervos, como los de cocina que esta semana pasada fueron «trending topic» en las redes sociales porque un cocinero, de esos que ahora se llaman restauradores y tienen estrellas Michelin, y que te ponen una tortilla de patata en migajas en un molde de acero con dos gotas de aceite manchado con perejil y cuatro pétalos de flor, y te cobran 60 €,  haya hecho público que tiene un montón de chavales trabajando por la cara en su restaurante. Para intentar calmar los ánimos, ese gran pozo de sabiduría que, en un concurso de la tele, para dejar mal al concursante, atribuyó la ensalada César al gusto de un emperador romano (cuando hasta el más tonto sabe que la inventó un cocinero italiano afincado en Tijuana), argumentó que los chavales eran becarios y que estaban aprendiendo. (Un becario, no trabaja 12 horas. Un becario aprende, no hace el trabajo de un pinche y hay que pagarle según ley). En tromba salieron otros tantos cantamañanas de la lechuga rizada, a apoyar al explotador y hasta el mismo capo de los tratantes metidos a empresarios, quiso apoyar al cocinero lerdo argumentando que el trabajo fijo es viejuno, obsoleto y prescindible.
Como vemos, ya no se conforman con el despido libre. Ni con tener personas en régimen de caridad y servilismo. Ahora van a por la vuelta a la esclavitud. Dice el capo Rosell, que el trabajo fijo es cosa del siglo XIX. Y los tontos compran. Ahora vamos a descubrir que la esclavitud es la modernidad. Que trabajar de sol a sol por la comida, nunca ha sucedido y es el futuro. Y que el amo y el siervo son cosas de los cuentos.
Si seguimos con los «males menores», no tardaremos mucho trabajar por lo que quieran darnos. Sin condiciones laborales y sin seguro médico, como ya ha tramitado por ley el del pelo ralo en USA, que ha dejado sin cobertura sanitaria (lo que se ahorre, lo dedicará a saldar la rebaja de impuestos a los empresarios) a millones de personas sin recursos y a todos aquellos enfermos crónicos, ya que las aseguradoras podrán rechazarlos o cobrarles primas imposibles de pagar.
Los servicios públicos, la sanidad y la educación son como la pólvora del rey, que la plebe no les da importancia porque piensan que son gratis. Pero son nuestros y los pagamos nosotros. Los «males menores» no dan solución sino que vienen a llenar sus carteras y las de sus amigos y da igual si se es medio facha, facha completo o facha y medio, porque todos provocan muertes. Unos en alambradas y campos de concentración dónde gasean al inconveniente y otros a base de pobreza y de inhumanidad. Las ancianas que han muerto por  un incendio provocado por haberles cortado el suministro eléctrico, los pacientes de Hepatitis C, a los que no les llegó la medicina porque era cara, los enfermos que no llegan a la operación por unas listas de espera imposibles de aguantar con una enfermedad grave, o los 75 seres humanos del Yak-42, no han muerto en campos de concentración nazis, sino a consecuencia de las políticas de latrocinio aplicadas por los «males menores».
Sigamos así, ya les queda poco a los fascistas para ganar, de nuevo, elecciones (como en los años 30 del pasado siglo). Sigamos así y volveremos de nuevo a las cadenas y a la venta de seres humanos. Porque lo moderno, es no pagar a los trabajadores. Lo moderno es malvivir en infraviviendas y aguardar a que un golpe de suerte te convierta en explotador.  Lo moderno, es dejar que los zorros se coman las gallinas para evitar que lo hagan las comadrejas.