Catecismo LATRON

Confianza

Fermín estaba calentando la gloria. Fuera, el Cierzo del mes de mayo, enfriaba las ideas y congestionaba los músculos. Alguna gota, bastante fría, se colaba entre los flácidos rayos del difuminado sol de la primavera castellana. La chisquera chisporroteaba dentro del cañón de la Gloria. La paja le había cedido el turno a una dura champa de raíz de encina. El postigo superior de la puerta de la calle, abierto, dejaba entrar la claridad y el frio.
Fermín oyó el sonido de la aldaba y giró la cabeza mientras de rodillas, en el suelo del portal, atizaba la lumbre.
– Que se te ofrece Segismundo – le dijo Fermín a quien llamaba a la puerta.
– Verá Señor Fermín, usted sabe que somos muchos de familia, que la situación es precaria en casa y que mis hijos tienen hambre. Si me pudiera adelantar unas fanegas de trigo para ir al molino y hacer pan,…
– Ea! Ea! No se hable más. No tienes que explicarme nada. Aguarda un segundo que acabo de echar estos dos troncos de encina al fuego y vamos a la troje.
Segismundo era un tipo peculiar. No era muy querido en el pueblo. No se juntaba con los demás en el corro anterior a la misa ni frecuentaba la cantina. Tenía cinco hijos y poca tierra de labor. De ahí que no quisiera gastar los pocos cuartos que sacaba en vino. Era una persona poco habladora y no le gustaba que le vinieran con chismes. Decía: “yo a lo mío y tu deberías hacer lo mismo”. No participaba en disputas parcelarias, y tomaba siempre partido por aquello que consideraba justo, aunque a quién se lo dijera, no le gustara. Por lo demás era un tipo normal. Usaba boina como los demás. Traje de pana en invierno y pantalón de algodón, chaleco corto y jubón de lino en verano. Y siempre estaba dispuesto a echar una mano a quién se lo pidiera, incluso dejando sus quehaceres para más adelante.
No era la primera vez que Segismundo le pedía ayuda a Fermín. Aquella, la primera, Fermín no las había tenido todas consigo y temió que el grano prestado, no le fuera devuelto. Pero para su tranquilidad, no sólo le devolvió lo prestado, sino que se empeñó en acompañarle al monte a cortar leña. Fermín no quería, pero al final, tuvo que acceder. Segismundo taló y podó como si fuera para él. Así que, cada vez que Segismundo le pedía trigo, Fermín se lo daba con la mayor tranquilidad y pensando que daba igual si se lo devolvía o no, porque Segismundo era un hombre de palabra y de alguna forma pagaría lo prestado. Pero era el único.
A los vecinos, Segismundo, no les gustaba. Un tipo arisco que no entra en discusión y que no te dice lo que quieres oír, no suele agradar al personal.
Antes de ir a casa del señor Fermín a pedir crédito cereal, Segismundo había recorrido medio pueblo. Todos le habían dicho no tener suficiente grano en el silo y por tanto, imposible acceder al préstamo. Sólo uno, Saturio el más rico del pueblo y el que por tanto no podía poner la excusa de la inexistencia de reservas, había accedido al préstamo. Pero había salido mal parado. Segismundo, con el primer beldeo de la nueva cosecha, le había devuelto, en la propia era, las fanegas recibidas. Sin embargo, llegado el mes de octubre, Saturio se presentó en casa del pedigüeño a reclamarle la devolución de lo prestado. Cuando Segismundo le habló de la era y de la devolución, Saturio le sacó la libreta en la que tenía apuntado el préstamo diciéndole que allí figuraba como moroso. Y que si en su libreta figuraba como tal, algo a lo que él había accedido estampando su firma, es que no se lo había devuelto. El pobre Segismundo le imploró por sus hijos. Intentó que entrara en razón. Si le tenía que devolver de nuevo el cereal, pasarían hambre. Le pidió que hiciera memoria, que en agosto, en la era, se lo había devuelto y que el propio Saturio le dijo que no se preocupara, que cuando llegara a casa, rompería la hoja de la libreta. Pero Saturio no sólo no se ablandó sino que con voz tajante le cortó:
– Está bien. Si no puedes devolver el grano, puedes pagarme dándome la escritura de la huerta del diablo.
– Pero Don Saturio – le dijo Segismundo – si hago eso, mis hijos no podrán comer patatas, ni tendremos tomates en verano, ni cebollas para la matanza, ni ajos…
– Pues haberlo pensado antes – contestó Saturio.
Así pues, Segismundo entregó la huerta al rico estafador, para no tener que ir a la justicia. Finalizó más pobre y con la lección aprendida. Jamás volver a pedir al que más tiene.
Saturio, se pasaba el día llamando moroso a Segismundo y regañando a Fermín por prestar a quién no era de fiar.

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Catecismo latrón

Hace unos ocho meses, publiqué en este diario un artículo titulado “una persona normal”. Me equivocaba. No somos personas normales. Aquellos que luchamos contra el cinismo y la hijoputez, somos mejores seres humanos que todos esos que bailan al son que tocan los indecentes rufianes que trasiegan en el Partido Popular.
No somos personas normales, si entendemos como normalidad agachar la cabeza y pasar por alto las hijoputeces de algunos que, relacionados con cientos de casos de corrupción, con muertes por inasistencia o por negación de medicamentos, o por desidia, como en el caso de los asesinatos machistas, encima pretenden darnos lecciones de moralidad, de honradez, de civismo y de ciudadanía.
No somos personas normales y no vamos a aguantar lecciones de democracia, honradez y moralidad de un tipo que dejó Madrid en la quiebra, que regaló al menos 12,7 millones de euros públicos a las constructoras de la M-30. No vamos a aguantar lecciones de libertad y democracia del hijo de un franquista, del yerno de un fascista al que le cantan el Cara al Sol en su funeral, y de un tipo que defiende al angelito ultra responsable de la detención ilegal de un Ministro de Justica venezolano, de la muerte de decenas de personas y de la instigación y participación en un golpe de estado. Las cosas por su nombre. Leopoldo López no es un libertario de Venezuela ni un demócrata, sino un golpista ultra con decenas de muertos en su avaricia de poder. Su abogado no es un demócrata de prestigio. Es un tipo inmerso en la caverna del franquismo. Un tipo investigado por malversación de caudales públicos, prevaricación y falseamiento de cuentas. Es el responsable de que se pagaran un millón y medio de euros por el mantenimiento de una estación meteorológica que costaba setecientos euros.
No somos personas normales porque no aceptamos imposiciones ni lecciones de democracia, de unos presuntos maleantes investigados por más de 70 casos de corrupción con más de novecientos imputados. No aceptamos tener que homenajear obligatoriamente a quiénes nos dicen cuando, se han servido de Miguel Ángel Blanco para financiarse ilegalmente. No aceptamos que nos den lecciones de civismo y humanidad a quienes maquearon su sede de Bilbao con fondos de la lucha antiterrorista. No aceptamos que nos hablen de “sus muertos” cuando tienen la indecencia de, además de haber puesto todas las trabas posibles para la exhumación de Timoteo Mendieta (y de otros), fusilado por los ancestros de estos cavernícolas del choriceo, a quién hubo que sacar de una fosa común por mandato de una jueza argentina y con los fondos de un sindicato noruego de la electricidad, gestionados por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, encima le pidan a su hija, que con siete años, vio como sacaban a su padre a la fuerza de su casa como castigo por ser el Secretario General de la UGT en Sacedón y que ha pasado toda su vida buscando el cadáver de su padre, 2057 € en concepto de impuestos, por trabajos que el Ayuntamiento de Guadalajara no sólo no ha realizado, sino que, además, ni siquiera han intervenido. No aceptamos lecciones de moralidad de quiénes tienen la desvergüenza de ordenar que el resto de cadáveres vuelvan a la misma fosa común de la misma cuneta.
Quienes tienen en su conciencia (si la tuvieran) las muertes de decenas de enfermos de hepatitis C a los que se les negó el tratamiento con Sovaldi porque era caro, quienes llevan a cuestas la muerte de decenas de mujeres a manos de machistas porque pasan olímpicamente de hacer políticas para el freno de esta lacra, quienes tienen en su haber 62 muertes por haber contratado un avión de mierda con un presupuesto de 177.000 € del que sólo utilizaron 37.000 (con la meritoria hijoputez de lo que hicieron con los otros 140.000), ¿nos van a dar lecciones y permiso para categorizar la importancia de los muertos? Siempre han manejado a su antojo y conveniencia el terrorismo. ¿Alguien del PP se acuerda de un señor que estuvo 532 días bajo una fresadora en Mondragón? ¿O es que como ya no pertenece al PP, ya no renta políticamente?
Los sinvergüenzas que desviaron a paraísos fiscales de 25,5 millones de Euros PÚBLICOS en el caso Lezo, que hicieron desaparecer 500 millones de euros PÚBLICOS en la Púnica y 863 millones de Euros PÚBLICOS en la Gürtel, no van a darnos lecciones de honradez ni carnets de ciudadanos de bien. Quienes le han provocado un agujero al estado de 75.000 millones de euros para tapar los desmanes que sus amiguetes provocaron, no nos van a dar lecciones de honestidad, de civismo ni de gestión.
Quienes se han financiado ilegalmente a través de los capos de la droga capos que provocaron miles de zombis andantes y de muertos en Galicia, no van a venir a indicarnos el camino del bien ni a darnos lecciones de ética y probidad.
Quién lleva la sirvengozonería por montera, quién mintió con las armas de destrucción masiva y al que un extesorero acusa de ser el organizador de la Caja B del PP puede dejar las cátedras sobre integridad, dignidad y decencia para intentar convencer a Belcebú.
Parafraseando a Facu Diaz, lo mejor que puede hacer el PP es entregar sus “actas” y disolverse.

La mafia, además de ser ilegal, no debería poder ejercer sin control. Quién cela y ampara a un ladrón, debería ser repudiado con indignación.
Salud, república y más escuelas.

Amores que matan.

Hoy, de madrugada, en Madrid, una mujer ha muerto por interceder en la pelea de un machista con su pareja. La ha pegado una cuchillada en el pecho. El machismo es una lacra y no debemos consentirlo.

Hace unos meses escribí esto para una revista del Instituto de mi hijo. Espero sirva de ayuda a nuestros jóvenes que han vuelto a un camino que debiera estar cerrado.

Junto a la pared, frente a la puerta de salida, Jonatan espera, de pie. La zapatilla del pie izquierdo, parece sujetar la tapia. En la mano derecha, entre los dedos, un cigarrillo consume el tiempo que queda para el timbre. No hace frío aunque ya estamos en noviembre y su pelo cortado al dos, acentúa los rasgos de una cara que bien podría ser de un dios romano. Bíceps desarrollados pegan su camiseta a su pecho y sus grandes brazos, y sus bermudas de chándal, largas (lo que su madre llamaría pantalones pesqueros), dejan entrever la robustez de sus piernas y unas zapatillas de un naranja fosforito que cuestan el sueldo de su madre en uno de sus tres trabajos como limpiadora.

No es que Jonatan haya salido antes de clase. Hoy, ni siquiera se ha acercado al Instituto salvo ahora, que está esperando a que el fin de las clases, deje paso entre los cientos de alumnos a su chica: Rebeca. Jonatan está matriculado en segundo de Bachiller, al que lleva anclado los últimos tres cursos. Hasta primero, fue un estudiante mediocre pero suficiente. Alguien que se esfuerza lo mínimo para ir pasando de curso sin problemas. Nunca había repetido. Pero descubrió que pasaba el tiempo más rápido en casa jugando en la red al Minecraft o al Roquet League que escuchando el tostón de la Martirio que les da lengua y literatura o del Cuqui que les da matemáticas. Total, está siempre sólo en casa desde las siete de la mañana y nadie notifica a sus padres si asiste o no a clase. Algunos días, la diversión está en el aula y queda con los colegas para ir a tocarle los huevos a la de Historia, que se toma el alboroto como una afrenta personal, y muchos días acaba llorando entre las risas de sus más siniestros pupilos.

El Cuqui está explicando en la pizarra la resolución de un determinante por la regla de Sarrus. Rebeca, sin embargo, está mirando el reloj. Su pensamiento está en otro mundo. Revive con cierta melancolía el día, hace ya casi dos años, cuando Jonatan, el chico más guapo y en mejor forma de la clase, el chico por el que suspiraban todas sus amigas, se fijó en ella y le pidió salir. Resultó que la belleza no lo es todo y que todo el romanticismo, todos los detalles, toda la ternura mostrada antes, se esfumó como el olor del perfume comprado en el mercadillo. Pronto se dio cuenta de que Jonatan no era un romántico y que tenía un concepto de las mujeres un pelín viejuno (aunque no sólo él. En clase parece que algunos más de los chicos más guais, opinan que las mujeres les quitan el trabajo a los hombres y que, si tienen que decidir, mejor son ellas las que se deben quedar en casa al cuidado de los niños). Al principio no le dio importancia. No era más que algo que ella creía superado pero que, al parecer, la sociedad no. Más tarde descubrió que a Jonatan le enfadaba mucho que ella saliera con sus amigas un sábado o un domingo si él no estaba en la ciudad. Sin embargo, en verano, cuando ella se fue con sus padres un mes al apartamento que tienen en Bellreguart, su amiga Cristina le contó que había visto varios días a Jonatan en Kapital , aunque él le aseguró cuando se vieron después de quince días de haber vuelto de la playa, que había estado recluido como un monje. También hay algunos desplantes y broncas que siempre acaban con un Jonatan arrepentido y suplicando perdón, porque la falda de Rebeca es demasiado corta o el escote demasiado grande. Ella no puede salir con sus amigas, aunque él, que no tiene hora de llegar a casa, se líe con los suyos hasta las dos o las tres de la mañana.

El Cuqui sigue con sus determinantes en la pizarra. Ahora está demostrando que un determinante vale cero si tiene dos filas o columnas, iguales. Rebeca mira el reloj con aprensión. Quedan poco más de cinco minutos de clase y sabe que Jonatan la estará esperando. Se siente culpable porque no hace las cosas como es debido y su novio se enfada con ella cada día más y por cosas mucho más estúpidas. Se enfada si lleva los labios pintados a clase, si le ve que ella habla y se ríe con algún compañero, si le dice que tiene que estudiar para un examen o si le pregunta porqué no ha ido hoy a clase. A veces, el enfado llega al extremo que, si están en alguna terraza con los amigos de él (ella hace meses que no tiene amigas porque Jonatan no las soporta) y se le ocurre hablar, el disimulando y sin que nadie se entere, la pellizca fuertemente en un brazo o en el lateral de la tripa, provocándole moretones. Incluso un par de veces la ha llegado a quemar la mano con el cigarrillo, por debajo de la mesa, para que se calle. Rebeca cree que ella es la culpable porque el siempre le dice que la quiere mucho y que lo siente. Incluso acaba llorando para que le perdone porque el amor que siente por ella es tan fuerte que si algún día le dejara, se mataría (aunque repite y repite que, antes, acabará con ella).

Suena el timbre y todos recogen en un pispás. Rebeca lo hace con parsimonia, como si no quisiera salir. El Cuqui le dice, que si se puede esperar unos segundos y ella lo hace pacientemente mirando hacia todos sus compañeros que salen de clase. Don Tristán, el Cuqui, le pregunta qué le sucede que últimamente la nota como ausente y desatenta. En los últimos exámenes ha tenido fallos poco habituales en una estudiante de su nivel. Ella, mira al suelo, y en un hilo de voz le dice que no le pasa nada. El Cuqui la sujeta de uno de los brazos cuando Rebeca intenta salir, y ella, aúlla de dolor. El Cuqui, se fija en dos heridas redondas que tiene en la palma de la mano, casi en la muñeca, parecen quemaduras de cigarrillo. Por entre la manga del jersey asoma un moretón casi negro. Don Tristán cree que la maltratan en casa y acude inmediatamente a hablar con el Director. Pero, al cruzar el patio, oye voces fuera, junto a la tapia del Instituto. Ve que Jonatan le está echando una bronca monumental a Rebeca y lo entiende todo.

El maltrato, no es amor. Si te sientes atada y frustrada en una relación, pide ayuda. Nadie que te ama te hará llorar y mucho menos te pondrá la mano encima.

misoneísmo y caspa

Yo soy PRO.

Acercándose como un rayo, el coche amarillo retumbaba a su paso dejando estelas de ruido. Dentro, Jose Miguel y sus amigos cabeceaban al compás de una música ratonera, martilleante y monótona. Sus bafles, sus sub low, y sus tres mil vatios de potencia de sonido, convierten un llamativo coche amarillo, en una discoteca móvil.

José Miguel es lo que hace unos años llamaban nini. No estudia, no trabaja y pasa el rato con su deportivo de aquí para allá vacilando con sus amigos, intentando ser el macho alfa de una manada de indigentes culturales cuyo único fin es pasar la vida lo mejor posible, sin dar clavo, follando todo lo que se pueda y sin ningún tipo de preocupación o responsabilidad que no corresponda al objetivo de ser guapo, de ligar mucho y de ser el “puto amo”.

La madre de Jose Miguel limpia escaleras y su padre, cobra el paro y hace trabajos como jardinero, en B, porque no llegan a fin de mes. El coche familiar, se lo quedó Jose Miguel cuando se sacó el carnet. Éste lo destrozó en un accidente a los dos meses. Ahora, van andando para que su hijo vaya en coche. Se descuernan currando para que su hijo tenga coche con el que ser el más pro. Nunca salen, su dieta se ha enriquecido en patatas y arroz y todo para que su hijo se pase el día de aquí para allá, con sus bafles cantando y dando el cante por el barrio.

La madre de José Miguel no está de acuerdo, pero hace tiempo que dejó de luchar. Cuando su hijo le espetó en plena calle un “tú te callas, que quién manda es mi padre” y su padre, que estaba junto a ellos, no dijo nada, supo que había perdido la batalla.

José Miguel, discute a menudo con su novia. No quiere que salga de casa si no es con él. No quiere que se ponga la ropa que a ella le gusta y no quiere que le lleve la contraria.

José Miguel está loco por entrar en Gran Hermano, por ir a la tele a hacerse famoso y por ser una estrella. Está convencido de que puede ser rico, vivir la vida y qué el esfuerzo no sirve para nada. Eso sí, aunque nunca se ha planteado trabajar, cree firmemente que las mujeres y los inmigrantes le quitan el trabajo.

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Hoy no me ha costado mucho escribir este pequeño relato porque tengo un vecino así. Y no, no es andaluz.

Vivimos en una sociedad sin ética, egocéntrica, basada en la mentira de que lo más importante en la vida es el éxito entendido como dinero, posición y poder. Una sociedad que ha reducido todo a lo económico. Una sociedad que premia la idiotez, que hace de un tipo culturalmente analfabeto ídolo de masas, de la tele el gran escaparate del éxito y de los gritos, las peleas y el insulto, la forma normal de discutir las cosas.

Ayer, nos desayunábamos con un estudio que decía que los jóvenes andaluces opinan que las mujeres deben estar en casa y al cuidado de los hijos. No me preocupa que eso suceda en Andalucía. Me preocupa que eso suceda en toda España. Veo en mi entorno, dónde los hombres de cuarenta años para arriba contribuyen a las tareas familiares sin pudor y sin remilgos, como sus hijos, nuestros hijos, no mueven ni un solo dedo dentro del hogar. Cómo les hacemos la cama, les lavamos los platos, la ropa, les hacemos la comida y servimos sus exigencias. Veo con preocupación cómo un salto cualitativo hacia la igualdad, que nos costó años, sudor y muchas lágrimas, se está convirtiendo en un salto hacia el machismo, hacia el misoneísmo, hacia el odio a lo distinto, a las mujeres,… Un paso hacia atrás. A estas alturas, deberíamos haber acabado con la violencia contra las mujeres y sin embargo esas conductas se repiten con asiduidad. Y en esto, como en casi todo, tiene mucho que ver la educación, la que les damos, pero sobre todo la que les omitimos y la que dejamos que entre a través de la TV.

Creemos que el cambio está cerca, pero como no nos pongamos las pilas en esto, el cambio será hacia atrás.

Algo más que machismo

Fran paseaba pomposo con su motocicleta recién estrenada. Paloma le miraba de reojo poniéndose colorada.

-¡Es tan guapo! Le decía a su amiga Soraya.

-¿Pero que dices? ¡Si es bajo, medio bizco y más chulo que un pingüino! Le respondía Soraya.

Fran no es que fuera un estudiante modelo. Más bien era de los que no se esforzaban nada. Estudiar no era lo suyo. Bueno ni estudiar, ni trabajar, …, en realidad lo suyo sólo era dar vueltas con la moto.

En casa tampoco ayudaba, porque eso son cosas de mujeres. Su madre le consentía todo y en más de una ocasión le había dicho en público que se callara, que quién decidía al respecto era su padre.

Paloma era una enjuta chica de dieciséis años, con larga melena del color de la madera de pino envejecida. Destacaba entre los chicos, no por su extraordinaria belleza, sino por una delantera que resaltaba aún más en un cuerpo tan delgado. Ya se sabe que los chicos adolescentes son hormonas andantes y un par de buenas tetas, son algo más que un par de poderosas razones.

Paloma y Fran se enrollaron en una fiesta de Halloween. Para Fran la delantera de Paloma era el mejor trofeo con el que pavonearse ante sus amigos. Para Paloma, la moto de Fran le hacía tremendamente atractivo. La moto y su fama de malo.

Las lágrimas corrían por su cara. El frío de unos guisantes recién sacados del congelador no evitarían el moretón en el ojo. Paloma estaba muy enfadada consigo mismo. Nunca había pensado que los constantes reproches a su vestimenta, los enfados y reprimendas cada vez que hablaba con algún chico de su clase, y el haberla obligado a separarse de Soraya, fueran síntomas de algo mucho más grave. Nunca le había dado importancia a los detalles. Nunca había creído que le machismo fuera algo que había traspasado la época de su abuela. …

Menos mal que la policía le había detenido, pero seguía enfadada y muy preocupada porque le había jurado que la mataría.

© J. Celemín

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No hace mucho, el diario digital Público, sacaba a la luz un estudio en el que los adolescentes consideran “normal” el control sobre la chica en las relaciones de pareja. Ayer, La cadena ser publicaba en su web otro estudio de la Delegación del Gobierno para la violencia de Género en el que se afirma que el 60% de las chicas adolescentes reciben insultos de sus novios y amigos a través de las redes sociales.

Iba a escribir que es preocupante. Pero es bastante más que eso. Es una vuelta al machismo más asqueroso del que todos pensamos habíamos dejado atrás pero que la carcundia se empeña en volver a poner de moda. La separación de alumnos por sexos, que existe en algunos colegios concertados, no es más que la punta del iceberg de esta lacra. El arzobispado de Granada publica un libro escrito por una anormal cuyo título lo dice todo “cásate y se sumisa”. Que esto venga de una mujer es aún más delirante, preocupante e indignante. Que el libro haya sido best seller en Italia a mi me acojona. Que en España existan chavales de 16 años que hagan callar a sus madres en público porque quién “manda” en casa es su padre, dice mucho de la clase de sociedad a la que volvemos.

Los que luchamos contra los indeseables vividores del presupuesto público, que legislan contra nosotros, sabemos que no solo luchamos por derechos laborales, salarios justos, servicios públicos de calidad y una vida mejor para la mayoría. Los que luchamos contra estos energúmenos autistas contra la libertad y minusválidos de la democracia, sabemos que la lucha es por algo más. Sabemos que mujeres y hombres debemos ser iguales en derechos, deberes, responsabilidades y posibilidades. Sabemos que debemos proteger a la infancia, a quién tiene la desgracia de caer enfermo o quedarse sin trabajo. Y sabemos que, todo esto es una forma de ser, de pensar que debe reflejarse en una forma de vivir. No sólo luchamos contra los del latrocinio porque no nos guste que vivan de la mentira, del control de los medios de comunicación, de la delincuencia, de la manipulación, del cohecho y del tráfico de influencias (que también). Luchamos para que la educación haga de nuestros jóvenes personas mejores, mas libres, tolerantes, más demócratas y sobre todo más solidarias. Luchamos para que distingan la solidaridad de la caridad, para que sean libres en sus decisiones y para que no les obliguen a creer en lo que no quieran creer.

El machismo que vuelve como los piojos en los colegios (porque los siembran), es consecuencia de una educación en la intolerancia, de una publicidad asquerosa que vende coches a través de un par de tetas, que les mete en la cabeza que para triunfar hay que tener dinero y bellas mujeres pero sobre todo que sean lo más estúpidas posible. Es consecuencia un pensamiento casposo y que carcome como que un mujer no sepa que su marido tiene un coche de lujo en la plaza de garaje del chalet que comparten o que otra, no sepa que su marido era un bribón que vivía del cuento, a pesar de que su firma esté estampada junta a la de él en numerosos documentos del fraude.

Estamos volviendo a la edad media y no sólo en las relaciones laborales. Las mujeres, los inmigrantes, los minusválidos y los distintos son los próximos en recibir la ira del liberalismo.

Un atornillador afilado clavado en el ojo

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Escuchaba ayer tarde en la radio anuncio comentar el video que aquí enlazo. A los del mal llamado primer mundo nos puede resultar increíble que tengan que hacer este tipo de denuncias, basadas en expresiones machistas y tópicos reales, comentarios realizados en los últimos diez meses por policías, JUECES y políticos indios. (Aunque al paso que vamos dónde vuelven las inauguraciones con misa, es hasta probable que dentro de poco veamos de nuevo el estereotipo del macho ibérico esparcirse a lo largo y ancho de esta tierra llamada España.)

Lo que en la India a un juez le parece “normal”, en el mundo civilizado, moderno y social nos parece repugnante. Lo que allí se justifica, aquí nos parece intolerable. Lo que implica ignorancia, lo disuelve la educación.

Claro que, uno puede pensar que en un país que ha convertido la mayor fuente de agua dulce en un puñetero vertedero, la cordura no debe de estar muy “allá”. Pero es que la cordura no entiende ni de religiones, ni de culturas, ni mucho menos de riqueza o sabiduría. La cordura es básicamente educación y se puede ser borrego allí, aquí, en Zimbabwe o en los Astados Unidos. De echo, ayer sucedió algo en nuestro entorno que es tan escandaloso o más que la barbarie machista de los hombres de la India. Unos señores, que dicen repartir justicia, pero que hasta ahora han paralizado todos y cada uno de los casos de corrupción del partido trilero, dicen que “otro” juez está equivocado y que los “gemelos” malasombra no cometieron delito alguno al adjudicar a dedo contratos a la “empresa” del yernísimo. Todo ello en un auto que es más un discurso político que un razonamiento legal. La ley prohíbe adjudicación directa para contratos públicos de esa envergadura y no dice nada de exclusiones porque el contratante sea el yerno del Rey, el hijo de dios o el puñetero San José. Sin embargo, al parecer, a la “mayoría silenciosa y borregil”, les parece bien la exculpación.

Me pregunto que hubiera pasado si, en lugar del TS de injusticia de Valencia, la decisión de la imputación hubiera caído en el TS de injusticia de Anadalucía. Probablemente la decisión habría sido muy distinta al igual que si lo hubieran hecho los jueces del TS de Euskadi o Cataluña. Pero aquí, al parecer, debemos clamar en el mismo desierto que claman la gente educada de la India contra el machismo, las violaciones físicas y de derechos de la mujer. Aquí, quién busque, no una condena, sino al menos un juicio justo, debe acudir a Argentina, como les está pasando a los que tienen la desgracia de tener a sus seres queridos desaparecidos en cunetas, o a la ONU, como a los represaliados del franquismo, o al Tribunal Superior de La Haya. Porque quién osa abrir puertas a la esperanza de la justicia acaba siendo denostado y expulsado de los tribunales. Y por si no nos quedaba claro quién manda y lo que nos puede pasar si seguimos insistiendo en la justicia (de los tribunales), en la social, en la igualdad y contra el fascismo descarado de estos anormales titiriteros del trile, ya se ha encargado el egregio fascista con cara de o haber roto nunca un plato, en retorcer la ley a su medida. Cualquier intento de escrache, animadversión a los políticos, difundir manifestaciones por la red, etc,.. serán considerados delitos con penas de 4 a seis años de prisión. ¡Hasta robar una bolsa de pipas tendrá cárcel! Eso si, robar todos los días a través de una supuesta subasta eléctrica dónde el que vende y el que compra es el mismo, eso no sólo no parece ser delito sino que está a la orden del día. Llevarse sobresueldos, tampoco. Y por supuesto que adjudicar contratos a quién te financia es una decisión política.

Cada día entiendo menos que nos asombremos por una viga en el ojo de los Indios y sin embargo estemos “tan panchos” con un atornillador afilado clavado en nuestros ojos.

A lo peor debiéramos dejar de ver la puñetera tele y de escuchar la radio, mientras no se dediquen a informar y no a “adoctrinar” y mantener atolondrada a la idiocia.

Machismo, una rémora del presente.

Hoy, 25 de noviembre se celebra el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Supongo que por esa circunstancia, ayer conocimos un estudio de la Federación de Mujeres Progresistas, que me ha dejado pasmado y que explica muchas de las cosas que están pasando en este país.

Según este estudio, el 80% de nuestros jóvenes (de ambos sexos) creen que la mujer está para complacer al hombre. Un 60% cree que los celos es algo normal en una relación y un 40% cree que las chicas deben de ser protegidas por su novio. Además piensan cosas tan peregrinas como que los asesinatos de mujeres no tienen nada que ver con el machismo sino que son consecuencia de los efectos del alcohol o las drogas.

Quizá por haber sido educado en libertad plena (la de la confianza), quizá porque con diez años ya me hacía la comida, quizá porque  nunca me han regañado por planchar, cocinar o por ayudar en las tareas domésticas, no puedo entender esas actitudes. Y me desquicia ese tipo de idearios machistas que piensan que las mujeres son inferiores o que son propiedad de otro ser humano. Y me desquicia aun más que sean las propias mujeres quienes reafirmen ese tipo de actitudes.

Cuando era muy pequeño, viví de lejos una situación en la que un familiar machista y celoso amargaba la vida a su mujer. Su enfermedad era tal que ni siquiera sus hermanos podían estar a solas con ella. La mujer acabó separándose pero su vida ha quedado marcada para siempre.

No sé qué tipo de educación les estamos dando a nuestros jóvenes, pero si alguien cree que, porque no te deje ir a una discoteca a la que él no va porque no le gusta, o porque no te deje ponerte una minifalda o porque intente agredirte por hablar con otro chico a solas, crees que te demuestra mejor su amor, entonces, nos estamos equivocando de principio a fin.

El otro día leía que en España dedicamos más de cuatro horas diarias a ver la TV. Quizá ahí esté la raíz de todo. Con el 90 % de los canales en manos de fascistas, la televisión no puede educar en la igualdad, ni en la convivencia, ni mucho menos en la libertad. Con el 90% de los canales en manos de fascistas es lógico que los jóvenes piensen que las mujeres son un mueble más de los que el hombre disfruta. Con el 90 % de los canales de TV en manos de fascistas y con unos padres que no nos preocupamos de nuestros hijos nada más que para que “no molesten”, no es de extrañar que estemos fabricando personas sin ningún tipo de criterio que creen que el ser humano no se diferencia de los animales.

Empiezo a entender cómo es posible que el PP haya ganado las elecciones.

Menos mal que, en esta aventura del 15-M me he encontrado con la otra cara de la moneda. Jóvenes comprometidos con los demás, que creen en la libertad, en la igualdad y en la justicia social. Jóvenes luchadores, y sobre todo que trabajan para conseguir aquello en lo que creen.

Imagen propiedad de Kavel70

Cuento. Contra la violencia de género.

Begoña, siempre fue un poco pavisosa y bastante ensimismada. Quizá su padre tuviera mucho que ver con ello. Desde pequeña, su padre criticaba su carácter, la tachaba de poco inteligente y de no “valer para nada”. Realmente Begoña era una chica guapa, con buen tipo e inteligente. Lo que pasa que su padre trataba mal a todo el mundo. Como antiguo legionario, pensaba que su casa era un cuartel y que todos debían estar a sus órdenes. Chillaba a la madre de Begoña, a su hermano Felipe y a su hermana Fina (de Josefina) y aunque nunca les puso la mano encima, su casa se convirtió, conforme sus hijos iban creciendo, en una olla a presión a punto de estallar. Eso sí, no había domingo ni fiesta de guardar en la que D. Rufino (que así se llamaba el padre) no acudiera con su mejor traje agarrado del brazo de su mujer a misa de doce. Después, vermut, tapas y paseo para envidia de los vecinos y regocijo ante ellos.

Con sólo diecisiete años, Begoña conoció a Damián. Era un chico de la parroquia dónde Begoña y sus amigas se reunían los sábados y domingos y dónde planeaban salidas a la sierra, a esquiar, a la playa o simplemente hacían inofensivos guateques juveniles. Damián era un esbelto joven mayor que Begoña. De tupido pelo negro, nariz respingona, huesudo y con rasgos faciales femeninos. Era todo un tipo guapo. Además, de familia más bien pudiente, vestía siempre a la última de “Lacoste”, “Tommy Hilfiger” o “Quicksilver”. A Begoña, le gustó Damián desde el mismo día en que le conoció y a Damián le gustó Begoña ya que era lo que los chicos llaman “una tía buena”. Pronto empezaron a “tontear” y se hicieron novios. Damián era siete años mayor que Begoña y trabajaba ya en un despacho de abogados de amigos de su padre. Así que, con tan sólo dieciocho años y ocho meses después de conocerse, las campanas de la iglesia de San Marcial, replicaron tañidos de boda en un veinticinco de Junio cualquiera.

Todo lo que le molestaba al padre de Begoña de su hija, se convirtió en un problema para la relación entre ella y su marido. En los pocos meses que estuvieron de novios, tuvieron varias peleas a consecuencia del carácter retraído de Begoña. Pero Begoña deseaba más que otra cosa, escapar del polvorín de su casa. Salir del infierno dónde, en lugar de aire, se respiraba bilis. Así pues, tras un año de casada y muchas discursiones, Begoña se sentía culpable por no saber entender a su marido. Se decía a sí misma, que su padre llevaba razón y que no valía para nada. Muchas fueron las lágrimas derramadas y las noches de insomnio. Damián, cada día llegaba más tarde a casa y en muchas ocasiones con alguna copa demás. Cuando llegaba borracho, venía de muy mal humor y se ponía violento por las cosas más nimias. A los gritos y los reproches, un día llegó la palma de la mano que se estrellaba en la cara de Begoña. Damián, al instante le pidió perdón y dijo estar arrepentido de un acto irreflexivo e involuntario. Aquella noche, después del perdón, hicieron el amor como nunca antes lo habían hecho. Damián juró que nunca más le pondría la mano encima. Pero las promesas del vino suelen escribirse con tinta invisible. Y a una torta le sucedieron dos y luego tres y más tarde un puñetazo. Begoña cada día se sentía peor, más culpable y más dolida.

Pensó que Don Julián, el párroco que los había presentado y que conocía a ambos desde pequeños, podría aconsejarla y le daría una salida a esa vida de infierno que llevaba. Pero Don Julián no sólo no entendió las quejas de Begoña sino que le hizo sentirse mucho más culpable. Le habló de la sumisión de la mujer hacia el hombre, del trabajo estresado de Damián y de lo normal de su mal humor. Le invitó a cambiar, a ser más atenta y comprensiva, a quitarle los zapatos cuando llegaba a casa, a servirle una copa y a insinuarse para tener hijos. Los hijos, unen siempre, le dijo. Si tienes un hijo como manda dios, además de santificar el sagrado sacramento, tu marido te verá de otra forma y seguro que todo se arregla. Y Begoña, tuvo un hijo, dos, tres, pero todo seguía igual. Bueno más bien peor, porque ahora, las broncas eran también por los hijos. Las confesiones con Don Julián siempre eran iguales. Begoña le contaba su vida íntima, los ojos hinchados, los labios partidos, las fisuras en las costillas y el cura le decía: “aguanta, hija, aguanta”. “Piensa en que los caminos de dios son inescrutables y que nuestra vida en este mundo es una vida de sufrimiento para alcanzar la paz de la vida eterna”.”La mujer, debe ser mesura, templanza y sumisión”. “Debe servir al marido porque así lo quiere el señor”.

Y llegó el día en que Damián, más borracho que de costumbre, le arreó un guantazo a Isabel, su hija mayor que contaba ya con nueve años y que se había interpuesto entre su madre y él. Fue la gota que colmó el vaso para Begoña. Al día siguiente, cuando Damián se fue al trabajo cogió a sus tres hijos, una maleta con poca ropa, algo de dinero y se dirigió a los servicios sociales de su ayuntamiento. Allí le buscaron una casa de acogida, un sitio donde vivir temporalmente. Tras quince meses en la casa, Begoña encontró un buen trabajo, un nuevo colegio para sus hijos y una casa de alquiler, una nueva ciudad y una nueva vida por delante.

Pero su fe en dios, era muy fuerte y pensó que debería decirle a su confesor dónde se encontraba y lo feliz que era ahora. Y le escribió una carta contándole a Don Julián su nuevo trabajo, su nueva ciudad y su nueva vida, la felicidad de sus hijos que, librados de gritos y puñetazos, empezaban a sonreír de nuevo. También le dijo que no se preocupara que nunca pediría el divorcio porque sabía que dios no lo aprobaba. Y mando la carta.

Isabel y sus dos hermanos, esperan sentados en la escalera del colegio. Parece que su madre se retrasa hoy. No están preocupados porque se han librado del bestia de su padre. A lo lejos se oyen sirenas. Es normal en una ciudad tan grande. Algo habrá pasado.

Una mujer está tendida en la calle. Un charco de sangre emerge de sus entrañas. A su lado un sacerdote mueve la cabeza con rítmicos movimientos adelante y atrás y entre sollozos, un susurro de voz que dice “sólo quería que os reconciliarais”.

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Este cuento no está basado en ningún hecho real concreto y si en los cientos de casos de maltrato en los que curas y confesores fueron parte de ese maltrato, aconsejando a las mujeres que debían aguantar y haciéndolas sentirse más culpables de lo que ya se sentían.

Este cuento, no está basado en ninguna historia real, pero si en las de cientos de mujeres maltratadas por hombres machistas, misóginos y arcaicos que, aún hoy, siguen pensando que la mujer es una más de sus propiedades y que, por tanto, pueden deshacerse de ellas cuando no se someten a sus caprichos y voluntades.

Dedicado al Obispo de Alcalá de Henares, a quién parece que, su dios le habla por las noches y le comenta los resultados de estudios estadísticos realizados directamente por los ángeles (del infierno).

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Imagen: Forges