Catetos

El Apolítico

Lunes por la mañana. Amalio se ha levantado contento. Siempre está contento cuando gana su equipo. Hoy además, hay algo especial.
Se ha pasado todo el fin de semana tirado en el sofá. Salvo el ratito del sábado por la tarde, después de comer, en el que Filomena hizo que la acompañara al Carrefour para hacer la compra. Y fue a regañadientes. ¡Se estaba perdiendo el partido de Nadal! Y todo por ir al puñetero Carrefour. ¡Allí sólo hay Marías y  calzonazos!, le dijo a Filomena. De regreso, mientras ella guardaba la compra en el frigorífico y los armarios, Amalio se puso un cubata de güisqui con cola (él es solidario con los trabajadores de Fuenlabrada, pero no va a renunciar a un cubata por ellos), se repantigó en su sofá y a ver el partido de fútbol que juega el Madrid. Después del Madrid, Filomena le llevó al sofá un bocadillo de chorizo, otro cubata y se pasó a Teledeporte que estaban echando balonmano. Jugaba el Kristianstad de Suecia, contra el Flensburg-H de Alemania. Ella se fue al dormitorio a ver Sálvame Deluxe. El domingo por la mañana, la Fórmula 1 y por la tarde más fútbol que para eso tiene pirateado el Plus.
Amalio se siente apolítico. Aunque siempre votó a Felipe González, luego, cuando lo de la corrupción, los GAL, y eso, le dio por votar a los de Anguita, aunque aquello de la pinza con Aznar de la que tanto se hablaba en la tele, le llevó de nuevo al PSOE de Zapatero. Ahora no sabe qué hacer, ¡iba votar a Susana, una tía con dos cojones! Si le preguntan por la corrupción, les dirá que todos los políticos son unos sinvergüenzas que van a lo suyo que no es otra cosa que robarnos. No hace distinción. Salvo cuando su compañero se mete con el Madrid y con Florentino. Entonces opina que no es importante que Florentino se haya llevado más de cuatro mil millones entre el Castor, Escombreras, Pertús, las Autopistas de peaje,… La corrupción está en otra parte, dice. Y quién denuncie a Florentino es porque es antimadridista.
Amalio y Filomena, viven en un barrio humilde del extrarradio de Madrid. Él, trabaja en una multinacional de fosfatos desde hace más de veinte años y tiene un sueldo de los de antes de la crisis. Ella, a sus cincuenta y siete años, está en el paro y cobra una ayuda familiar de 400 euros que consiguió al cumplir los cincuenta y cinco. Tienen dos hijos. Un varón con veintisiete años que vive en casa, que dejó los estudios al cumplir los dieciocho y se fue a trabajar a la construcción y se casó y seis años después, tuvo que volver a al hogar paterno, divorciado, apenado y arruinado psicológicamente. Elvira, la hija de Amalio y Filomena es médico, vive con su marido y sus hijos y trabaja en el Hospital de Móstoles. Tiene, según ella, un contrato estable aunque en realidad cada tres meses se lo van renovando. La despiden en Julio y la vuelven a contratar en Septiembre. Pero está contenta.
A Amalio, no le gusta que le hablen de política. No lee periódicos, salvo el As, se informa a través de los telediarios de la tele (le gusta el de Telecinco porque da muchos sucesos). Cree que la corrupción nos trae fritos y si le preguntas, te dirá que él lo arreglaba en un pispás. Cadena perpetua y quitarles todo lo que han robado. A los estibadores, ni mentarlos. ¡Menuda jeta tienen! Cobran seis mil euros, entran por enchufe, son unos macarras y encima están arruinando España con las multas que nos mete Europa por su culpa. ¡A la puta calle todos!, y se acababa el problema. De los inmigrantes, mejor no mencionar nada en su presencia. Son todos unos maleantes que vienen a España a robar y a vivir de los subsidios. Él los metía a todos en un barco y los dejaba en alta mar. Quien quiera venir, con contrato de trabajo y con el compromiso de asumir nuestra cultura. Nada de Mezquitas. ¡Y de hacer reuniones en el parque para comer y emborracharse, como los panchitos, ni de coña! Y hablar en su idioma por la calle, como los rumanos, ¡Vamos por Dios! ¡Estamos en España! Y aquí se habla español. Los funcionarios son todos unos vagos que se dedican a sus cosas y a hacer la compra en horario laboral. Las feministas, unas zorras mal folladas, aunque,  no le extraña, ¡con lo feas que son!
Hoy, lunes por la mañana, Amalio está contento. Va a recibir la “Medalla de Oro al mérito Civil” por su comportamiento heroico. Salvó a un niño de ser atropellado cuando a su madre se le había ido rodando el cochecito calle abajo. Claro que Amalio no sabía que el niño del coche era rumano.

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Agamenón

Catetos

Las sociedades son el fruto de una idiosincrasia amalgamada por las tradiciones, la historia y el temperamento. La sociedad española es fruto, no solo de los cuarenta años de miedo, obstinación,  catolicismo radical, enaltecimiento nacionalista y represión franquista, sino también de una historia anterior de aborregamiento general (España siempre ha presumido de la ignorancia) y una guerra continua con el distinto (judíos, “moros” y herejes fueron, aniquilados y expulsados, combatidos y vencidos, y quemados en la hoguera) y de unos reyes y nobles empeñados en arruinarnos económicamente, que repudiaban el trabajo por ser símbolo de pobreza, plebe y sumisión.
Siempre se ha dicho que la envidia es el pecado nacional de este país. Aquí, tras el golpe de estado del 36, muchos españoles fueron fusilados, no por pensar de manera distinta, sino por las denuncias de sus vecinos que vieron la ocasión ideal para librarse de ellos. Con esas raíces y esos mimbres hemos construido una sociedad de catetos mal educados, envidiosos, anodinos e irreverentes en la que, como dice el refrán, cualquier tonto hace relojes. El más listo no es el que más sabe, el más educado o el más inteligente, sino el tipejo listillo que se salta una cola, el que aparca en una plaza de minusválidos, el que se salta el atasco circulando a toda leche por el arcén o cambiando constantemente de carril, el que presume de engañar al fisco o el que se lleva las flores o los plantones de un parque público. Aquí todo el mundo tiene derechos y los deberes son de los demás. Somos insolidarios, hipócritas, envidiosos y chovinistas. Si alguien nos llama la atención a las dos de la mañana por estar gritando en una terraza le decimos: “¡Que se joda!”. Si nuestro vecino gana más que nosotros, no reclamamos que nos suban el sueldo, sino que se lo bajen a él. Lo que no deseamos para nosotros lo queremos para el vecino.
No es extraño pues que, las lobotomías televisivas sean los programas estrella de la TV. Allí , en los “Espejo Público”, “El Hormiguero” “Sálvame”, “La Sexta Noche” o “AR” toreros, cantamañanas, indeseables, mentirosos y otras faunas de analfabetos,  famosos por faltar a la verdad, por haberse acostado con alguien o haber participado en GH, arreglan el mundo sin cerveza ni cacahuetes, pero del mismo modo que se arreglaban hace algunos años en las tascas de los barrios. Aquello de “muera la inteligencia” del zoquete Millán Astray, sigue más vigente que nunca.
Así no es extraño que en el programa de la Díaz, se defina la cultura como el chiringuito, las playas y los camareros. No es extraño que alguien que no ha trabajado nunca, que siempre ha vivido del partido, que desconoce el mundo real de las 3.000 viviendas y que cree que Triana, la Feria de Abril y el Rocío son los mundos de la mayoría, nos recrimine que dejáramos de votar al PSOE por una pataleta. Que no sepa que casi 1/3 de los españoles están en el umbral de la pobreza, que los trabajos han dejado de ser el sustento de muchos y que los derechos son cosa del pasado. Para ella nos hemos cabreado porque en lugar de dos cervezas, sólo nos podemos tomar una, o porque nuestros hijos tengan que pagar un poco más en la universidad. Desconoce que casi la mitad de los españoles no pueden tomarse nunca una cerveza o que hay muchos chavales que han tenido que dejar de estudiar porque no pueden pagar la matrícula. Por eso, en Asturias, donde gobierna el presidente de la Gestora, hacen cosas como esta . Por eso ella proponía colocarles una losa de 24.000 € a cada estudiante. Una deuda que no podrían pagar en su vida y que les mantendría sujetos como una lapa a salarios de miseria y a una vida de pobreza. Esta gente que vive en la inopia, que favorece a eléctricas, bancos y empresarios abusones, que vive y ha vivido de fomentar este hijoputismo que llaman liberalismo sigue ahí no sólo porque controlen medios de comunicación y televisiones a base de publicidad institucional y de la que empresas cómplices contratan. Siguen ahí porque todos estos seres anodinos a los que los demás se la pela, gentes de bien a los que la política les da dolor de cabeza, españoles hasta la médula que creen que lo importante no son las condiciones de trabajo, ni los salarios de miseria, sino que España siga siendo una (grande y libre), trabajadores precarios que se meten el fútbol, el balonmano o la petanca en vena como forma de abstraerse de los problemas, sinvergüenzas a los que la corrupción les trae al pairo porque ellos, si pudieran, harían lo mismo, protestantes de silla y ordenador que creen que la lucha es hacer chascarrillos en Facebook o Twitter y ciudadanos silenciosos que creen que la democracia es ir a votar cada cuatro años, todos ellos, no sólo no mueven un dedo por cambiar las cosas, sino que además creen que los que protestan, manifiestan o luchan en asociaciones y colectivos, sólo son inadaptados gruñones que disfrutan jodiendo la vida a los demás.
Es importante cambiar las cosas. Importante para ello, tener gobernantes decentes, gentes que no vivan de la política y que sean conscientes de la situación de las personas fuera de Triana o del Barrio de Salamanca. Pero es mucho más importante tener una ciudadanía comprometida, educada y consciente de que la democracia no consiste en que nosotros tenemos derechos y los demás deberes. Mientras no haya ciudadanos comprometidos socialmente que sepan que lo que hoy le pasa a tu vecino, puede pasarte a ti mañana, que una mentira no sólo es una mentira sino una pérdida de confianza y que no podemos permitir ni un sólo desliz en aquellos que nos representan, este hijoputismo será nuestra forma de vida y la nueva edad media en la que nos hemos introducido de lleno, será permanente y empeorará nuestras vidas cada día más.
Para ganar, tenemos primero que educar.
Salud, república y más escuelas.

Desvestir Santos

Hartazgo

La madre abadesa, de rodillas, frente al altar, imploraba a San Pancracio. Fuera, una turba rodeaba el convento con antorchas, garias, mangos de azadón, hoces y tentemozos…
Trescientos años antes, el Monasterio de Nuestra señora de las Viñas, era señorío de todos los campos de cultivo, viñas, huertas, monte bajo y páramo situados a menos de cuarenta leguas a su derredor. Durante más de doscientos años, las monjas habían vivido de los frutos que los campesinos estaban obligados a entregar al monasterio como dueño y señor de esos campos. Más tarde, los aldeanos fueron convirtiéndose en hombres libres que se hacían con una pequeña propiedad, que el monasterio les vendía para afrontar reformas, cobrándoles cien maravedíes y el compromiso del pago de un diezmo consistente en seis fanegas de trigo, dos seras de racimos, medio carro de leña y una arroba de paja. Con los años, el compromiso no escrito se convirtió en costumbre alimentada por el fervor religioso de los campesinos.
Con el sobrante del diezmo, las monjas comenzaron a cocinar unas galletas de trigo con pasas que, al principio, guardaban para conmemoraciones especiales y que, gracias al paladar y los consejos de obispos y curas, con el tiempo, empezaron a comercializar con gran éxito, hasta convertirse en uno de esos manjares que trascienden fronteras y que, fruto de una demanda desmesurada y una fabricación limitada, adquieren carácter de lujo.
Con el paso de los años, el monte se convirtió en tierra de labranza. Al ritmo de destrucción de la vegetación, iban decayendo las lluvias. Cada año llovía menos. Las cosechas de cereal iban decreciendo y las cepas secándose. A la vez, los hijos de los hijos de los primeros propietarios de los campos, iban repartiendo la hacienda entre sus descendientes. Con cada generación, era más difícil salir adelante con los frutos del campo. Se fue perdiendo el compromiso de la leña y la paja, pero las seis fanegas de trigo y los dos cuévanos de uvas recién vendimiadas, seguían siendo exigidos cosecha, a cosecha, año a año, por las monjas. Los emolumentos de la venta de las famosas pastas, les daban confort y el placer de dedicarse sólo a la vida contemplativa. Placer al que no querían renunciar teniendo que hacer otras cosas para subsistir.
La ceguera religiosa, las supercherías y maldiciones, fueron durante décadas las mejores aliadas del convento que seguían recibiendo su diezmo mientras los hijos de los campesinos estaban cada vez más desnutridos y enfermos. Con la población cercana sumida en la miseria, a pesar de que algunos decidieron emigrar a otros lugares y otros muchos murieron jóvenes a causa del hambre y la enfermedad, las monjas seguían sin aflojar el pago del diezmo y la situación era cada vez más acuciante.
Así que ahora, Sor Eduvigis reza fervorosamente a San Pancracio, mientras las hermanas corren presurosamente por los pasillos, con las lágrimas corriéndoles por las mejillas y el corazón a punto de estallar, apilando bancos y arcones junto a la puerta mayor, intentando hacer una barricada para que el tumulto no acceda al recinto.
Por la mañana, el enorme penacho que salía del monasterio, podía verse a diez leguas del convento.

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Desvestir santos

Hace unos días, leíamos en el periódico CLM lo siguiente: «El Tajo entra en coma: ya no hay agua para transvasar».
El BOE del 10 de mayo publicaba el trasvase de 7,5 hm3 para abastecimiento desde los embalses Entrepeñas-Buendía a la cuenca del Segura.
Hace unos cuantos años, por motivos de trabajo, tuve ocasión de ir advirtiendo el paulatino cambio que se fue produciendo en Sacedón (Guadalajara). Un pueblo tradicionalmente agrícola al que le expropiaron sus mejores tierras de cultivo (las situadas en la vega del rio) para cubrirlas de agua, y que no tuvo otra opción que reconvertirse al turismo. Con la primera gran sequía de los años noventa, el pantano dejó de nuevo las tierras al descubierto y acabó convirtiendo a este bonito pueblo en un sitio fantasmagórico, con decenas de negocios dedicados al turismo náutico y a la hostelería, quebrados y una población que tuvo que irse en busca otros lugares dónde subsistir.
A esa primera sequía, le han seguido otros tantos periodos de abundancia (los menos) y de necesidad (los más). Aunque la sequía se ha convertido en una enfermedad crónica y endémica que ha acabado definitivamente con la economía de los pueblos aledaños al pantano de Entrepeñas.
No es casualidad que cuando Google Maps realizó su steet wiew de este lugar (Sacedón) esto fuera lo que se ve. Dónde debiera haber agua (por algo le pusieron nombre de Camino de La Playa) sólo se ve páramo y desierto.
Pero la situación de este bonito pueblo de Guadalajara, esconde algo más que una endémica situación de sequía que ha llevado a la miseria a muchas familias. Esta situación viene agravada por este hijoputismo desmesurado de este desgobierno (y otros anteriores) de favorecer a los ricos y empeñarse en privar de lo poco que tienen a los pobres. Mientras Castilla-la Mancha se desangra de agua y población, se favorece a golpe de Orden ministerial, que insiste una y otra vez en convertir al rio Tajo en un lodazal,  que el poco agua existente se vaya, trasvase abajo, hasta Murcia. Allí utilizan ese agua, sobre todo para su uso en la agricultura intensiva, un gran negocio, como también lo sería, con las técnicas actuales, en el Sahara si pudiéramos hacer un trasvase desde el Nilo, el Ródano o el Propio Tajo. El Sureste peninsular se enriquece con la pobreza de los castellanos manchegos, (además de con la explotación de la inmigración).
Tengo la impresión de que este desgobierno prefiere las mayorías absolutas en Murcia, frente a la oposición en Castilla La Mancha.
En realidad esto de los trasvases que dejan los pantanos convertidos en desiertos y barro, para que otros puedan sacar adelante sus intensivas y muy productivas económicamente, producciones de pepinos, tomates, melocotones,… no es sino una simulación de lo que, si esto no cambia y no tienen visos de cambiar, será uno de los mayores problemas de un futuro no muy lejano: la guerra del agua. Despoblar el interior de secano para convertir desiertos en explotaciones agrícolas intensivas, dónde además de agricultura se promociona el turismo de campos de golf y playa, no es sino una afrenta más de este hijoputismo que llaman liberalismo. El interior es pobre y el desierto de cultivos y campos de golf, rico. Se les quita a los pobres para engordar las cuentas corrientes de los poderosos. Es sólo eso.  O es tanto, como eso. Todo ello con la connivencia de un pueblo adormecido y embrutecido que cree firmemente que todo vale si se crean puestos de trabajo, aunque estos puestos sean temporeros, creen conflictos sociales y desigualdad y rebajen la condición de trabajador a la de siervo o esclavo. Cuando un pueblo cree que los ríos no son parte de nuestro entorno y que desecarlos no trae consecuencias negativas para nuestra salud y para el medio ambiente, cuando se criminaliza la inmigración, mientras se abusa de ella para sacar enormes beneficios de la agricultura, cuando en nombre del progreso se destruye el entorno y contribuye al cambio climático, es que hemos llegado a un estado social de podredumbre y de miseria social, en la que revertir la situación, será casi una misión imposible.
Todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Todo por el negocio, aunque los pobres mueran en la miseria. Todo por el hijopustismo en nombre de una solidaridad unidireccional que sólo beneficia al poderoso. Lo llaman solidaridad cuando en realidad es desprecio y abuso. Lo llaman populismo cuando en realidad es fascismo. Lo llaman democracia y no lo es. Esta cleptocracia nos lleva al abismo.

Mal Menor, engaño para tontos

Kamikaze

De pie, como toda la tarde, Luis Carlos limpia la barra con un trapo que, si lo dejara estirado, es muy posible que se tuviera en pie. Acaba de rellenar las neveras, bajo el mostrador, para que mañana haya bebida fresca a primera hora. El bar, vacío, si no fuera por Ramiro, ese vecino pelma que toma Sol y Sombra en vasos de tubo (sin hielo, que lo agua) y que pasa más tiempo sentado en la esquina de la barra, junto a las tragaperras, dando conferencias magistrales a quién quiera escucharle, que en su casa. Luis Carlos espera a que apure el quinto vaso de Terry con Anís del Mono de la tarde-noche, para decirle que ya no hay más, y que se vaya a casa.
Le duelen los pies, está cansado, harto y de mala leche. Hace dos horas que debiera estar con la Jeny, pero allí sigue, al pie del cañón, aguantando teorías baratas y comentarios sin sentido de un tipo que habla con la tele y tiene en el estómago casi tres cuartos de litro de coñac y otro tanto de anís y ni siquiera se tambalea. Hoy, como ayer, y anteayer, y el viernes anterior o casi cualquier fin de semana de los últimos cuatro meses, Luis Carlos le regala a su jefe tres horitas de trabajo por la cara. Y lo que más le jode es que ni siquiera se lo agradece. Tiene un contrato de cuatro horas. Desde las cinco, hasta las nueve de la noche. Cuatrocientos treinta y seis euros de nómina, de los que apenas recibe los cuatrocientos limpios. Ningún día cierra a las nueve. Y los jueves, fines de semana y vísperas de festivo, le dan las doce bajando la persiana metálica. Ni un euro más a final de mes. Ni una palmada. Ni un sólo agradecimiento. Y ni siquiera le piden las cosas por favor. Le dicen, “hoy, hasta que se vaya el último, que hay mucha faena”.
La Jeny le dice que lo deje y se busque otra cosa. Pero es que la Jeny no tiene a su padre en paro, ni a su madre fregando escaleras de siete y media de la mañana a tres de la tarde por trescientos cincuenta euros limpios al mes, ni dos hermanos pequeños que aún van al instituto y que comen como limas. Y además, de los trabajos de camarero que ha tenido, cinco en los últimos cuatro años, este es dónde mejor le tratan. Al menos el jefe no está todo el día encima de él dándole el tostón. Aquí Román le deja hacer y no se mete, mientras los clientes estén servidos y no protesten.
Debería haberse ido con su hermana y su novio a Londres. Pero claro, ellos tienen estudios y medio dominan el Inglés. Él, sin embargo, dejó la escuela con dieciséis años para irse a trabajar de encofrador. No tenía ni idea. Pero en tres meses, estaba cobrando cuatro mil euros. Mala suerte que Zapatero fuera un bobo y dilapidara todo aquel chollo. En año y medio se le acabo el currelo. Luego dos en el paro, hasta que decidió coger el primer trabajo para servir cañas. No es que su hermana y su cuñado trabajen en la City de lo que han estudiado. Pero al menos en el McDonald’s de Londres, les respetan los turnos para que trabajen juntos y les pagan seiscientos euros a cada uno por media jornada de trabajo. Y el horario es el horario, no como aquí que sabes cuando entras pero no cuando sales.
Por fin, Ramiro ha dejado seco el vaso. No ha hecho falta que Luis Carlos le diga que no hay más. Se ha bajado del taburete, ha puesto esas dos columnas jónicas que tiene por piernas encima del terrazo,  y se ha echado a la calle. Ni una sola ese. Ni un solo tambaleo. ¡Joderrr, este tío es una puta esponja! – se dice Luis Carlos-
Ha acabado de recoger el último vaso y está limpiando el rincón del Sol y Sombra, cuando suena el teléfono. Es Román, su Jefe. Mañana hay elecciones, pero Luis Carlos tendrá que ir a votar antes de las cinco, o no irá. Le ha dicho su Jefe que por la tarde hay mucha faena y que no puede dejar el bar ni un minuto. Luis Carlos, se ha rebotado aún más de lo que ya estaba. Y aunque no pensaba ir a votar, (siempre ha pasado de esas memeces. ¡Todos son iguales!), mañana por la mañana, en plan rebeldía, acudirá a votar. Votaré por Partido Popular –piensa en voz alta-. Es el único al que le interesa España y les pone las pilas a esos asquerosos catalanes. Y si echan a los putos moros y a los panchitos de este país, acabará habiendo trabajo para todos y sueldos de verdad. ¡Cómo cuando era encofrador!

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Mal menor, engaño para tontos

Andaban la semana pasada los #Vertimedios, #Prensatrol o prensa del régimen, jurando en hebreo porque Mélenchon no quiso decirle a sus votantes que cedieran el voto al muy derechista Macron, frente a la muy, muy derechista Le Pen. Una fascista declarada, frente a un acólito del hijoputismo disfrazado de centrista.
Algún respetable de la prensa, como Rosa María Artal , decía en su artículo “Fascismo, no, nunca, bajo ninguna excusa” que cuanto mejor, peor,  no es ninguna regla lógica y que no debiéramos olvidar lo que el fascismo le hizo a Europa en la primera mitad del siglo XX. Y que, por tanto, era mejor votar a Macron como mal menor.
Lo que pasa es que estoy un poco harto de los males menores. Esto del «mal menor» se lo llevo oyendo a CCOO en mi empresa desde hace más de veinte años. Ese puñetero «mal menor» nos fue recortando derechos, convenio, tras convenio, hasta llegar a la situación actual en la que si me rompo una pierna y tengo que estar de baja dos semanas, me descuentan 240 euros de mi nómina o que si el médico de empresa, lo cree conveniente, tenga que volver a trabajar, independientemente de lo que diga el especialista o mi médico de familia.
Desde que la Tatcher y el mal actor y peor persona, Reagan, empezaron con esto del hijoputismo, que  han venido suavizando con el nombre de liberalismo, todo ha ido de mal en peor. Y elección, tras elección, hemos venido votando al «mal menor». Los datos hablan solos. En Francia en 1974, los fascistas tenían 190.921 votos. El domingo obtuvieron 11.000.000. En España, en 1979, la CD de Fraga tenía un 6,5% de los votos. En 2016, a la baja y tras la ruptura del bipartidismo, el 33%. Ese «mal menor» ha llevado al peligroso pocero de New York a la Casa Blanca y sacó al RU de la U.E.  Ese «mal menor» nos ha dejado sin fondos de pensiones, sin derechos laborales y sin defensa judicial de los mismos. Ha destruido el empleo estable para crear esclavos que trabajan por una cuarta parte del salario de lo que cobraban antes de aquello que llamaron crisis y que ha sido la mayor estafa de la humanidad. Han desviado los recursos públicos de la sanidad y la educación hacia empresas privadas, muchas de ellas creadas para la ocasión, con los que han llenado sus cuentas corrientes en Suiza o los han desviado a corporaciones Off-Shore en Panamá u otros paraísos fiscales. Son siempre el «mal menor». Y nos amenazan y atemorizan con el caos que traerá si cambiamos el modelo. Es como cuando un cura pederasta te amenaza con el infierno si no te dejas tocar.
El «mal menor»  nos ha traído siervos, como los de cocina que esta semana pasada fueron «trending topic» en las redes sociales porque un cocinero, de esos que ahora se llaman restauradores y tienen estrellas Michelin, y que te ponen una tortilla de patata en migajas en un molde de acero con dos gotas de aceite manchado con perejil y cuatro pétalos de flor, y te cobran 60 €,  haya hecho público que tiene un montón de chavales trabajando por la cara en su restaurante. Para intentar calmar los ánimos, ese gran pozo de sabiduría que, en un concurso de la tele, para dejar mal al concursante, atribuyó la ensalada César al gusto de un emperador romano (cuando hasta el más tonto sabe que la inventó un cocinero italiano afincado en Tijuana), argumentó que los chavales eran becarios y que estaban aprendiendo. (Un becario, no trabaja 12 horas. Un becario aprende, no hace el trabajo de un pinche y hay que pagarle según ley). En tromba salieron otros tantos cantamañanas de la lechuga rizada, a apoyar al explotador y hasta el mismo capo de los tratantes metidos a empresarios, quiso apoyar al cocinero lerdo argumentando que el trabajo fijo es viejuno, obsoleto y prescindible.
Como vemos, ya no se conforman con el despido libre. Ni con tener personas en régimen de caridad y servilismo. Ahora van a por la vuelta a la esclavitud. Dice el capo Rosell, que el trabajo fijo es cosa del siglo XIX. Y los tontos compran. Ahora vamos a descubrir que la esclavitud es la modernidad. Que trabajar de sol a sol por la comida, nunca ha sucedido y es el futuro. Y que el amo y el siervo son cosas de los cuentos.
Si seguimos con los «males menores», no tardaremos mucho trabajar por lo que quieran darnos. Sin condiciones laborales y sin seguro médico, como ya ha tramitado por ley el del pelo ralo en USA, que ha dejado sin cobertura sanitaria (lo que se ahorre, lo dedicará a saldar la rebaja de impuestos a los empresarios) a millones de personas sin recursos y a todos aquellos enfermos crónicos, ya que las aseguradoras podrán rechazarlos o cobrarles primas imposibles de pagar.
Los servicios públicos, la sanidad y la educación son como la pólvora del rey, que la plebe no les da importancia porque piensan que son gratis. Pero son nuestros y los pagamos nosotros. Los «males menores» no dan solución sino que vienen a llenar sus carteras y las de sus amigos y da igual si se es medio facha, facha completo o facha y medio, porque todos provocan muertes. Unos en alambradas y campos de concentración dónde gasean al inconveniente y otros a base de pobreza y de inhumanidad. Las ancianas que han muerto por  un incendio provocado por haberles cortado el suministro eléctrico, los pacientes de Hepatitis C, a los que no les llegó la medicina porque era cara, los enfermos que no llegan a la operación por unas listas de espera imposibles de aguantar con una enfermedad grave, o los 75 seres humanos del Yak-42, no han muerto en campos de concentración nazis, sino a consecuencia de las políticas de latrocinio aplicadas por los «males menores».
Sigamos así, ya les queda poco a los fascistas para ganar, de nuevo, elecciones (como en los años 30 del pasado siglo). Sigamos así y volveremos de nuevo a las cadenas y a la venta de seres humanos. Porque lo moderno, es no pagar a los trabajadores. Lo moderno es malvivir en infraviviendas y aguardar a que un golpe de suerte te convierta en explotador.  Lo moderno, es dejar que los zorros se coman las gallinas para evitar que lo hagan las comadrejas.

Ordago a Chica

PREJUICIOS

El día había salido feo. Un txirimiri traslucía el horizonte. Hoy no se veían los valles lejanos, ni las montañas aún más lejanas, ni siquiera el final del camino entre las hayas que conducía, ladera abajo, a la pista forestal.
Quizá no era un buen día para abandonar la casa e ir en busca de otros seres humanos. Quizá debiera esperar a que el tiempo mejorase, pero Aniano, había trazado un plan y no quería retrasarlo. Un día más en sus veinticinco años, cumplidos el día anterior, no iba a suponer gran cosa, se dijo. Aunque uno tras otro, llevaba posponiendo la decisión tomada en el instante que encontró a sus padres como dos pajaritos, sentados en la mesa camilla, con las cabezas reposadas contra el hule, en un profundo sueño del que jamás despertaron. El monóxido de carbono, se los había llevado.
Aniano había nacido allí, en la montaña. Entre grandes hayas y robustos robles. Sus padres se apartaron del mundo, tomando una vida eremita, en el momento que Matilde, la madre de Aniano, se había quedado embarazada. El mundo es un lugar peligroso, se dijeron y la sociedad ampara la maldad. En su barrio, San Blas, por aquel entonces, peregrinaban centenares de cadáveres vivientes que, como hormigas, seguían en fila india, uno tras otro, a veces en grupos de dos o tres, no más, desde la boca del metro, hasta la calle de la Porcelana, dónde encontraban el veneno que les devolvía a la vida y les llevaba a la muerte.
Aniano padre y Matilde, no querían que su hijo creciera entre jeringuillas, zombis, heroína y desesperación. Y no se les ocurrió otra cosa que mudarse a una antigua casa de pastores, en la comarca del Ukerdi navarro. Allí lejos del mundo, vivieron de la caza, las cabras y las truchas de los ríos, calentándose como toda la vida a base de leña y sin contacto con el mundo exterior. A veces, raramente, se acercaban montañeros o cazadores. Entonces Aniano hijo, corría a esconderse dentro de la casa, si se encontraba cerca, o entre los matorrales si era imposible llegar a un lugar seguro sin ser visto. Sus padres, le habían inculcado, desde pequeño, que  la gente es peligrosa y que, si se le ocurría hablar con extraños, estos darían parte a las autoridades y sus padres acabarían en la cárcel y él en un orfanato.
Aniano sabía leer y escribir. Se lo había enseñado su madre. También dominaba las matemáticas y la astronomía. Sabía de animales y de plantas. Conocía los alrededores de su casa como la palma de la mano y era capaz de predecir el tiempo en los días siguientes, con aceptable garantía de acierto. Nunca había visto un periódico. No sabía lo que era la televisión ni la radio, aunque sí podía imaginar el mundo exterior a base de lecturas de Julio Verne, Emilio Salgari, Stevenson, Dickens, Mark Twain, Delibes o Pío Baroja. Aunque su favorita era Emilia Pardo Bazán y sus cuentos que había releído en multitud de ocasiones. Tenía también varios libros de matemáticas y un par sobre estrellas, planetas y la configuración del cielo. Así pasaba su tiempo libre.
A pesar de lo que leía en las novelas, o tal vez por ello, Aniano tenía claro que salir de su mundo era peligroso. El mundo exterior, según había leído en muchas de sus novelas, estaba basado en la avaricia, la maldad, la mentira, la injusticia y, según sus padres, eso llevaba irremediablemente a la droga. Estaba convencido de que si se le ocurría alguna vez salir de allí, acabarían robándole (aunque él no poseía bienes, ni dinero) y tirado en una esquina con una jeringuilla clavada, (aunque para eso también debería tener con qué pagarla). Su concepto del mundo exterior, le tenía retenido en las mil hectáreas que recorría semanalmente en busca de comida. Él se consideraba libre porque podía salir de la casa y entrar cuando quisiera y, salvo las escasas ocasiones en las que divisaba extraños, elegir camino en una u otra dirección.
Todo había cambiado con la muerte de sus padres. Allí se encontraba muy solo y le dio por pensar. ¿Y si el mundo no fuera como se lo habían pintado? Las novelas eran antiguas, quizá  el mundo ya no fuese de esa manera. Así que decidió, que debería ir a descubrir que es lo que había más allá de los valles.
Y lo descubrió.

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Órdago a chica

«La prueba de una inteligencia de primera clase reside en la capacidad de retener en la mente dos ideas opuestas al mismo tiempo sin que se pierda por ello, capacidad de funcionamiento. Uno debiera, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y sin embargo, estar decido a cambiarlas». (Francis Scott Key Fizgerald en la Quiebra. Mi ciudad perdida.)

Lo que a algunos nos parece sencillo y evidente, a otros, ya sea por estupidez, por desconocimiento o, peor, por mala fe, les parece complicado y extravagante. Lo que a algunos nos parece moralmente reprobable y nos enciende y nos lleva a tomar determinaciones, a veces compulsivas y que sabemos que no llegarán a buen puerto, a otros les parece liviano y sin importancia y lo que es peor, explicable y aceptable dentro de su moralidad en la que las cosas son buenas o malas, blancas o negras dependiendo de dónde vengan y de la conveniencia a sus intereses particulares.
Escuchaba el otro día en una radio (no se cuál porque cuando estoy en Valdorros escucho lo que puedo y no lo que quiero) a un tipo explicar que la corrupción no es tan mala como parece porque de ella, salen obras públicas y trabajo. Además decía que es normal que los políticos (supongo que se refería a los del Vertido Popular) sean corruptos porque por ellos, por sus manos, pasan infinidad de concesiones y contratos. Millonarias obras públicas que tienen que gestionar con un sueldo de miseria (y apostillaba que 60.000 € es lo es) y que claro, comparan cuando se van a cenar con esos grandes empresarios que cobran 300.000 euros al año y ven que ellos, con todo el dinero que mueven, no pueden  tener ese nivel de vida y que, por tanto, es comprensible que piensen que, con todo lo que dan a ganar a los demás, ellos también ganen. Se olvidaba el tipejo este de la radio, que las obras públicas no son de los políticos del Vertido Popular, sino de todos los ciudadanos y que el dinero sale de nuestros impuestos y por tanto es nuestro (la pólvora nunca la paga el rey, sino sus súbditos). Además justificaba la corrupción desmintiendo que las comisiones, los sobres, los cohechos y las mordidas influyan en el precio final de una obra pública. Ya no pude escuchar más la argumentación. Tuve que cambiar de emisora porque estaba a punto de vomitar encima.
Pero esto me lleva a pensar que existen dos tipos de personas. Los que creemos que la corrupción es una epidemia a erradicar. Las que pensamos que la corrupción provoca serias mermas a los servicios públicos y en los derechos de los ciudadanos y los que, para justificar lo injustificable, ya que todo lo que hacen los suyos está bien, se inventan alegatos y dobles raseros y un todo vale que justifique cualquier cosa. Incluso aunque vaya contra sus principios religiosos. Todo vale si con ello, pueden seguir con sus latrocinios, mamandurrias y su cleptocracia.
Deberíamos recordar a este tipo de personajillos indecentes que mientras en Madrid, nos robaban a manos llenas, estos cagabandurrias amigos de lo ajeno,  dejaron sin becas de libros a los niños más pobres. También sin becas de comedor. Impidieron que miles de chavales aptos para el estudio, tuvieran un futuro prometedor. Que mientras concertaban con colegios privados, de los que luego revertían comisiones y donaciones, y a los que, además,  cedían terrenos destinados a colegios públicos para edificar centros privados , querían cobrarles 3 euros/día a los chavales de primaria por CALENTAR el tupper en un microondas. Que el ratio de alumnos por clase en primaria pasó de 20 a 25 alumnos, en secundaria de 30 a 35 y en Bachiller de 35 a 40 alumnos. Que además han hecho del Bachiller una educación no obligatoria a la que no prestan ninguna ayuda (si el  centro es público) y desantienden, de tal forma que no puedes elegir rama porque no todos los institutos se prestan todas las opciones, ni hay plazas para todos, con la consiguiente merma educativa y el inconveniente para quién no puede pagarse un centro privado.
Que mientras pagaban 21 millones de euros por la Sociedad de aguas Emissao en Brasil, empresa que apenas valía 3 millones, la lista de espera para operar aumentaba en un 128%
Podría seguir dando datos obscenos que han supuesto mermas importantes en nuestras vidas, como la rebaja del salario medio, el aumento del paro, el fin del trabajo estable, el aumento imperdonable de la pobreza, el exterminio de derechos laborales y sociales, de los subsidios de desempleo y de las ayudas para personas necesitadas, mientras ellos llenaban sus cuentas en paraísos fiscales.
Y daría igual. Porque cuando estos energúmenos, practicantes del hijoputismo más fascistoide, estaban en la oposición, atendiendo a su doble moral, obligaron al Ministro de Justicia a dimitir por asistir a una cacería con el Juez Garzón, que por aquel entonces instruía un sumario contra la corrupción de miembros del Vertido Popular. Luego ya se encargaron de expulsar también al Juez, que a la vista de los hechos, los casos y las investigaciones, estaba en el camino correcto. Ahora, sin embargo, el Ministro de Justicia, además de afinar fiscales, remite SMSs dando ánimo a los corruptos. Y no pasa nada. Y los vertimedios, que entonces hicieron de aquello un problema nacional que iba a acabar con el estado, ahora pasan de puntillas y sin hacer ruido.
Aquí todo da igual. Somos cuatro quijotes luchando contra enormes gigantes que se empeñan en decirnos que son molinos. Gigantes que controlan la prensa a base de subvenciones públicas y publicidad institucional. Gigantes que ponen y quitan jueces y fiscales ascendiendo a capricho. Jueces y fiscales que sufren extraños asaltos en sus domicilios cuando no se atienen a las pautas marcadas y llevan casos que pueden comprometerles.
Vivimos en un país de indolentes zoquetes. O peor, de hooligans que se comportan en política como lo hacen en los campos de fútbol: insinuando, utilizando la violencia, envenenando al contrario con comentaros ofensivos y cerrándose en banda si razonar. Y da igual si el Ministro del Interior en un lapsus mental reconoce la corrupción. Da igual porque es de los suyos.
Tenemos la batalla perdida. Porque, a falta de jueces independientes que apliquen el artículo 10 apartado a) de la Ley de Partidos y disuelvan esa asociación criminal ( la AN dixit), no importa si la Moción de Censura es oportuna y necesaria para desalojar del gobierno a estos indeseables. Los medios de incomunicación, adoctrinamiento y difusión del pensamiento único, han hecho mella y hasta los votantes de Podemos creen sus mentiras. Entre las meteduras de pata por intentar asistir a un medio hostil como PRISA, y la desvergüenza de PSOE y Ciudadanos que no sólo han hecho que Rajoy siga desgobernando y consintiendo, sino que, ahora se niegan a destronarlo. El trolismo periodístico lo tiene muy fácil cuando quién debiera estar en la oposición es simple comparsa y cómplice de la corrupción.
El Vertido Popular tiene más de TREINTA casos de corrupción en los juzgados y más de 900 de sus dirigentes y afiliados encausados por delitos de corrupción, cohecho, tráfico de influencias, sobrecostes, mordidas, etc. Ni la Cosa Nostra italiana llegó a tanto. Pero eso da igual. Porque aquí lo importante es Venezuela, el Madrid y Nadal.
Tenemos que tirarnos de este tren, aunque esté en marcha. Solo así tendremos una posibilidad. Porque va directo a estrellarse. Eso sí, antes, los jefes del tren, desengancharán el vagón de cola dónde seguirán disfrutando del espectáculo.
Iam tempus est agi res.
Salud, república y más escuelas.

@zcelemin

La Cloaca

Rateros

Noche oscura. Los parvos cercos amarillentos de las farolas apenas difuminan una lánguida calle, el diluido contorno de coches aparcados a ambos lados de la acera, lóbregas siluetas de edificios en estado de descomposición y el desamparado patio de la iglesia de Nuestra Señora de Fátima. El Cani, el Richi, el Chino y el Zumos andan sigilosos entre los coches, tocando con suavidad las manillas de los picaportes por si algún chorralaire se ha dejado el buga abierto. No tienen esa suerte y optan por pegarle un viaje al triángulo de la ventanilla trasera de un Simca 1200. Una vez dentro, desmontan un precioso radiocasete Pioner que el Cani instalará en el coche de su Viejo.
No es que el Cani, no pueda permitirse comprar uno nuevo. Todo lo contrario. Su padre acaba de regalarle ochenta y cinco mil pesetas apostadas por el exceso en los cálculos de la recolección de remolacha. Pero según le ha dicho el Richi en clase de electrónica, pillar uno es pan comido y si les acompaña a dar el palo, se lo regalan.
El Cani, antes de decidirse, le ha contado la situación a su compañero de cuarto. Éste ha mostrado mucha preocupación y le ha dicho que si se enrola en la cuadrilla de maleantes que lidera el Richi, acabará como ellos. Pero el Cani dice que no, que sólo será por esta vez y que después, ya no irá más con ellos.

El padre de Luis Carlos (el Cani) ha visto instalado el radiocasete en el coche, pero no le ha preguntado nada a su hijo sobre el mismo. Quizá porque ha pensado que se lo ha regalado con parte de las 85.000 pesetas  de la apuesta de la cosecha o porque, ni en la pesadilla más cruel, se le pasaría por la cabeza que su hijo, educado desde los ocho años en el seminario, pudiera siquiera pensar en participar en un robo.
Pero el Cani no es Luis Carlos. Al menos cuando no está en el pueblo. Allí en el colegio en Gamonal, ha tenido la peregrina idea de juntarse con lo mejorcito de cada casa. El Richi, un chuleta de botines puntiagudos, pantalones estrechos y flequillo a lo James Dean, ídolo entre las quinceañeras del barrio, al que sus padres le consienten todo para que no vuelva a ser detenido por robar. Él se lo agradece solicitando objetos caros, muy caros (como una guitarra eléctrica y un bajo). Obsequios que a sus progenitores les cuesta sangre, sudor y muchas lágrimas adquirir.
El Richi a su vez es íntimo del Chino. Un fornido adolescente al que sus padres no hacen ningún caso, porque se pasan el día entre el trabajo, el  bar y las peleas. El Chino paga su frustración con los más débiles. Con ellos, va también el Zumos, un perspicaz angelito de gafas redondas y escasas carnes, maestro de la electrónica y de los trabajos finos. El Zumos es quién se encarga de sacar los radiocasetes de los coches pulcramente y de hacerlos el puente cuando necesitan transporte urgente. Va con ellos, porque es la única forma de librarse de los palos del Chino. La primera vez que los vio, junto al patio de la iglesia de Fátima, le pararon en la calle y el Richi le preguntó por qué había mirado a su novia. El pobre Zumos dijo que no, que él no la había mirado. Entonces el Chino le agarró del cuello del jersey y le dijo “¿Qué pasa que no te gusta la novia de mi amigo?” y el pobre Zumos, dijo que si, que era muy guapa. Y claro, le tocó cobrar porque según ellos, les había confirmado que sí, que la había mirado.

La Guardia Civil ha aparcado el coche en la misma puerta de la casa de Luis Carlos. Su padre, Ángel, sorprendido porque se han dirigido directamente a la puerta de casa, desde la nave de enfrente, donde está engrasando el tractor, les pregunta que es lo que quieren. Vienen en busca de Luis Carlos. Su padre les dice que el chico estudia en Burgos y que no está en casa. Los guardias le piden la dirección de la capital. El padre pregunta cuál es el problema y el picoleto le dice que su hijo es un peligroso delincuente. Ángel no da crédito. Debe de haber un error. Su hijo estudia electricidad del automóvil en un colegio de Gamonal y no puede ser. El guardia, le relata que la noche anterior ha habido un asalto al recito de las piscinas de Burgos. Han causado desperfectos por valor de un cuarto de millón de pesetas y se han llevado cinco mil de la caja del bar. Los daños han sido de tal calibre que despertaron a los vecinos quiénes llamaron a la policía. Los asaltantes habían escapado. Todos menos uno. Un tal Diego que Ángel no sabe quién es pero que el benemérito dice que es amigo de Luis Carlos y que ha “cantado” como un ruiseñor. No sólo le ha contado a la policía quiénes le acompañaban en el destrozo de El Plantío, sino otra quincena más de robos en bares y tiendas de Gamonal y unos noventa robos de radiocasetes de coches.

En la habitación de la pensión, El Cani que desconoce que el Zumos ha sido detenido, vuelve con el Diario de Burgos en la mano. En primera página, una foto de las piscinas destrozadas. Le enseña orgulloso el periódico a su compañero. Este no da crédito. Le dice: “Ya te dije que acabarías como ellos”.
Ruido, bullicio, voces, gritos,… la puerta de la habitación se abre de un golpazo.

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La Cloaca

Hoy me he levantado con un malestar general. No me duele nada. Pero noto un rechazo, un cabreo general dentro de mí que no sé muy bien a qué achacar. Dice mi amigo Ernesto que es consecuencia del exceso de información (o de estar todo el día pegado a ella) y de la situación actual de esta España que flota, como un iceberg, en una gran fosa de mierda. Y es muy posible. Son tantos los casos de corrupción, tantas las preguntas sin respuesta y tanta la hijoputez de esa asociación de malhechores que no encuentro paz dentro de mi ser, de por si combatiente y en permanente estado de agitación y cabreo.

stoy cabreado con los delincuentes que nos acusaban de vivir por encima de nuestras posibilidades mientras nos roban por encima de nuestra inteligencia y entendimiento. Pero lo estoy mucho más con el pueblo. Ese pueblo atolondrado, narcotizado por los medios de incomunicación, adoctrinamiento y sumisión al que sólo le preocupan nimiedades. Como cuando en el balcón de un ayuntamiento ondean dos, tres o ningún trapo. O la preocupación por la entelequia de la nación. Por si unos se van o no, mientras nos han despojado sin que hayamos levantado ni un sólo dedo, de la mejor sanidad del mundo y de una educación que ha pasado de ser universal y pública, al negocio de unos pocos que pagamos todos. Cabreado por la estupidez de los que opinan que los problemas de su comunidad, nacionalidad o pueblo, vienen de fuera y que se arreglarán con la sola declaración de independencia, sin darse cuenta que allí y aquí, aquí y allí, los que roban, los que nos han dejado en la miseria social, económica y laboral son los mismos perros con el mismo modelo de collar y hasta del mismo color.

Estoy cabreado sí. Y harto. Harto del Castor, del TP Ferro (del que el 99% de los analfabetos sociales, españoles de buena fe,  no ha oído ni hablar), de la desaladora de Escombreras, de las radiales,… Problemas reales minimizados o infravalorados porque la pólvora del rey no es de nadie (en realidad es de todos, pero parece no importar) o porque afectan al presidente del club de “jurgol” con más adeptos de este país. Harto de que la idiocia salga a la calle a recibir a un equipo campeón del mundo mientras están muy ocupados para asistir a la defensa de los servicios públicos, de los derechos de los trabajadores o a de la denuncia de la situación generalizada de latrocinio.

Estoy cabreado, sí. La situación ha llegado a un punto en el que, hay tantas preguntas sin contestar, y es tan surrealista, que todo se ha convertido en posible. Ya no podemos creer en nada o casi nada. La casa real con sus escándalos, con sus compi yoguis detenidos por ser parte de la mafia que nos ha estado robando a manos llenas. La Audiencia Nacional que además de ser cómplice de la regresión en la libertad de opinión, ahora, según contaba el domingo Elisa Beni en el diario.es, tienen una Señora X que informa a los presuntos delincuentes de las investigaciones en curso. La desconfianza es buena si no llega a la paranoia. Y en este asqueroso país, hemos llegado a tal extremo que ya no nos podemos fiar ni de nuestra sombra. Durante años hemos venido soportando los casos de robo, extorsión, tráfico de influencias, comisiones, desamparo, negocios sucios y paraísos fiscales, mientras nos aseguraban que eran casos aislados, aunque, día a día, parece confirmarse que es una forma de actuar de una banda organizada para ello. Casos que utilizan el presupuesto de nuestros impuestos en lugar de para que las administraciones funcionen, estén al servicio del ciudadano o para que sirvan para centralizar servicios y facilitarnos las cosas, para que unos pocos llenen sus cuentas en paraísos fiscales.
En las elecciones del 26J nos preguntábamos por qué TODAS las encuestas, tanto anteriores a los comicios como a pie de urna, habían errado tan estrepitosamente. Y entonces surge la duda sobre Indra y la aglutinación informática de los resultados electorales. Y salen listos, listillos, periodistas, juntaletras, izquierdistas, centristas, manipuladores, desinformadores al servicio de los que expolian, políticos de puertas giratorias y de garita, vecinos impávidos y cuñaos a reñirnos por pensar en el fraude electoral. Y resulta que, cuando tiran de la manta, es el propio Juez del caso Lezo el que ve sospechas de financiación ilegal de las campañas del Vertido Popular por parte de esta empresa encargada de la aglutinación de los resultados electorales.

Si ya no podemos creer ni siquiera en un sistema electoral limpio, ¿que nos queda? ¿Si además de la nada democrática circunscripción electoral provincial, si además de una ley de recuento poco democrática como la ley D’Hont, hay serias dudas sobre que la limpieza de la aglutinación de los votos, en qué vamos a creer?
Me comentaba el otro día una amiga sus sospechas de que todo esto que ha pasado en la última semana en Madrid con el Canal de Isabel II y los dirigentes del Vertido Popular, es en realidad una especie de “ajuste de cuentas” y un intento de hacer borrón y cuenta nueva. Como una víbora que cambia de piel, pero sigue siendo serpiente. Y no va mal encaminada. Si, Rajoy tiene que declarar y Esperanza Aguirre y la rubia Cifuentes, ¿Y? ¿Alguien ha visto preocupado a estos chisgarabís? Y lo que es peor, ¿alguien ha visto preocupado a cualquiera de sus esbirros y Trolls de la prensa?

Estoy cabreado, desilusionado y con desazón. Vivimos en un país de zoquetes. Un país que cree en los curanderos, en la homeopatía, en videntes y echadores de cartas y como no en charlatanes, ladrones y ladinos. Un país que ensalza a analfabetos funcionales que mueven un balón.

Estoy hasta el moño de Nadales, del Madrid, de los Alonsos de turno, de los Márquez, de los Bertines Osbornes, de los Pablos Motos y sobre todo de los Cuñaos que ahora abundan como las setas en un otoño suave y húmedo.

La Espantá

Juegos peligrosos

Sentados en corro, charlaban amigablemente. La noche, cerrada, sin luna que difuminara el entorno, mostraba cientos de insignificantes puntos de luz en el horizonte. Los adolescentes descubrían los primeros devaneos de amor a bese de roces conscientes, de rechazos inesperados y hasta de besos furtivos. Eran muy jóvenes para acudir a las verbenas populares de los pueblos aledaños y demasiado mayores como para seguir jugando a “tres navíos en el mar”. Últimamente, pasaban horas sentados en corro hablando. Del futuro, del pasado, de nimiedades, de sus historias…
La noche era templada. Una noche de verano. De esas en las que el Cierzo se ha ido de vacaciones y el calor del mediodía templa la medianoche. El relente del río que cruza de norte a sur la era en la que los chavales hablan, se pega suavemente y hace necesario llevar jersey puesto. No hay ni fuego, ni luz que les ilumine. De eso se trata.
Licerio, un cenceño y miedoso muchacho lleno de prejuicios al que, desde niño, su madre ha protegido en exceso, inculcándole miedo casi por cualquier cosa, da la murga a sus compañeros con lo peligroso de estar tan apartados del núcleo urbano, en completa oscuridad y tan cerca del río dónde la frondosidad facilita el encubrimiento de malhechores.
Los demás se ríen mientras disimuladamente, le tiran piedrecitas a la cara o le rozan suavemente una de sus manos.
Licerio siempre es así, precavido en exceso. No pedalea con ellos a los pueblos cercanos por el miedo a un accidente. No sale de noche a ver las estrellas porque todo está muy oscuro. No juega con los demás al tiro a la diana, con un arco hecho de mimbraza y las flechas de las varillas de un paraguas, porque puede acabar lesionado. No quiere chicas cerca porque su madre le ha dicho que sólo con el roce pueden quedarse preñadas,… Licerio es un muermo y habitualmente evitable.
Pero esa noche, está allí y ya empieza a cansar al resto del grupo con sus manías y miedos.
Anda Licerio protestando por una china que le había dado en la oreja, cuando Oscar a su lado, recrimina a Constancio que pare ya, ¡que le había dado a él! Constancio, niega haber tirado nada. Cristina también se queja y censura que ha dejado de tener gracia lo de las piedrecitas. En ese momento, una suela raída y sucia de zapatilla, aterriza en el centro del corro. Todos, chicos y chicas se miran entre si y se ponen de pie. No saben quién es el gracioso. Licerio, cuenta entonces que por la mañana había oído en la radio que un loco se había escapado del manicomio de la capital. Todos se ponen en pie un tanto nerviosos. Los chopos jóvenes que crecen en la ribera, comienzan a moverse, como si el Cierzo meciera sus ramas. Pero sólo afecta a tres árboles. El pánico brota en los adolescentes que salen a la carrera. Paulino, un chavalote fuerte de espaldas anchas, queda rezagado mientras recoge un viejo trozo de una reja de arado, que acaba disparando contra los álamos del río.
En carrera constante, todos llegan  a casa de Anabel, la primera del pueblo, dónde se refugian. Allí, muertos de miedo, aguantan un par de horas. Las mismas que tarda el padre de la chica, despertado por el ruido, en perder la paciencia y acabar echándolos a la calle. Cada uno llega a su cama sin mayor problema.
Paulino, ve que la cama de su hermano está intacta. Es raro que no haya llegado ya de la verbena de La Rival. Muerto de miedo, se mete en su cama y escrutando los sonidos de cada viga de la casa, de cada machón, de cada adobe, se queda dormido.
Le despierta un llanto en el piso de abajo. El sol pica ya en la mañana. Es su madre. Su hermano ha aparecido desangrando en la orilla del río. Alguien le ha cortado la yugular con una vieja reja de arado.

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“Espantá”

Despertábamos el sábado con alarma en los medios de incomunicación, difusión y adoctrinamiento en el pensamiento único, porque al parecer, se habían producido “graves disturbios” en la “Madrugá” sevillana. Luego resultó que los disturbios sólo fueron, en realidad, algunas carreras producidas por el pánico de gente que ve como otra gente corre. Gente que grita porque otra gente grita. Miedo que se extiende como la pólvora que arde porque esos mismos medios de incomunicación se pasan el día inyectando canguis al personal.
El domingo, no era la Madrugá, ni una procesión, sino el metro de Nueva York. Dieciséis personas heridas por una estampida por un rumor de un tiroteo. A este paso, a los terroristas, no les va a hacer falta nada. Ni bombas, ni fusiles, ni camiones,… Un paquete de petardos y echar a correr en un lugar tumultuoso, será suficiente para provocar muertos y heridos.
Nos están inoculando odio y miedo por vena todos los días. Cualquier hecho violento se relaciona con el terrorismo islámico. Se silencian, o lo que es peor, se banalizan actuaciones de guerra que provocan miles de muertos, entre ellos niños, mientras se pompifica y da credibilidad absoluta a supuestos ataques con armas químicas

Se da por verdad absoluta que las bombas de los “amigos” sólo afectan a los malos, como si Trump hubiera avisado en Afganistán para que los muertos sólo fueran de ISIS.
Se busca un enemigo único con el que poder desviar la atención y al que cargarle todos los males. Ahora Venezuela ya no sólo es el saco de boxeo de España, sino que la derecha francesa también la usa para meter miedo a los franceses y que no acabe ganando Mélenchón <!– (http://www.publico.es/internacional/remontada-melenchon-levanta-alarmas-derecha.html). A pesar de que el riesgo de entregar el poder a la fascista Le Pen es más que evidente.
Miedo, miedo, miedo. Nos pasamos el día temiendo. Atenazados por mentiras y medias verdades. Siempre miedo concentrado en el distinto. Miedo a Venezuela. Miedo a los musulmanes. A los inmigrantes. Miedo a perder un tren de vida que no podemos siquiera ver desde el andén. Miedo a una pobreza que nos invade y nos rodea y que no asumimos porque seguimos creyendo que toda España se ha ido de vacaciones en Semana Santa. Miedo a una violencia que mamamos desde que nacemos. Miedo al odio que nos inculcan desde esos medios que mienten constantemente y que encima se ponen exquisitos y nos advierten de los peligros del anonimato de internet. ¡Cómo si mentir constantemente sobre lo que sucede, sobre esa falsa recuperación económica, sobre esos patriotas de hojalata que se empeñan en darnos lecciones mientras evaden impuestos o roban nuestro dinero a mansalva o sobre los peligros nucleares de Corea del Norte (como si lo de TRUMP fuera agua bendita), no fuera mucho más peligroso!
Están creando un monstruo difícil de combatir. Y más en este país con tanto ardor guerrero, tanto fervor tradicional y tanto meapilas intransigente. Ciertamente es una inconsciencia delictiva montar una “espantá” en medio de una procesión tan masiva como en Sevilla. Pero no estamos exentos de accidentes que puedan producirse porque alguien tenga que salir corriendo ante una llamada de teléfono que le comunica una desgracia personal. O la explosión accidental de un petardo, de media docena de globos o de una bolsa de celofán. Que la gente tenga los nervios a flor de piel no es debido a una broma de mal gusto sino al regodeo y las advertencias fatalistas de unos medios de incomunicación que igual magnifican sucesos graves, pero no extrapolables que ignoran o justifican cientos de muertes porque los afectados están muy lejos o no son culturalmente de los nuestros. Dividir al mundo en bandos. Distinguir entre buenos y malos, no por sus actos, sino por su cercanía política o social, es un disparate que puede traer consecuencias graves.
Como ya dije en otra ocasión, no se trata de matar al mensajero porque éste no lo es si toma parte y es una de las formas de conseguir adeptos, de adoctrinar en el pensamiento único y de difundir una estrategia que va en contra de la igualdad de las personas y de la justicia social.
El miedo es una bomba de relojería de venta ambulante. El miedo atenaza y constriñe, por eso es tan peligroso cuando hay una válvula de escape. Y no siempre van a encontrar a cuatro pardillos a los que echarles la culpa de provocar una “espantá”.

Los dañinos votantes del PP

Un viaje al infierno

Por fin habíamos llegado al hotel. El viaje, farragoso y cansino. El autobús una tartana llena de mierda. Un día perdido en el parque de atracciones a la espera de un avión que no habíamos contratado, y un vuelo chárter, cuya incomodidad es infinitamente peor que viajar en carro con ruedas de hierro sobre una carretera llena de baches. Nuestra paciencia estaba llegando a su límite. Claro que siempre hay quién se conforma con todo y te dice que te calles que no montes bronca porque está de vacaciones y quiere pasarlo lo mejor posible.

El hotel seguía en la lista de desgracias. Habíamos contratado uno de tres estrellas y este era de una. El representante de la agencia era el foco de nuestra ira. Para colmo, no había habitaciones dobles para todos. Ante nuestras protestas, el director del hostal quiso callarnos ofreciéndonos una bicoca. Ocho personas debían compartir cuatro habitaciones. Dos de tres camas y dos individuales. Y aquí fue dónde exploté. Una de las personas que no quería protestas, que nos abroncaba por echarle en cara al de la agencia el viaje la funesta organización, fue la primera en hacer ver que una de las habitaciones individuales era para ella.

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Esta mañana me he levantado con la sorpresa de un artículo de un tal Iker Armentia en eldiario.es que me ha sacado toda la mala leche que llevo dentro. Claro que quizá si hubiera leído antes que este tipo es de los de Cebrián, igual me había ahorrado el sofocón.

Dice este señor que los votantes del PP no son idiotas y nos echa en cara que quizá los idiotas seamos nosotros por creer que lo son. Habla de los que viven de los recortes del partido de la corrupción como si esos no supusieran nada más que el 3% de los que votan a estos individuos. También de los que trabajan hasta la extenuación y llegan a casa tan cansados que tienen que dejar el cerebro plano viendo lo que les echen en la tele en lugar de ponerse a leer (y no hace falta ponerse con el discurso del método). Les justifica como si no fueran culpables con su voto de que precisamente tengan que trabajar de sol a sol por 400 míseros euros. Nos insulta porque aborrezcamos comprar en el PRIMARK. No señorito. No nos metemos con el PRIMARK que al igual que Zara, Adidas o cualquier otra marca confecciona en oriente pagando menos de 100 míseros dólares al mes a niños y mujeres. No nos gusta la explotación infantil ni la globalización de los mercados y por eso protestamos. Nada tiene que ver con las compras baratas, sino con la inconsciencia de la gente y de los gobiernos que lo permiten.

Los votantes del PP quizá no sean idiotas, aunque básicamente deben de serlo en su mayoría si atendemos al refrán castellano que dice que ningún tonto tira piedras a su tejado y estos no tiran alguna sino que están arrojando toneladas de ellas, jodiendo día a día las tejas que nos protegen de la lluvia y que acabarán arruinando la madera que las sostiene viniéndose todo abajo.

Quizá los votantes del PP no sean idiotas. Pero si son insolidarios, perniciosos y dañinos porque están obligando a todos a trabajar sin derechos, por un mísero salario, sin el derecho a que nuestros hijos reciban la educación que se merecen por su trabajo y esfuerzo. Nos están privando a todos de una sanidad pública y universal y de calidad. Y sobre todo, están coartando nuestra libertad y nos hacen vivir en un estado en el que no hay división de poderes y la democracia es una pantomima. Y todo para que señores como Cebrián puedan cobrar  millones de euros anuales de un grupo que se cae por su insolvencia. Para que señores como González, puedan decirnos cómo hemos de malvivir desde su poltrona en el Consejo de Administración de una eléctrica. Para que su grupo empresarial pueda despedir a su jefe en eldiario.es sin que a la asociación de prensa de Madrid, se le caiga la cara de vergüenza.

Dejaremos de llamarles idiotas cuando el voto sea público y los primeros en tomar la pomada de las recetas del partido corrupto sean sus votantes y cuando los demás seamos inmunes a ellas. Mientras tanto, estoy en condiciones de creerme moralmente superior a esos millones de ignorantes estúpidos que con su voto están haciendo que mi hijo tenga una vida mucho peor que la que yo he tenido.